• Caracas (Venezuela)

Humberto Márquez

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Vienen los corresponsales

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Periodistas enviados por medios del exterior comenzaron a llegar a Venezuela en estas primeras semanas del año, atraído su interés por señales de que este país petrolero está a las puertas de significativos cambios económicos y políticos.

Quizá se equivoquen. Pero en un panorama latinoamericano y caribeño signado por la estabilidad y la previsibilidad de la mayoría de sus economías y gobiernos, la situación venezolana destaca por contraste. La palabra crisis (“situación de un asunto o proceso cuando está en duda la continuación, modificación o cese” es una de las acepciones DRAE) está a la orden del día en el discurso político, académico y mediático.

Los elementos de esta crisis son suficientemente expuestos al paso de los días por autoridades, analistas, comunicadores y gente del común. La economía muestra, sobre todo, números en rojo: decrece el producto bruto, la inflación es la más alta de América, hay un déficit fiscal de 17 puntos del PIB y una gran deuda pública con vencimientos en breve, los precios del petróleo (96% de exportaciones) caen por debajo de la mitad de los del año pasado y el riesgo-país es de los más altos del mundo, según firmas calificadoras.

Existe un masivo contrabando de extracción, la gasolina es tan barata que de ella lo que más cuesta es describir en dólares o euros el valor de un litro, y en medio de un severo control de cambio un billete verde puede valer 6,30 bolívares o 30 veces más.

Y luego, las intermitentes escasez y desabastecimiento, más una corriente alcista en casi todos los precios. Colas y quejas, quejas y colas, y a veces un corolario: “Aquí tiene que pasar algo”.

Los corresponsales basados en Caracas reportan y sustancian constantemente estos datos. Es normal que el seguimiento de sus trabajos comporte el arribo de refuerzos o de envidos especiales de medios sin base permanente en Venezuela pero que desean recoger materiales para informar a sus públicos del impacto sobre la vida de la sociedad.

El tema social es el siguiente dato de la realidad. Si el más reciente y llamativo es el de las largas colas de compradores ante tiendas de alimentos, de otros bienes esenciales y electrodomésticos, el de mayor consistencia, pues se lo asocia a un descoyuntamiento de la sociedad, es el de la inseguridad y el crimen que impactan hogares, calles y otros lugares públicos, comercios, unidades de transporte, cárceles o emplazamientos turísticos.

La política aquí discurre por vías diferentes a las de los demás países de la región, y precisamente eso es lo noticioso. Es otro dato de la realidad, no un invento de medios o periodistas. En todo tiempo y lugar la política es lucha; aquí es lucha por conducir el petroestado venezolano. Los corresponsales dan cuenta al exterior de ese proceso y cumplen con su deber en la medida en que lo presentan con claridad.

Es decir, no lo que los actores políticos quieren o afirman, no lo que ellos dicen que el contrario piensa, planea, expone u oculta como “sus verdaderas intenciones”, uno de los lugares comunes más gastados de la política local. No. Deber del corresponsal es nutrir sus despachos con lo que es capaz de reunir con sus propios recursos para informarse.

La reiteración de estas cosas que parecen propias de las primeras lecciones en un curso básico de periodismo no tendría ningún sentido si no fuera porque desde mandos políticos se insiste no solo en ignorar el abecé del trabajo para medios internacionales sino en sostener un discurso de animadversión hacia esa labor.

A veces es hasta conmovedor ver u oír a políticos sin formación ni experiencia en los asuntos de la comunicación tratando de sentar cátedra de deontología periodística.

Políticos y estudiosos de las disciplinas sociales tienen el derecho y el deber de procesar con múltiples combinaciones los datos que les ofrece la realidad económica y social para obtener conclusiones y plantearse cursos de acción. ¿Por qué entonces han de suponer que los periodistas no hagan otro tanto? ¿Cómo podría un corresponsal auscultar debidamente la realidad del país y presentarla a su público si no es combinando datos –como los duros datos económicos y sociales en este caso– con el registro del quehacer político?

A veces se soslaya esta comprensión de modo deliberado. Hace pocos días una periodista enviada como refuerzo por una cadena de televisión internacional debió salir del país después de ser señalada como agente antivenezolana tras registrar con sus cámaras los números marcados en los brazos de consumidores en colas.

En los días más álgidos de la agitación callejera de 2014 también los trabajadores de medios extranjeros encajaron dosis de intemperancia y agresiones.

Y, finalmente, al presentar la situación venezolana de modo tal que los públicos de otros países puedan compararla con las realidades que viven y conocen, los corresponsales no pueden obviar que, según quienes dirigen el Estado, aquí se vive un proceso de “revolución socialista y bolivariana”, a cuya cabeza se encuentra un “comando político-militar” que postula una más profunda relación entre el pueblo civil y el uniformado.

Es algo muy distinto a lo que ocurre en otros países del hemisferio. Los propios dirigentes del Estado venezolano se ufanan de esta particular combinación de poderío civil, partidista, comunal y militar. ¿Por qué entonces reclamar el registro de esa situación que hace la prensa internacional con base en el trabajo profesional, repetimos: trabajo profesional, que hacen sus corresponsales y enviados en Venezuela?

@hmarquez26