• Caracas (Venezuela)

Henrique Salas Römer

Al instante

Aire para crecer

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La concentración lleva a la muerte.

Lo vemos en los jardines. A falta de poda, las plantas crecen desordenadamente, se  cierran y se atrofian entre sí. También ocurre en las ciudades, cuando la excesiva concentración humana conduce a niveles insoportables de tráfico y contaminación.

Algo similar ocurre en la economía cuando, fruto de un exceso de concentración de capitales, decae la demanda y la actividad económica se repliega. En casos extremos, cual vive hoy Venezuela, la recesión degenera en depresión, con agregados cruelmente novedosos en nuestro caso: corrupción descarada, inflación e insoportable escasez.

Pero la naturaleza también tiene otra cara.

En Finlandia los productores de papel evitan excesos de concentración para aprovechara un máximo sus bosques. Siembran los pinos con una separación de cinco metros entre sí. Luego de tres años, los árboles impares se destinan a la producción maderera, creando espacio y “aire” para que los pinos restantes puedan crecer robustos y ser mejor aprovechados.

En las sociedades humanas, sin embargo, los procesos nunca son lineales y los conflictos son muchísimo más difíciles de evitar. 

Las guerras, producto de la concentración de intereses irreconciliables, tienen efectos terriblemente destructivos. Al igual que las depresiones, traen consigo dolorosas tragedias humanas, pero como la poda de los jardines, el clareo de los bosques y la humanización de las ciudades, al abrir espacios, en forma cruenta, sin duda, a la postre estimulan la recuperación económica, y al refugiarse la familia humana en la frugalidad y la fe, brota –a lo interior de cada ser– una íntima regeneración que poco a poco se va extendiendo a toda la sociedad.

Lo anterior viene al caso a propósito de los incidentes de esta semana, el primero de los cuales, dada su repercusión, ha sido el ataque terrorista en París. La sensación de que una guerra global se ha desatado ha comenzado a calar. Tanto, que un hombre totalmente ajeno al espíritu bélico, el propio papa Francisco, así la calificó: “Es una Tercera Guerra Mundial, en trozos”.

De este episodio concreto, Francia ha salido momentáneamente fortalecida y Europa moralmente también.

La situación en el Mediterráneo es francamente complicada, no solo por los ataques terroristas, sino porque el estado de guerra que existe en la orilla opuesta de ese mar interior, principalmente en Siria, ha provocado una oleada migratoria que por su gigantesca dimensión (son millones de seres los que huyen), se hace imposible de asimilar. Para Europa, sus aliados, y de hecho, para toda la humanidad, ha llegado la hora de actuar.

Al igual que Europa, la Venezuela del decoro y la justicia esta semana se ha visto fortalecida.

Luego de quince años de destrucción económica y moral, las voces sensatas venezolanas comienzan a ser escuchadas; la OEA por boca de su secretario general se ha hecho sentir; el destape y poda de la podredumbre venezolana se acentúa; las fuerzas del bien en el continente comienzan a alinearse, y la regeneración moral de Venezuela se parece aproximar.

Es hora de siega en el Mediterráneo, también lo es en América, y el pasado domingo, desde Argentina, nos llegó otra auspiciosa señal.