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Héctor Silva Michelena

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Héctor Silva Michelena

Víctimas de la Stasi, 25 años no bastan

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Víctimas de la Stasi, es decir, el Ministerio para la Seguridad del Estado, más conocido por su abreviatura Stasi, órgano de inteligencia de la cínicamente llamada República Democrática Alemana, siguen traumatizadas 25 años después de la caída del Muro. Según reporta la periodista Alexandra Hudson (Reuters, 07-1-14), el domingo 16 de noviembre se celebran los 25 años transcurridos desde la caída del régimen que los persiguió, encarceló y torturó hasta la muerte, pero muchas víctimas del comunismo de la antigua Alemania del Este están hoy tan traumatizadas que celebrar la unificación de su país puede resultarles difícil.

Miles de personas que fueron encarceladas por sus opiniones políticas, o a las que les quitaron a sus hijos porque el Estado no les consideraba unos padres adecuados, viven hoy profundamente angustiados, mucho más por el hecho de que aún no se ha hecho justicia ni se les ha compensado, dijo un grupo que presiona para que se haga justicia, aunque tardía, pero plena de efectos simbólicos para ellos y el resto del mundo que aún cree en las bondades del comunismo o socialismo despótico.

“Por supuesto, los aniversarios son una oportunidad de examinar el pasado y conmemorar el cambio de la dictadura a la democracia”, dijo Rainer Wagner, responsable del grupo UOKG que protege a las víctimas de la tiranía comunista. Y agregó: “Pero es escalofriante ver todos estos discursos por un lado y por otro un Estado y una sociedad que dudan a la hora de pagar compensaciones o llevar a los agresores ante la justicia”.

Unas 250.000 personas permanecieron detenidas o fueron interrogadas en instituciones policiales de 1945-1989, a menudo simplemente por expresar su deseo de marcharse. Millones huyeron antes de que la frontera fuera sellada y miles de ellos que no lo consiguieron no pudieron desarrollar su potencial por su pasado o sus ideas políticas. Cuando Alemania se reunificó, el nuevo gobierno asumió la titánica tarea de investigar los crímenes del antiguo Este, prometiendo compensar y rehabilitar a quienes hubieran sido tratados de manera injusta, y explicar su sufrimiento a generaciones futuras.

Pero aunque se están tomando medidas, el gobierno alemán señaló a principios del año pasado “dos tendencias preocupantes con relación a la antigua Alemania del Este: un menosprecio y un romanticismo, o una ignorancia total”. Wagner tiene un metro claro para sentir que no se ha hecho justicia: las víctimas reciben al menos la misma pensión o ingresos que aquellos leales al ex Estado comunista. Muchos de los que sufrieron física o psicológicamente como resultado de su encarcelación u opresión han sido incapaces de trabajar, viviendo con dificultades y escasas ayudas estatales mientras los funcionarios de Alemania del Este reciben grandes pensiones, dijo Wagner. Y afirmó, luego: “Las cifras más recientes de 2008 muestran que las víctimas son de media a un tercio más pobres que aquellos cercanos al régimen”.

En una jornada para debatir los efectos de la persecución –cerca de la Puerta de Brandenburgo donde miles de personas asistirían a un acto por el aniversario el domingo–, algunas de las víctimas simplemente encontraban demasiado difícil hablar. Los que pudieron describieron lo duro que era convencer a sus hijos de que la oposición política había sido el camino correcto cuando los antiguos miembros del partido seguían disfrutando de un alto estatus.

En una injusticia particularmente punzante, pues algunos de los miembros del partido que estudiaron doctorados sobre cómo silenciar a los adversarios políticos –en una universidad patrocinada por la temida policía secreta Stasi– aún tienen reconocidos sus títulos académicos y por ello obtienen mayores salarios y pensiones.

Desde la reunificación, algunas de las sedes de la Stasi se han convertido en museos y lugares conmemorativos, junto con las antiguas prisiones de Alemania del Este. Las víctimas del régimen a menudo asisten a clases y asesoran a servicios y grupos de apoyo para tratar de que la gente pueda superar su trauma. Claman por una compensación de los ingresos arrebatados.

