• Caracas (Venezuela)

Humberto Valdivieso

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Educación y diseño hoy

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¿Qué significa diseñar en el siglo XXI? ¿Qué respuestas han de ofrecer las escuelas de diseño frente a semejante pregunta? ¿Por qué es necesario evaluar constantemente la formación de los comunicadores visuales en el país y en el mundo? ¿Hacia dónde dirigimos la mirada y ponemos la atención si debemos buscar el sentido que justifique, incluso, el estarnos cuestionando esto? En principio, es importante señalar que estas preguntas no van orientadas a los diseñadores, a los objetos de diseño, al proceso de manufactura o a su red de distribución. Es a los fundamentos de la comunicación visual y su relación con los problemas del mundo contemporáneo. A la necesidad de evaluar la orientación de la educación en diseño, con el fin de darle respuesta a las urgencias de nuestro planeta. Y a la tarea de adecuar el diseño a los objetivos del milenio propuestos por la ONU. Es ahí donde las preguntas tienen su meta, su justificación real.

“El Proyecto del Milenio recomienda que los donantes internacionales movilicen el apoyo a las actividades globales de investigación científica y de desarrollo para atender las necesidades especiales de los pobres en las esferas de la salud, la agricultura, la gestión ambiental, la energía y el clima”. Si esto es así, quienes participamos en la planificación académica y la docencia en comunicación visual debemos ofrecer respuestas propicias para alinearnos en los planes estratégicos globales. Eso trataré de hacer desde ahora en mis próximos tres artículos de opinión.

Para responder es indispensable descartar las normas, la tradición, las creencias y los resultados de aquello que diseñadores, críticos y teóricos consideran diseño. Nada de esto es importante para la discusión. Me interesa la trama de relaciones sociales donde funciona la complejidad de la comunicación visual contemporánea. Es decir, los intercambios de palabras, imágenes, necesidades y deseos en los espacios de nuestro quehacer ciudadano. Diseñar, entonces, lo definiré como un hacer donde es forjado un tipo de conocimiento, no al revés.

Solo así podemos dejar de hablar de “soluciones”, tan caras a nuestro sesgo desarrollista, y conectarnos con ideas propicias para la innovación social. Diseñar es una práctica que genera conocimiento. Es, como he afirmado en otros trabajos, un habla un acto social desplegado en el espacio y en el tiempo  y no una lengua un conjunto de normas.

Marc Augé en Diario de guerra afirma que el “espacio del mundo (del mundo entero convertido en coextensivo del planeta) está atravesado por mensajes, pero todavía no es el lugar de ninguna opinión pública, de ninguna expresión pública, salvo en instancias muy directas y lejanamente representativas”. A partir de esa reflexión hace un llamado, en tono de urgencia, que deviene en una suerte de mandato: “Este silencio nos obliga a tomar la palabra”. No hay espacios grises en su solicitud.

Si seguimos el camino señalado por el exhorto de Augé, nos encontraremos frente al compromiso de hablar y salir del aislamiento propiciado por la masificación tecnológica y la acumulación de datos de los siglos XX y XXI. Cada vez hay más redes, más medios, más diseño y, paradójicamente, menos espacio público, menos encuentro físico y más distancias sociales. Los países desarrollados y los emergentes sufren esto de forma asimétrica. Sin embargo, tanto los primeros en la lista como los últimos están asediados por la misma situación. Todos estamos obligados a actuar, compartimos un conflicto donde las preguntas formuladas al inicio han de ser respondidas. Y estimo que deben serlo a través de la siguiente vía: diseñar, en el mundo contemporáneo, implica dialogar.

Hoy los centros de estudio e investigación relacionados con la comunicación visual deben formar profesionales preparados para escuchar, interactuar y reconocer al otro; para dar a sabiendas de que esa es la mejor forma de recibir. Cuando el diseñador apela a una comunicación abierta a la dimensión humana y no a la técnica, deja de ser un operario, un servomecanismo programado para ofrecer soluciones. Se convierte en un ser humano dispuesto a participar en el intercambio colectivo. Es un profesional de la escucha y el habla, consciente del poder del diálogo y la integración con las comunidades. Una inteligencia interconectada con otras donde el diseñar puede transformarse en una forma de investigación y en una vía para promover el saber compartido, el bien común. Esto va más allá de ser un principio noble o un deseo utópico: hay estrategias para lograrlo. Las abordaré en el próximo artículo.