• Caracas (Venezuela)

Héctor Silva Michelena

Al instante

Maduro está en ira. ¿Qué tendrá Maduro?

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Los bramidos se escapan de su boca de saurio. Amenazas de sangre, violencia y caos. Ha perdido la risa, ha perdido el color. Se vio en el espejo: ¡el vivo retrato de Dorian Grey! Se llamaba a sí mismo “bonito”, pero las lacras lo delataron. ¿Qué le espera al señor Maduro y al escudo milico-civil que nos gobierna? ¿Por qué un Maduro iracundo chilló: “Prepárense para un tiempo de masacre y muerte si fracasa la revolución bolivariana?”, mensaje apocalíptico recogido por la redacción de El Mundo, Madrid, España, el domingo 7 de junio pasado.

Ahora Maduro ha amenazado con “lanzarse a las calles” si la Mesa de Unidad Democrática (MUD) gana las elecciones a la Asamblea Nacional, que finalmente han sido convocadas el 22 de junio para el 6 de diciembre, tras meses de incertidumbre sobre la fecha. Maduro espetó estas declaraciones en una reunión con las bases del gobernante Partido Socialista Unido de Venezuela (PSUV) celebrada en el Teatro Teresa Carreño de Caracas, cuando el periodista de Noticias 24 lo interrogó sobre la posibilidad de que la oposición se haga con el control del Parlamento.

“Sería un caos porque nuestro pueblo no se va a entregar, nuestro pueblo va luchar en las calles y yo soy el primero en lanzarme a las calles para defender sus derechos sociales”, publicó Noticias 24. Sin embargo, restó importancia a esta hipótesis fingiéndose seguro de que “el 6 de diciembre se sumará a las fechas históricas” del “chavismo” con “una nueva victoria” en las urnas. “Ya tenemos fecha para la batalla”, ha añadido en Twitter. ¡La batalla, la solución final de Adolf Eichmann!

Yo sé por qué ladra Maduro. Me recuerda al último discurso de Nicolae Ceaucescu prometiendo villas y castillos a un pueblo hastiado. Este dictador comunista llevaba 22 años viviendo un sueño del que ahora despertaba abruptamente. El Muro de Berlín había caído menos de dos meses antes, pero Europa se transformaba demasiado rápido como para que Ceaucescu pudiera asumir la realidad del desmoronamiento de su propio régimen y el del bloque socialista. El dictador rumano caminaba hacia su muerte sin comprender que el mundo se transformaba. Aquel último discurso era la fiel representación de la pérdida del poder, con los silbidos extendiéndose entre la multitud congregada en la plaza central de Bucarest, mientras prometía una ridícula subida del salario mínimo, subsidios para más de 4 millones de niños o el aumento de las pensiones. Ya era demasiado tarde.

El 16 de diciembre había estallado la primera protesta en Timisoara, que continuó al día siguiente con la ocupación por parte de los manifestantes de la sede del Comité del Distrito del Partido Comunista Rumano (PCR) y la destrucción de documentos oficiales, propaganda política, textos escritos por Ceaucescu y otros símbolos del régimen socialista. El mandatario ordenó disparar contra la población civil, pero, lejos de aplacar la ira del pueblo, convirtió la ciudad rumana en un polvorín: muertes, peleas, automóviles incendiados, tanques enfrentándose a civiles y voluntarios organizados en retenes para cazar a francotiradores. La revuelta se extendió rápidamente a otras zonas del país y llegó a la capital, causando miles de muertos en lo que fue uno de los sucesos más graves de Europa tras la Segunda Guerra Mundial. 

El objetivo del discurso del 21 de diciembre de 1989 no era otro que celebrar una multitudinaria manifestación de adhesión al régimen, con la televisión retransmitiendo en directo, y condenar los sucesos de Timisoara. “Parece cada vez más claro que hay una acción conjunta de círculos que quieren destruir la integridad de Rumania y detener la construcción del socialismo, para poner de nuevo a nuestro pueblo bajo la dominación extranjera. Tenemos que defender con todas nuestras fuerzas la integridad e independencia del país”, declaró el dictador ante los tímidos aplausos de la primera línea de asistentes. Estos habían sido traídos desde las fábricas, a punta de pistola, para escuchar proclamas como «mejor morir en la batalla, lleno de gloria, que ser una vez más esclavos en nuestra propia tierra» o “debemos luchar, para vivir libres”.

