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Héctor Silva Michelena

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Héctor Silva Michelena

El rey desnudo, una parábola

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Dice el DRAE: La última edición es la 23ª, publicada en octubre de 2014. Mientras se trabaja en la edición digital, que estará disponible próximamente, esta versión electrónica permite acceder al contenido de la 22ª edición y las enmiendas incorporadas hasta 2012. Así define a la palabra “parábola”, en su acepción 1: Narración de un suceso fingido, de que se deduce, por comparación o semejanza, una verdad importante o una enseñanza moral. A continuación, algunos elementos fabulosos, reales y autobiográficos.

Hans Christian Andersen, autor de las fábulas El rey desnudo, El patito feo y otras de gran valor literario, nació en Odense, Dinamarca en 1805, y murió en Copenhague en 1875. El más célebre de los escritores románticos daneses fue hombre de origen humilde y formación esencialmente autodidacta, en quien influyeron poderosamente las lecturas de Goethe, Schiller y E. T. A. Hoffmann. El rey desnudo figura entre sus cuentos más famosos porque ironiza el gran poder que no se ve a sí mismo.

En la línea de autores como Charles Perrault y los hermanos Grimm, el escritor danés identificó sus personajes con valores, vicios y virtudes para, valiéndose de elementos fabulosos, reales y autobiográficos, como en el cuento El patito feo, describir la eterna lucha entre el bien y el mal y dar fe del imperio de la justicia, de la supremacía del amor sobre el odio y de la persuasión sobre la fuerza; en sus relatos, los personajes más desvalidos se someten pacientemente a su destino hasta que el cielo, en forma de héroe, hada madrina u otro ser fabuloso, acude en su ayuda y la virtud es premiada.

Andersen viajó mucho y, durante su estancia en el Reino Unido, entabló amistad con Charles Dickens, cuyo poderoso realismo, al parecer, fue uno de los factores que le ayudaron a encontrar el equilibrio entre realidad y fantasía, en un estilo que tuvo su más lograda expresión en una larga serie de cuentos. Inspirándose en tradiciones populares y narraciones mitológicas extraídas de fuentes alemanas y griegas, así como de experiencias particulares, entre 1835 y 1872 escribió 168 cuentos protagonizados por personajes de la vida diaria, héroes míticos, animales y objetos animados.

Rompan los vidrios ahumados de sus ventanas, verán muy bien los fastos de sus fiestas y la propaganda de que su pueblo lo adora: es El rey desnudo.

Había una vez un rey tirano, malo y déspota que hacía sufrir a toda la población. Cuando se acercó el día del aniversario número veinticinco de su asunción, decidió hacer una gran fiesta para alegrar a sus súbditos. Estaba seguro de que su pueblo lo adoraba, enfermedad común de los dictadores ya que los convence su propia propaganda.

Para el gran día, pretendía estar muy elegante y destacarse cuando dijera su discurso recalcando todas las bondades de su reinado. Se dirigió a su sastre y le dijo: Tienes que hacerme un traje, que sea único. Algo de lo que tienen que hablar durante siglos y siglos. El sastrecito, pícaro, le contestó con mucho convencimiento: “Te lo prometo, mi rey. Vas a tener el traje más extraordinario de la historia. Tengo una tela, que te va a sorprender, única en el mundo. Pero tiene un defecto. Solo es visible para los buenos, inteligentes y muy queridos. Mira la tela, una verdadera maravilla”.

Puso su mano en el estante vacío, fingió un esfuerzo y desenrolló la inexistente tela sobre la mesa. El rey no vio nada, pero no lo quiso confesar. No fueran a decir que es malo, ignorante y odiado. “Una maravilla –le dijo al sastre– ¿para cuándo vas a terminar esta hermosura? Porque yo la necesito en una semana. Y pobre de ti si me fallas”. “No te aflijas, mi muy querido rey. Mañana puedes venir para hacer la primera prueba y en tres días la segunda”.

Y llegó el esperado momento. El sastre vistió personalmente a su monarca. Fingió con hábiles movimientos distintas correcciones que, dijo, tenía que hacer. Puso al rey frente al espejo, quien se aterrorizó al verse desnudo, pero otra vez forzó el silencio. Al fin dijo: “Te felicito, hiciste un magnífico trabajo. Como premio te voy a permitir que me hagas, la próxima vez, otro traje. Te doy mi palabra”.

Junto con su comitiva, marchó al podio, lugar del anunciado discurso. Sus secuaces escucharon de la tela-maravilla, ninguno se atrevió a confesar que no veía traje alguno. La muchedumbre también se calló. ¿Quién iba arriesgar su vida, con una frase imprudente? Lógicamente les costó contener la risa, cuando vieron la curiosa escena. El rey empezó su prometido discurso.