Pero la compensación financiera es complicada. Una serie de leyes de rehabilitación han eliminado los registros delictivos de los prisioneros políticos y les han concedido 306 euros por cada mes de prisión junto con una pensión de víctimas de 250 euros al mes si estuvieron encarcelados más de 180 días; se observa que actualmente pasan apuros. Muchos lo ven como una cantidad despreciable, dadas las horas de trabajos forzados en prisión.

Otras leyes han tratado de compensar a aquellos que fueron dañados por el régimen con otros métodos, tales como con decisiones legales tomadas contra ellos, o dañando sus carreras, pero esos casos son difíciles de demostrar, dijo la Organización de Víctimas de Comunismo (UOKG, por sus siglas en alemán). Las tasas de aceptación para las quejas de las víctimas oscilan entre 50% y 67% en diferentes estados de la Alemania Oriental.

Entre 1993 y 2011 Alemania gastó 1.200 millones de euros en pagos de rehabilitación, según un informe del gobierno emitido en 2013 que examinaba los avances para enmendar los errores en la Alemania del Este.

Los pagos también han compensado a deportistas a los que se les suministraron esteroides sin su consentimiento mientras Alemania del Este buscaba dominar el medallero olímpico.

Unas 351 personas recibieron pagas de 9.250 euros del Comité Olímpico Alemán –sucesor del comité de Alemania del Este– y desde Jenapharm, la empresa que fabricó los fármacos que deterioraron los cuerpos de los deportistas y dejaron sus músculos tan sobredimensionados que sus huesos no podían sostener sus extremidades.

Después, Alemania creó un fondo de 2 millones de euros, pagando 10.500 euros a cada uno de los 194 deportistas que lo solicitaron de entre 308. Un intento de los Verdes (partido político ecología) para que recibieran una pensión fue descartado por el Parlamento en 2013.

Tristemente, hay muchas víctimas olvidadas. Como se sabe a 90 minutos de Berlín está la ciudad de Cottbus, cuya cárcel del siglo XIX fue utilizada como prisión tanto por los nazis como por los alemanes del este. He aquí algunas: Katrin Behr, de 47 años, que fue separada de su madre cuando tenía cuatro años y medio, ha colgado fuera del edificio cientos de avisos de niños y padres desaparecidos que aún intentan localizarse después de ser separados por el Estado.

Algunos de los niños nacieron en 1988, solo un año antes de la caída del Muro. Muchos de ellos aún buscan a un miembro familiar que sienten olvidado porque sus destinos no se han reconocido ni compensado públicamente. No son el único grupo que sufre de este modo: Alemania sigue investigando, por ejemplo, las pruebas médicas llevadas a cabo a pacientes de hospitales por parte de farmacéuticas del este. Las primeras conclusiones se esperan para el próximo año.

Cottbus es ahora un museo propiedad de antiguos presos. En la exposición hay un diminuto sombrero de punto que llevaba el bebé que Margot Rothert fue forzada a dar en adopción tras ser encarcelada por “mal comportamiento asocial”, es decir, querer ir al oeste en busca de la libertad. La madre y la niña se reencontraron 34 años después. Otro caso conmovedor e indignante es el de la niña Behr, que fue adoptada por una familia leal al régimen, que solo pudo encontrar a su madre cuando cayó el Muro y pudo preguntar a los servicios sociales su dirección. Su madre explicó que fue encarcelada por decir que quería abandonar el país. Behr escribió unas memorias de lo que le había pasado a ella y a su madre. Hoy dirige un servicio de asesoría y gestiona 1.700 casos de familias o niños desaparecidos. “Necesitaba encontrar una manera de demostrarme a mí misma que todo esto no me había ocurrido por nada”, dijo.

Tiene mucha y clara razón el gobierno alemán cuando señaló a principios del año pasado que existen “dos tendencias preocupantes con relación a la antigua Alemania del Este: un menosprecio y un romanticismo, o una ignorancia total”. Menosprecio: desestimación, falta de aprecio o desaire, desdén. ¡Terrible, tenebroso! Romanticismo: cualidad de romántico, sentimentalismo, añoranzas de un mundo perdido que ofrecía cosas gratis y un futuro Edén sobre la Tierra. Ignorancia total: ignorancia que procede de negligencia en aprender o inquirir lo que puede y debe saberse. En Alemania del Este, o en otras partes propicias (América Latina: Venezuela, Ecuador, Nicaragua), África y, sobre todo, las teocracias fundamentalistas (como el cruento Estado Islámico), la historia puede repetirse. Recordemos la frase: en su libro El 18 Brumario de Luis Bonaparte, Marx señala que “Hegel dice en alguna parte que todos los grandes hechos y personajes de la historia universal aparecen, como si dijéramos, dos veces. Pero se olvidó de agregar: una vez como tragedia y la otra como farsa”. Farsa: 4. f. Enredo, trama o tramoya para aparentar o engañar (DRAE).