La reacción de su “amado” pueblo fue tal que su guardia personal le recomendó que se ocultara en el interior del edificio, al tiempo que la señal de televisión era sustituida por anuncios ensalzando las bondades del socialismo. Pero la mayor parte de la población ya se había percatado de que algo extraño estaba sucediendo en Bucarest y no dudó en lanzarse a las calles de las principales ciudades para gritar “¡muerte al dictador!” y “¡abajo el gobierno!”.

El dictador tenía la convicción de que la represión de las revueltas que había ordenado terminaría por apaciguar los ánimos. Y cuando se convenció de que aquello no era posible, ordenó a su piloto personal que consiguiera dos helicópteros con personal de seguridad para escapar.

Demasiado tarde. Cuando este dio las órdenes, Ceaucescu alcanzó a escuchar la respuesta del oficial en el auricular, que sonó casi como una sentencia de muerte: “Señor presidente, hay una revolución aquí afuera. Usted está solo. ¡Buena suerte!”. Tuvo que echar entonces mano de un vehículo y huir hasta refugiarse con su esposa en un instituto a las afueras de la capital. En las calles, el Ejército había dejado de obedecerle.

Nicolae y Elena fueron detenidos pocas horas después, mientras los principales responsables del aparato de gobierno y sus militares eran ejecutados. Ellos no iban a correr mejor suerte. El día de Navidad fueron juzgados y condenados a muerte, sin que el dictador pareciera darse cuenta de que su hora había llegado. «Solo contestaré al Parlamento del pueblo y vosotros tendréis que responder», gritaba encolerizado, mientras daba órdenes al tribunal, insultaba al juez (“usted no sabe leer ni escribir”) y replicaba a su mujer: “¿Cómo permites que te hablen de ese modo?”. «Usted siempre ha declamado actuar y hablar en nombre del pueblo, ser amado por el pueblo, pero solo ha hecho al pueblo esclavo de una tiranía durante todo este tiempo», le replicó el fiscal.

El matrimonio más poderoso de Rumania era atado de manos y conducido directamente al paredón. Cuentan que fueron muchos los voluntarios que se presentaron para apretar el gatillo y, cuando ocurrió, las manifestaciones continuaron en Bucarest pidiendo que fueran mostrados por televisión los cadáveres. Hasta que no lo vieran, no podrían creérselo. Aquellas imágenes, que dieron rápidamente la vuelta al mundo, ocupan un lugar destacado en la historia del siglo XX.

Alea iactaest, Maduro, Cabello, Padrino, Sebin, GNB, FANB: el 6 de diciembre caerá esa “B” espuria y manipulada ad náuseam. Según los últimos sondeos sobre intención de voto, la oposición aventaja en 20 puntos al PSUV lo que supone que, por primera vez en 16 años de gobiernos “chavistas”, podrían perder el control de la Asamblea Nacional. ¿Qué pasaría? Desde luego, nada como lo de Rumania, pero sí resistencia por parte los entes armados del gobierno, desde las FANB hasta las milicias y los colectivos. Pero en la FAN hay amplios sectores de sensatez que no permitirían, en absoluto, un Domingo Sangriento, aquella matanza realizada por la Guardia Imperial rusa contra manifestantes pacíficos. Sucedió en San Petersburgo el 22 de enero de 1905 (9 de enero según el calendario juliano entonces vigente en Rusia), día en el que 200.000 trabajadores se reunieron a las puertas del Palacio de Invierno, residencia del zar Nicolás II. Los obreros, organizados por el padre Gapón, procuraban demandar directamente al zar un salario más alto y mejores condiciones laborales, tras el fracaso de numerosas huelgas hechas a finales del año 1904. Los manifestantes llevaban ese día íconos religiosos, además de retratos del zar, para demostrar que sus intenciones eran pacíficas.

Sencillamente, la nueva AN ejercería un real control sobre el Ejecutivo y demás poderes públicos, lo que daría al ejercicio una transparencia que ahora es nula. En la teoría el gobierno puede utilizar su control judicial para resistir las acciones de la nueva AN, en la práctica, una pérdida aplastante, como la prevista, limitaría severamente su capacidad administrativa para bloquear esas decisiones. Es el fin del mal gobierno y de la opresión.