• Caracas (Venezuela)

Héctor Faúndez

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Héctor Faúndez

El muro invisible

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Esta semana se cumplen 25 años desde la caída del Muro de Berlín, una barrera ignominiosa que, luego de múltiples negativas, se levantó, casi enteramente, en poco más de 24 horas, entre el 12 y el 13 de agosto de 1961. Ese muro, junto con el ejército y la policía de la antigua República Democrática Alemana, cerró herméticamente cualquier acceso a Berlín Occidental, impidiendo que los ciudadanos del sector oriental, dominado por la antigua Unión Soviética, pudieran emigrar en busca de un destino mejor, abandonando el paraíso socialista; no se trataba de una simple muralla, sino de una barrera que se complementaba, en el lado oriental, con telas metálicas, alambradas, minas de fragmentación y defensas para evitar el paso de vehículos; además, el transporte público que previamente comunicaba a ambos sectores fue suprimido. A los alemanes orientales que pedían un visado para viajar a Occidente no solo se les negaba, sino que se les incluía en una lista negra, con efectos similares a los de la lista Tascón. Según los cálculos más conservadores, alrededor de cuatrocientas personas murieron acribilladas o resultaron gravemente heridas al intentar cruzar el muro, huyendo de las condiciones de vida en Berlín Oriental.

Además de suprimir cualquier posibilidad de emigrar o de mantener contactos familiares con quienes vivieran en el lado occidental, ese muro impedía, también, que los ciudadanos del sector oriental pudieran comparar distintos estilos de vida y diferentes grados de libertad. El muro era la expresión física de otras barreras que, aunque invisibles, impedían la libre circulación de informaciones e ideas de toda índole.

Con la caída del Muro de Berlín se cerró un ciclo histórico, caracterizado por la represión más brutal y por la falta de libertades de todo tipo. El fin de esa era dio paso a una Alemania unificada, en la que el pluralismo político, la prosperidad y la libertad han ido de la mano.

Veinticinco años después de ese acontecimiento histórico, no han faltado otros muros de la vergüenza, como el edificado por Estados Unidos en su frontera con México, el erigido por Israel en Cisjordania o la barrera levantada por España en sus fronteras de Ceuta y Melilla; estos tienen el detestable propósito de cerrar las puertas a quienes huyen de la miseria en sus propios países, a veces generada por la invasión de sus territorios, por el colonialismo, o por la explotación económica de una mano de obra barata que no es bienvenida en los países ricos; pero su función no es impedir que un ciudadano pueda emigrar de su propio país. Por el contrario, el gobierno de Venezuela, poco a poco, ha ido levantando un muro invisible que, por el momento, restringe notablemente el derecho de los venezolanos a entrar y salir libremente de su país; sin ningún pretexto, el gobierno de Venezuela se ha declarado enemigo de la libertad y de los derechos humanos.

A las crecientes dificultades para obtener un pasaporte se agrega el control de cambio, que impide el acceso a las divisas indispensables para viajar al exterior. Si ambos obstáculos pueden ser superados, todavía hay que obtener un pasaje aéreo, lo cual no resulta sencillo luego del bloqueo autoimpuesto por el gobierno de Venezuela, como consecuencia de su negativa a pagar la deuda milmillonaria que mantiene con las líneas aéreas internacionales, las cuales han reducido notablemente su oferta de pasajes. Pero, incluso si usted, amigo lector, logra conseguir un pasaje aéreo, se expone a que un guardia nacional (que obviamente está cumpliendo órdenes superiores) le pregunte dónde compró su boleto, cómo lo pagó, a dónde viaja y con qué propósito. Luego, un funcionario de inmigración podrá impedirle embarcar porque su pasaporte “tiene menos de seis meses de vigencia”.

Mientras el mundo celebra el 25 aniversario de la caída del Muro de Berlín, el gobierno de Venezuela está construyendo su propio muro para aislarnos del exterior e impedir que podamos tener acceso a la ciencia, al arte, a los beneficios del progreso y al intercambio de informaciones e ideas de todo tipo. Pero ese muro también terminará por caer, aplastando a quienes lo levantaron.