• Caracas (Venezuela)

Humberto Márquez

Al instante

El contexto se desliza

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La espada de Bolívar se suponía caminante por una América Latina puesta sobre alerta. Pero lo que está ocurriendo este 2014 es que la región es la que se desliza en torno al principal de los espadachines, el gobierno de Venezuela.

De un modo que nos resulta poco perceptible –entre la avalancha de información doméstica, la propaganda oficial y la pérdida de interés de nuestro público por el entorno internacional– en gobiernos aliados de Venezuela, en simples vecinos, y mucho más allá, en referentes globales, operan cambios que modifican la zona internacional de certezas en la que ha actuado Caracas.

El cambio más significativo asoma en Brasil. La presidenta Dilma Rousseff, con menos entusiasmo que su mentor y predecesor Lula por el proceso bolivariano, ve su reelección amenazada por la emergencia de Marina Silva, ecologista, ex del Partido de los Trabajadores (de Lula y Rousseff), abanderada de un partido socialista, quien concita nuevo interés en todo el mosaico de intereses de la sociedad brasileña, desde los indígenas hasta los magnates urbanos.

Gane alguna de ellas en la primera vuelta –las encuestas dicen que habrá una segunda– o repunte sorpresivamente el tercero en discordia, Aecio Neves, en fin, gane quien gane, el piso se habrá movido. La próxima presidencia tendrá un parlamento difícil, deberá negociar nuevos planes y alianzas y, sobre todo, habrá concluido el sueño de un rumbo único, de un cambio definitivo sin retrocesos y sin ver a los lados.

Para Venezuela, eso significará que el (la) próximo(a) presidente, Rousseff, Silva o Neves, no conducirán la relación bilateral de un modo que arriesgue la obligatoria concertación con las fuerzas políticas y fácticas confrontadas en este 2014. El entendimiento Lula-Chávez con prescindencia de la oposición brasileña será una pieza de museo y el nuevo cuadro político brasileño es una oportunidad de oro para quienes son opositores en Venezuela.

Miremos a Ecuador: el gobierno “chavista” de Rafael Correa no sólo abandonó –la llamada cooperación internacional no le ayudó con recursos, es cierto– el cierre de los campos petrolíferos de Yasuní-ITT para proteger la Amazonía, sino que al cabo de años de retórica adversa ha vuelto al regazo del Banco Mundial-Fondo Monetario Internacional.

Quito –cuyo presidente economista-socialista rehúsa abandonar el dólar como moneda nacional– se ha montado en un financiamiento de 2.000 millones de dólares de los entes multilaterales del capitalismo global, está en tratos con el Citibank y ha negociado un Acuerdo de Libre Comercio con la Unión Europea, algo muy típico de la noche neoliberal.

Evo Morales en Bolivia se mantiene como hace años, pero no la dupla pro transición de José Mujica-Tabaré Vásquez en Uruguay. Pepe no quiere ser de izquierda sino de centro, como también Ollanta Humala –y cualquiera que sea su sucesor(a) en Perú– en tanto Argentina y Paraguay se cuecen en sus tribulaciones sin que la relación con Venezuela tenga arte o parte.

Caso distinto es el de Chile, que después de tanto manejar por el centro o tomando el carril de la derecha, ahora busca un reencuentro con la centroizquierda mediante la atención a su deuda social, en primerísimo lugar con la educación que como tema ha movilizado a centenares de miles de estudiantes, y luego con la abrogación de la Ley de Amnistía que dejó sueltas muchas piezas de injusticia en el esfuerzo por superar la noche de la dictadura (1973-90).

Pero esa reconciliación de Chile como sociedad y como historia no se traducirá en su contrario, en avalar la reformulación de la historia y de la sociedad –embistiendo los derechos humanos como un Caterpillar–, como amenazan con hacer los nuevos dueños del poder en Venezuela.

Quedan, en el vecindario, Guyana y Colombia. La primera se aprovechará de las disociaciones existentes en la política venezolana para consolidar su posesión del Esequibo y su proyección atlántica, hasta que un gobierno con carácter la devuelva al Acuerdo de Ginebra de 1966.

Colombia tiene un conjunto de relaciones y juegos de intereses con Venezuela que la hace proclive a la parálisis, pues casi cualquier acierto puede convertirse en un error. Véase, si no, la reciente deportación de dos estudiantes opositores, sumada a los acuerdos Maduro-Santos contra el contrabando: al presidente de Colombia no lo quiere la gente de la frontera, la oposición venezolana tampoco y los chavistas (oficialistas) no se fían de él y en el fondo lo aborrecen.

Ya más lejos, el mundo asiste a nuevos conflictos, como el escenificado en Irak-Siria por el Estado Islámico contra las fórmulas de Occidente y el islam convencional, y en el este de Ucrania, por fuerzas que dirimen los nuevos linderos de la presencia de Rusia en el mapa de Eurasia.

En ninguno de ellos es palpable la pretensión del fallecido presidente Chávez de que la revolución bolivariana, por sus implicaciones en todo el Sur, podría superar a la ruso-soviética de 1917. Venezuela si acaso será una de las muchas voces del Sur que clame por acuerdos en favor de la paz y derechos en el papel reconocidos a los pueblos.

En lontananza, el mundo que no está pendiente de los cambios que hace Maduro en sus ministerios está marcado por hechos de guerra o acuerdos para frenarla –el papa habla de una Tercera Guerra por pedacitos–, desplazamientos de poblaciones, conflictos étnicos, religiosos y territoriales, y por conductas políticas que acompañan la globalización de la economía.

Tómese el caso de Europa, que avanzaba hacia su integración como un tren derechito, con locomotora alemana, y ahora se enfrenta a una hidra de crisis financieras, de achicamiento de los Estados y del Estado de bienestar, de guerra en sus fronteras, de separatismos y anexiones, de migraciones versus derechos humanos, de la sempiterna tutela de Washington.

No es la política que exhala la revolución bolivariana lo que está moviendo a la región y al mundo, sino fuerzas globales alertadas no por una espada, sino por drones, misiles, iPods y redes de computadoras. Y no se las ve con tiempo libre como para orquestar, una tras otra, campañas mediáticas sinfín contra quienes gobiernan Venezuela.  No somos el ombligo del mundo.

@hmarquez26