• Caracas (Venezuela)

Ignacio Ávalos

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“Cerrado por robos”

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Así nos lo informa una pancarta marrón, con letras azules, pegada con tirro en la puerta del Instituto de Medicina Tropical, de la UCV, un centro académico de enorme importancia para el país, ocupado de realizar actividades de investigación y docencia e igualmente de prestar servicios de atención pública con relación a diversas enfermedades tropicales, tales como malaria, mal de Chagas y leishmaniasis, entre otras.

“Cerrado por Robos”. Las declaraciones dadas a El Nacional por la doctora Raiza Ruiz nos lo explican. Son dramáticas, duras de creer. Desde enero para acá, afirma, el instituto ha sido robado 11 veces (¡!), “pero hace 15 días la situación se puso peor. Primero entraron y destrozaron por completo el laboratorio de micología, donde se hacen pruebas de hongos y de bacteriología”. Y continúa: “Este domingo volvieron a entrar y hubo un ensañamiento terrible: destruyeron todas las puertas de seguridad e ingresaron a los laboratorios donde se hacen las pruebas de chagas y toxoplasmosis. Se llevaron todo: computadoras, microscopios, inyectadoras para tomar muestras a pacientes y regaron los reactivos” y “el lunes en la noche volvieron a meterse. Destruyeron lo poco que quedaba del laboratorio de micología”.

O sea, no solo robaron cuanto pudieron, que fue casi todo, sino que, además, lo que por alguna razón no alcanzaron a llevarse, lo destrozaron. Es el hurto más allá del hurto. El robo en clave de barbarie, expresión, cabe pensar, de una sociedad en pleno desmadre.

Tendrá que pasar cierto tiempo para que pueda funcionar de nuevo. El daño ha sido muy grande y dado el menguado presupuesto universitario, el dinero disponible no alcanza para recuperarlo. En fin, ya se sabe, en el país no termina de calar la idea de esta época de acuerdo con los códigos que se derivan de la sociedad del conocimiento. Las urgencias nos impiden ver un poco más allá de nuestras narices.

“Cerrado por Robos”, indica, pues, la pancarta marrón con letras azules, dando a conocer una hecho que no ha tenido mayor repercusión. En efecto, lo que debió haber sido un escándalo de grandes proporciones, apenas tuvo eco fuera de la propia UCV. Fue  tomado como un evento que forma parte de la normalidad que nos marca el paso cotidiano. Así, el país va acostumbrándose a que puede pasar cualquier cosa (el desvalijamiento de centro de investigación, por ejemplo), sin que medie un mínimo gesto de indignación o siquiera de sorpresa, y no hablemos de una protesta.

Estamos perdiendo la capacidad de asombro. No es este, para nada, un buen aviso para nosotros mismos.

 

Harina de otro costal.

Hace mucho, en el año 1620, Francis Bacon escribió que el  hombre debía asumirse como dueño del universo. El influyente intelectual inglés no miraba la naturaleza como algo sagrado, sino como una “ramera colectiva” y proponía “sacudirla hasta sus cimientos” con el fin de “expandir los límites del imperio humano hasta hacer realidad todas sus posibilidades”. De estos lodos nos vienen, así pues, los polvos que ahora respiramos, los del cambio climático y demás reclamos de madre natura, resultados de un modelo de desarrollo que se ha vuelto ecológicamente insoportable.

Bajo la inspiración de Bacon, pareciera, el gobierno acaba de firmar un decreto para cuantificar y certificar las reservas mineras contenidas en el arco minero del Orinoco (114.000 kilómetros cuadrados al sur de nuestro principal río, en los que abunda el oro, el cobre, el diamante, el coltán, el hierro, la bauxita y otros minerales), ofreciéndole a 150 empresas nacionales e internacionales (estas seguramente con la voz cantante) facilidades para su explotación.

Nuestro gobierno descubre, entonces, que las transnacionales no son tan malas como venía denunciando, que el fracaso del rentismo petrolero no tiene por qué repetirse ahora a propósito de estos minerales, y pone de manifiesto, además, que lo de la economía basada en la capacidad tecno-científica le suena a ficción, mientras mantiene la fe en que, gracias a los astros, las “commodities” vendrán en nuestro auxilio, como siempre. Descubre, también, que, si de lo que se trata es del cuido de la naturaleza y el respeto a las comunidades indígenas ubicadas en los territorios negociados, no es tan grave pasar por encima de lo que establecen la Constitución y las leyes. Y deja entender, en fin, que la existencia del pomposo Ministerio de Eco-socialismo  y Aguas es tan solo un adorno burocrático, útil para lucir políticamente correcto en el siglo XXI.

Pero, sobre todo, pone en evidencia, una vez más, que el chavismo se convirtió desde hace un largo rato en un proyecto político organizado no tanto para transformar la sociedad, como para mantenerse en el poder. Su discurso épico es, apenas, la prescindible cerecita del pastel bolivariano.

De paso, estoy seguro de que, a pesar de lo que escribió en el Plan de la Patria, el presidente Chávez hubiese decidido lo mismo que el presidente Maduro. Aunque seguramente le hubiese puesto otra musiquita.