• Caracas (Venezuela)

Héctor Silva Michelena

Al instante

Balada de un país en ruinas

  • Tweet:

  • Facebook Like:

  • Addthis Share:

Si el crimen trabaja en la sombra, el cobarde mata con un beso. Palabra apropiadas, que no expropiadas, de Shakespeare, y de Wilde. El país entra en el último trimestre del año con paso lento y cansado, la carga del último quinquenio le ha doblado la columna. Sus dedos son achacosos, diríase que hechos de nudos de tanto llamar a las puertas cerradas de la democracia. Allá en lo alto, donde todo es fuego y pólvora, nadie escuchó, o no quiso escuchar los golpes a la puerta.

Su traje son jirones de lo que antes era esperanza. Sus zapatos están rajados, no tienen suela de tanto caminar en busca del mínimo sustento, de remedio para su vida, de cosas para la higiene, doméstica y personal. Está sediento pero su cántaro está roto. Sobre su mesa tan solo hay mendrugos, las sobras del gran banquete que día a día se celebra allá arriba, en la punta de las bayonetas, y en los instrumentos de suplicio de quienes traicionaron la civilidad.

El país es una ruina. ¿Quiénes lo arruinaron?, pregunto. ¿Es admisible hablar de economía, de petróleo, de precios; escasez, pobreza, homicidios, impunidad; de justicia y, en el fin de los fines, de perversidad? Sí, es posible pero a condición de que la teoría, la ciencia, la filosofía no nos ejecuten en una cámara de gritos radioeléctricos. Para hacerlo tenemos que mirarnos sur la vie.

Recordemos sin zozobra la canción de Martin Fierro: “Aquí me pongo a cantar/ al compás de la vigüela/que al hombre que lo desvela/ una pena estrordinaria/ como el ave solitaria/ con el cantar se consuela”. Sí, la pena es “estrordinaria” y el ave está sola, porque los gloriosos hermanos vecinos han cerrado sus ojos y tapado sus oídos. Las fechorías que a diario se cometen aquí, en este país, no existen: es solo percepción de los otros que conspiran para acabar con nosotros. El cíclope totalitario se come a los hombres por tajadas. Fascismo, pues.

Pero no basta cantar. Este es un pájaro de fuego. Cada uno de estos seres convoca a muchos. Cada uno resume a miles y en su cuerpo descubre muchos cuerpos más. Su anatomía puede recordar la de una nave, un arca, una copa, cáliz donde se consume el alma y se articula la energía. Se presenta como un estilete, un himno, una bandera. Saint-John Perse nos dijo: El pájaro, entre nuestros hermanos de sangre es el de vivir más ardiente, conduce hasta los confines de un singular destino. En época de luna gris puebla con su espectro la profecía de las noches. Y su grito entonces es el mismo grito de la aurora: grito de guerra santa a cuchillo.

“Poesía y teoría social son los dos temas que siempre me han ocupado… –escribía Ludovico en 1983–, en cuanto a teoría social sigue corriendo como un río subterráneo mi ya vieja afición al estudio de Marx, lo que de mi parte implica una posición heterodoxa y casi siempre combativa”. También le  rogó a la Virgen que lo ayudara a vivir sin sobresaltos, y a Cristo que se encontraran en el vino.

Invito a rasgar la tonada de Simón Díaz: “Lucero de la mañana/ préstame tu claridad”. Se encenderán así las luces del escenario, y el entendimiento nos hará ver que en un país en ruinas votar no es solo un acto democrático sino, sobre todo, un acto de rebelión. Entonces se abrirán los cielos y podremos leer los versos finales de la “Balada del preso insomne”, del gran Leoncio Martinez: “Espero que para entonces/ allá por el año dos mil/ esté alumbrando libertades/ el claro sol de mi país”. Ese año 2000 llegará el 6 de diciembre. Las armas son los votos. ¡A las armas, ciudadanos! Y digamos como Rilke: “Solo moriré de mi propia muerte”. Hicet nunc.