Es el momento de recordar al gran filósofo francés, Cluade Lefort, fallecido en octubre de 2010. En su prolífica obra Lefort hace del pensamiento un motivo para reconciliarse –y de paso reconciliarnos– con el acontecimiento clave que marcó a su tiempo y generación: el totalitarismo. Para el pensador nacido en 1924, el fenómeno totalitario no surgió del vacío; no es fruto de seres malignos o mentes sádicas con complejos de inferioridad, ni tampoco es una forma velada que asume el gran capital o una casta burocrática para reafirmar su dominación sobre el proletariado. El totalitarismo, por el contrario, es la experiencia sociopolítica que define al siglo XX. No existe, según Lefort, otro acontecimiento que haya puesto a prueba de manera más palpable el sentido de lo humano y de lo inhumano, de lo justo y de lo injusto, como el totalitarismo. Todo es posible en la sociedad totalitaria. Nada del más acá le resulta ajeno.

Claude Lefort no comparte el optimismo de aquellos que afirman que el totalitarismo ya fue depositado por la democracia en el basurero de la historia. Desde su mirada, la democracia moderna no ha encontrado en el presente ni encontrará en el futuro la vacuna contra el virus totalitario. Siempre que la incertidumbre que activa la sociedad democrática deviene insoportable por razones políticas, económicas o sociales; siempre que el deseo de pensamiento es sustituido por una exigencia desmesurada de creencia, aparece en el horizonte inmediato el fantasma totalitario. Nada sencillo resulta vivir en una forma de sociedad en donde no existen garantías últimas sobre el sentido del poder, el derecho y el saber, sino todo está sujeto a una invención permanente. La democracia, en clave lefortiana, es una sociedad que requiere inventarse a sí misma de manera constante o el riesgo de retroceder al totalitarismo es inevitable. ¡Alerta, venezolanos!

 

Ilustración de Grupo BBM

Ciertamente, muchas de las bases institucionales o de los rasgos empíricos del régimen comunista han desaparecido, cambiado o perdido mucho de su identidad original. Con la caída del Muro de Berlín en 1989 y la desintegración y posterior desaparición de la Unión Soviética a principios de los noventa, el totalitarismo pareciera haber recibido un golpe mortal. Los enemigos de la democracia, se afirma, ya no son los viejos totalitarismos de derecha o izquierda, sino los fundamentalismos religiosos, el terrorismo y los nacionalismos extremistas. Sin embargo, las cosas no son tan sencillas como aparentan a primera vista. En efecto, si nos detenemos en este nivel de la reflexión, corremos el riesgo de confundir o mezclar dos dimensiones de análisis que Lefort se ha preocupado en diferenciar: el dispositivo institucional y el dispositivo simbólico de los regímenes políticos modernos, es decir, la diferencia que existe entre el desarrollo de facto de las sociedades democráticas o totalitarias y los principios que le han dado sentido a esas sociedades. En la obra de Lefort, no lo olvidemos, el análisis crítico de las representaciones simbólicas (lo instituyente) tiene un estatuto propio y es tan importante como el análisis de las bases institucionales (lo instituido).

Si lo anterior es cierto, entonces no existen razones suficientes para afirmar que el totalitarismo desapareció definitivamente de la faz de la tierra por el simple hecho de que murió el nazismo y desapareció el comunismo soviético. Por el contrario, el fantasma del totalitarismo continúa interpelando a las sociedades contemporáneas, porque las representaciones simbólicas que le dieron sentido y proyección histórica a ese régimen político continúan seduciendo el imaginario de los mortales. En cualquier momento, como advirtió magistralmente Alexis de Tocqueville, el deseo de libertad que alimenta a la democracia puede mutar en deseo de servidumbre.