El carpintero, estando bastante atrás, levanto a su hijo de 5 años, para que viera mejor. Entonces pasó algo terrible. El chiquilín empezó a gritar: “¡Ja, ja, ja, el rey está desnudo!”. La multitud no pudo contener más la risa. El escándalo era incontenible. El rey empezó a correr, de vergüenza no sabía dónde meterse. Desapareció, y hasta el día de la fecha no le encontraron los rastros.

El pueblo se liberó gracias a un chiquilín, el único que se atrevió a decir la verdad.

En la torturada Venezuela de hoy, como una nave cuyo capitán, un monarca heredero del capricho de un Gigante, navega al garete, hace aguas por todas partes. Desde luego, el sucesor, un pánfilo bigotón, asegura que su pueblo lo adora, pues lo viste con el traje de la popularidad, es el hazmerreír de una multitud que no habla, porque nadie quiere arriesgar su vida con una frase imprudente. Pero sabe, desde hace tiempo, que el monopolio de los poderes públicos se llama tiranía.

En Venezuela hay un régimen tirano, malo y déspota que hace sufrir a toda la población. Cuando se acercó el día del aniversario de la acción artera contra la república, o el de su asunción, decide siempre hacer una gran fiesta para alegrar a sus súbditos. Está seguro de que su pueblo lo adora, enfermedad común de los dictadores ya que los convence su propia propaganda, que cae como diluvio.

Pero recordémosle a la canalla que las ideas no mueren cualquiera sea la horca: cuerda o… cadena de dólares. Aprendan un poco sobre alguien –Julius Fucik– que lo sufrió hasta morir… ¡con alegría!

Julius Fucik nació el 23 de enero de 1903. Tras estudiar filosofía, en 1921 ingresó en el Partido Comunista e inició su labor de crítico literario y teatral. En los años de ocupación de Checoslovaquia por Hitler, publicó bajo seudónimo ensayos sobre las figuras más representativas de la cultura democrática checoslovaca, siendo detenido en abril de 1942 por la Gestapo, en el verano de 1943 trasladado a Berlín y aquí ejecutado, el 8 de septiembre de 1943. Su Reportaje al pie de la horca, sacado hoja por hoja de la cárcel y publicado en 1945, adquirió gran resonancia mundial y fue traducido a ochenta idiomas. En 1950, a título póstumo, Fucik recibió el Premio Internacional de la Paz. En su combativo y conmovedor Reportaje escribió, con letras de oro:

“He vivido para la alegría y por la alegría muero. Agravio e injusticia sería colocar sobre mi tumba un ángel de tristeza”. Así lo dice, con coraje, Tal Cual.

Hoy, 21 de octubre de 2014, Tal Cual inicia su marcha de 30 pasos, 30 días, hacia el paredón. El fusil Kalashnikov Ak-103 está artillado. El AK-103 es un fusil de asalto, la nueva versión del AK-47 ruso. Actualmente es fabricado en Rusia y en Venezuela. Pero Tal Cual, el chiquilín, hijo del carpintero, ha dicho:

No. Todo está, aquí, en una palabra. En esas dos letras, de las que nació un proyecto editorial destinado a defender un valor en mengua: la democracia.

Por esa palabra, por pensarla, escribirla y publicarla, claro y raspao, este periódico dirigido por Teodoro Petkoff, se ha jugado su vida, ha discrepado de pocos, algunos o muchos de sus lectores iniciales y se volvió intransigente para ciertas causas que disfrazan la avidez por el poder con palabrejas sin sentido y sin sentir.

Tal Cual ha sido –y es un pequeño callo en la planta insolente de los que mandan.

Siempre lo han querido extirpar: con multas, con inspecciones, con amenazas, con juicios, con descalificaciones, con amedrentamientos, con más juicios. Todo el poder contra una sílaba. Tanta saña para doblegar una voluntad. Porque nada molesta más al falso poder que alguien sea fiel a un código ético del que aquellos se ufanan y del cual carecen por completo.

Una sílaba los deja en harapos: no a la violencia, no a la mentira, no al abuso de poder, no a la división, no a la corrupción, no a la injusticia, no a la persecución política, no al escarnio público, no a la indolencia, no a la impunidad, no a la desmesura, no al despilfarro, no a la destrucción del país. No a la censura contra esta dos sílabas, contra este diario, contra esta historia.

Tantos No en uno solo: No.