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Humberto Márquez

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Humberto Márquez

Catalanazo

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La lluvia que empapa todo el norte de España este otoño es la misma, aunque carga viento frío por los lados del Atlántico y se hace más benévola hacia el Mediterráneo. La gente que puebla esas bellas comarcas la nombra de distintas maneras: chuvia los gallegos, orvallo los asturianos, euri los vascos, pluja los catalanes… así incluso en los letreros que en las carreteras advierten a los automovilistas que deben moderar la velocidad. Hasta en esos simples detalles se aprecia que atrás quedó la “¡España, una!” que durante 40 años gritaron, eufóricos, los franquistas. Y este 9 de noviembre el nordeste dio un nuevo paso, casi un salto, para dejar atrás la España Una y abrir puertas, quizás, a unas varias Españas.

Cataluña (Catalunya), el industrioso nordeste fronterizo con Francia, capital Barcelona, realizó una consulta popular sobre el futuro de la región, jurídicamente no vinculante y desprovista de aceptación por los poderes centrales en Madrid, con dos preguntas: “¿Quiere usted que Cataluña sea un Estado?” y, en caso afirmativo “¿Quiere que ese Estado sea independiente?”. De los 5,4 millones de potenciales votantes (los residentes, y no solo los catalanes de origen, mayores de 16 años), acudieron a opinar 2,3 millones. El Sí-Sí (Estado independiente) recogió 81% de las papeletas, y los que quieren un Estado aunque no independiente del resto de España cosecharon otro 10% de los votos válidos, en tanto el No quedó con menos de 5%.

Da la impresión de que Cataluña se acerca al cenit de una larga historia autonomista, soberanista y/o independentista que hunde sus raíces en la Edad Media, antes de la unión de Aragón y Castilla, y se ha expresado con los altibajos de la política y la guerra en la península desde que en febrero de 1885 intelectuales y burgueses catalanes presentaron al entonces rey Alfonso XII una “Memoria en defensa de los intereses morales y materiales de Catalunya”. Cataluña fue, por ejemplo, el escenario de la breve revolución anarquista y bastión antifascista en la dura confrontación con las fuerzas falangistas de Francisco Franco durante la guerra civil de 1936-39, la que dejó 1 millón de muertos.

El regreso de la democracia y la implantación de una monarquía parlamentaria tras la muerte del dictador en 1975 trajo también el renacer de las autonomías y de las fuerzas regionalistas/nacionalistas dentro del Estado español. Cuando España ingresa a la Unión Europea en 1986, lo hace ya como país plurirregional o plurinacional, según el contenido con el que se quiera acompañar a su división político-administrativa. Así salió del relativo aislamiento internacional en que vivió por décadas y se puso a la par de otras naciones del continente en cuanto a prosperidad, negocios, seguridad social y vida moderna.

Llama la atención que mientras el conjunto de Europa pasaba sobre nacionalismos que la enfrentaron en guerras durante siglos para integrarse en la modernizante Unión Europea –comunes los pasaportes, la moneda, los derechos de trabajo y residencia, amén de cuestiones de comercio, ambiente, defensa y relaciones exteriores– en España el pleno arribo de la modernidad se acompañase de una búsqueda a veces frenética de las raíces que permiten distinguir a una región de su inmediata vecina.

Internacionalmente los separatismos que más han sonado han sido el del País Vasco y el de Cataluña, seguidos a distancia por reivindicaciones distintivas de gallegos y canarios. La cuestión vasca se empañó con la confrontación armada y terrorista entre el grupo ETA y la nación española. El nacionalismo catalán, favorecido por una firme implantación de su carácter –sobre todo de su idioma, hace ya más de 30 años usado desde la escuela parvularia hasta la universidad– ha progresado hasta convertirse en una fuerza que no solo desafía al poder central, sino que con su porfía ha conquistado, mediante la consulta del 9-N, una victoria sobre el inmovilismo y el formalismo en que se ha refugiado, para estos asuntos, el gobierno central de Mariano Rajoy, del derechista Partido Popular.

La cuestión catalana bulle además porque calza con otros componentes de una situación de crisis para España. Primeramente, el marasmo económico y social, con más de 5 años en los que los principales indicadores muestran una situación adversa, incluida una crisis bancaria que obligó a milmillonarias operaciones de rescate desde sus socios europeos, medidas de ajuste y las consiguientes huelgas y protestas. Parte del empleo se ha precarizado y el desempleo, 8,3% en 2007, pasa de 26% en la actualidad y ese número se duplica entre la población joven.

