• Caracas (Venezuela)

Ignacio Ávalos

Al instante

Ignacio Ávalos

¿Y las rayas amarillas?

autro image
  • Tweet:

  • Facebook Like:

  • Addthis Share:

I.

Si Usted ha seguido con alguna frecuencia estas líneas que escribo cada quince días, sabrá que suelo añadir una sección, “Harina de otro costal”, en la que me refiero a un asunto que nada tiene que ver con el tema que considero principal. En el texto que ahora empieza a leer verá que mantengo la costumbre, pero con una variante, esto es, me extiendo más en la parte que coloco en el saco almidonado y me ocupo más brevemente de un tema que me resulta insoslayable, aun cuando me faltan palabras, si bien me sobran estupor y disgusto.

 

II.

Me basta, pues, con decirle que el evento ocurrido la semana pasada nunca debió haber pasado y uno debe arrimar su modesta voz para protestarlo con la mayor fuerza posible. Debe hacerlo para tratar de impedir que las víctimas sean convertidas en agresores y que, en vez de sanciones, haya justificaciones que abochornan. Para tratar de atajar a una sociedad que lleva rato extraviando las rayas amarillas, las que indican lo que no se puede hacer por ningún motivo, al amparo de ninguna causa. Para tratar de que la política no sea asunto de gritos y golpes y que el ejercicio del poder no dependa cada vez más de los dictámenes de la vesícula y su capacidad de segregar bilis. Para tratar de recuperar el verbo pronunciado a bajos decibeles, en formato de diálogo. Para tratar de que el poder no se desmadre. Para tratar, en fin, de que nuestra Asamblea Nacional se parezca lo más posible a un parlamento y deje de ser un lugar donde no solamente casi no pasa nada, sino que casi todo lo que pasa es malo.

 

Harina de otro costal

 

La semana pasada Moisés Naím escribió, aquí mismo, un muy buen artículo, señalando que la obesidad sería un asunto neurálgico a lo largo de este siglo. Lo que señalaba Naím me ha dado pie para hilvanar – “versionando” un par artículos míos sobre el tema– algunas ideas en torno a la comida rápida, causa muy importante en la pandemia de obesidad que sufre el mundo.

Es largo mi rosario de motivos en contra de la también llamada “comida chatarra”, además, claro, de sus efectos sobre la salud. No soporto, para empezar, ese formato único, montado sobre una suerte de línea de ensamblaje, idéntico en todos los establecimientos de todos los lugares del planeta, en los que usted no logra advertir un pepinillo extra en su pedido, y cuyos empleados parecen clonados, siempre con la misma sonrisa cosida en el rostro y el mismo repertorio de frases prefabricadas en el laboratorio del marketing de las buenas maneras –una especie de Manual de Carreño actualizado para estos tiempos–, bien entrenados para administrar un menú escrito en inglés, con apenas unas leves y vergonzosas concesiones al español. Rechazo, así mismo, ese menú mezquino y casi eternamente invariable en aras de la especialización y de las economías de escala, concesión, por otra parte, a la necesidad patológica de que todo sea previsible, que cada cosa ocurra a su tiempo y a su modo, sin sorpresas, conforme mandan los cánones sagrados de la vida moderna.

Pero, impugno, principalmente, el propósito, implícito en el “fast food”, de eliminar la prerrogativa de la siesta, el “yoga ibérico” como la describió el escritor gallego Camilo José Cela, invento viejo de cuatro siglos, satanizado al considerársele cosa propia de sociedades negligentes y flojas, hábito incompatible con las exigencias actuales del aparato productivo, al cual nada le resulta más opuesto que este descanso extemporáneo, descolgado, que le quiebra el ritmo al trabajo de cada día.

En fin, la rapidez se ha convertido en el criterio fundamental para organizar la vida moderna, al punto de que hay quienes dicen que los países ya no se dividen entre desarrollados y subdesarrollados, sino en lentos y rápidos. Así, atragantarse en el almuerzo es, según parece, un factor determinante para estar del lado del progreso. En semejante marco, el sosiego es, pues, un valor incapaz de competir con la temperatura del PIB. No debe extrañar, por tanto, que en el pasado día Primero de Mayo nadie planteara el Derecho a la Siesta, derivado del Derecho a la Pereza, propuesto por Paul Lafargue, yerno, nada menos, que de Karl Marx. Resulta que en Venezuela también jugamos a entender la vida como un apuro.