Este otoño también trajo escándalos de corrupción. Primero, políticos trocados en directivos de financieras en trance de quiebra y auxiliadas con dineros públicos, que gastaban a manos llenas con tarjetas de crédito no declaradas al fisco. Segundo, alcaldes o líderes regionales (el catalán Jordi Pujol entre ellos) a quienes se les descubren dudosas cuentas en el extranjero. Tercero, el “pequeño Nicolás”, un jovencito inmerso en las élites de poder practica un desembozado tráfico de influencias. Y, no faltaba más, desde la corona llega la presunción de fraude fiscal por la que quizá se procese a la princesa Cristina.

A ello se agrega un agotamiento de los partidos tradicionales alternados en el poder desde el fin del franquismo, el Popular de derechas y el socialdemócrata PSOE (Partido Socialista Obrero), sin que sus también tradicionales contenientes regionalistas o de la izquierda marxista capten el descontento y en cambio una novel organización de izquierda populista, Podemos, recoge las banderas del desencanto y con gran imán entre los jóvenes ladra a la cueva del bipartidismo. Un sondeo en octubre le ha ubicado de primero en la intención de voto como respuesta espontánea de 1.000 encuestados en todo el país.

Ello explica en parte que el independentismo catalán entusiasme no solo a los viejos amantes de su terruño, su cultura y con facturas pendientes ante el centralismo de Madrid, sino a muchos jóvenes que lo ven como una salida, una ruptura o cambio drástico frente al pasado reciente que amenaza con estirarse perezosamente y sin soluciones en el futuro.

Esta consulta se planteó primero como un referéndum, y el poder central, gobierno más tribunal constitucional, lo frenaron, desinflaron y podaron hasta dejarlo en lo único que pudo hacer la Generalitat (gobierno regional) dirigida por Artur Mas, una consulta sin padrón, sin validez jurídica y, por ello, sin entusiasmo para los reticentes. Pero ya las miles y miles de banderas catalanas –franjas amarillo y grana a las que se agregó una estrella sobre un triángulo azul– que durante semanas adornaban ventanas y balcones en pueblos y ciudades presagiaban una irresistible voluntad de opinar. Y lo lograron.

Ahora, el poder central se enfrenta no ya a un limitado gobierno regional sino a la expresión de más de 2 millones de catalanes que le desafían claramente. El piso político de la España unida se ha movido y todos los actores buscan recomponer sus posiciones. Rajoy insistió en la invalidez de la consulta y evitó precipitar su siguiente paso. Pedro Sánchez, líder del PSOE, repitió su llamado a reformar la Constitución (de 1978) para dar forma a una “España federal”. Podemos sostenía el más bajo perfil posible.

Entre los catalanistas, el principal partido, Convergencia Democrática, de Mas, aguardaba el envión de Madrid para replicar, mientras saboreaba el éxito del 9-N. Le gustaría que todas las fuerzas soberanistas se le uniesen en eventuales elecciones (regionales) para copar el mayor número posible de escaños. A su izquierda, Esquerra Republicana reclamaba elecciones ya, con la independencia como consigna central, mientras que, a su derecha, Unió Democrática pedía en cambio dedicarse a gobernar. Las secciones regionales de los partidos nacionales se mantenían en sus trece.

Un proceso independentista acelerado en Cataluña daría paso a una nueva realidad política en España y en Europa. Se abrirían más ventanas al independentismo vasco. Redefinirían su relación todas las otras regiones españolas. El separatismo, derrotado en Escocia, puede cobrar nuevos bríos en el Flandes belga o la Padania italiana, por ejemplo. Cataluña debería quedar fuera de la UE, para quizá comenzar un proceso de readmisión. ¿Y los aliados? España en los ochenta adhirió a la vez a la UE y a la alianza militar OTAN.

Aún si el proceso independentista fuese abandonado o vencido, es posible que la política española marche sobre nuevos rieles, por la convergencia de dificultades económicas, malestar social, reclamos populares, emergencia de fuerzas radicales, hundimiento de élites y fracturas a la unidad nacional si los regionalismos e independentismos son contenidos con camisas de fuerza desde los tribunales o desde la descalificación que hace alguna prensa.

Sigue lloviendo en gran parte de España. Lluvia de este otoño. Quién sabe si dentro de unos años, por estas mismas fechas, más que lluvia otoñal será chuvia, euri, pluja…