• Caracas (Venezuela)

Héctor Faúndez

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Héctor Faúndez

La moral de hombres nuevos

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Han pasado muchos años desde que el comandante eterno anunció la transformación de Venezuela, mediante un proceso revolucionario sin precedentes, que generaría “un hombre nuevo”. Nos parecía entender que ese “hombre nuevo”, además de preparado para administrar los complejos asuntos del Estado, culto, respetuoso de los derechos de los demás, tolerante y trabajador, tendría una moral incorruptible y sería la encarnación de los valores que, durante tanto tiempo, habíamos estado aguardando. En medio de la inseguridad más espantosa y de una corrupción desbordada, durante tres lustros, habíamos esperado ansiosos la llegada del hombre nuevo, producto del socialismo del siglo XXI. Cuando ya comenzábamos a creer que todo era parte del discurso demagógico de quienes nos gobiernan, fuimos sorprendidos por informaciones procedentes de diversos países, con noticias de un grupo de compatriotas en Andorra.

Mi primera reacción fue pensar qué hacían esos venezolanos (cuyos nombres no vale la pena recordar) en un pequeño país, situado en la cumbre de los Pirineos, casi invisible en la frontera entre España y Francia, escasamente habitado y con algunos pueblos unidos por una misma calle. Según la información de prensa, esos venezolanos, con altos cargos en la administración pública durante los gobiernos de Chávez y de Maduro, no estaban esquiando ni haciendo compras en alguna de sus tiendas libres de impuesto. Ellos estaban visitando los bancos de Andorra, no para cambiar doscientos dólares o para preguntar por la dirección del restaurante más cercano; su propósito era depositar grandes sumas de dinero, lejos del control del Seniat y de la Contraloría General de la República, que entiendo que todavía existe.

Lo sorprendente es el toque de Midas de este hombre nuevo que, sin necesidad de haber pasado por Cadivi, solamente con los ingresos de un cargo en la administración pública que, Chávez dixit, tiene un tope máximo de veinte salarios mínimos, pueda disponer de cifras inimaginables en la moneda del imperio. Pero no se trata de ningún milagro. Según la Comisión de Prevención del Blanqueo de Capitales de España, se trataría de jugosas comisiones pagadas a altos funcionarios del gobierno de Chávez en relación con contratos públicos adjudicados a empresas españolas.

Lo notable es que, ante la indiferencia oficial, haya tenido que ser Julio Montoya, un diputado de la oposición, quien hiciera la denuncia ante la Asamblea Nacional y solicitara una investigación sobre estos hechos. Sin embargo, el presidente de la Comisión de Contraloría, diputado Pedro Carreño, precisó que esa denuncia solo sería atendida “si se presentan las pruebas pertinentes”. Como si no bastara con los datos precisos y suficientemente documentados proporcionados por la prensa internacional, indicando nombres y apellidos, los cargos que ostentaban las personas involucradas, los contratos públicos en que intervinieron, el monto de las comisiones supuestamente cobradas, el nombre de las empresas que habrían pagado esas comisiones, el nombre del banco en que estos “hombre nuevos” tienen sus depósitos y el monto de los mismos, no fuera suficiente para abrir una investigación.

Aunque usted no lo crea, quienes han sido capaces de encarcelar sin ninguna prueba a importantes líderes de la oposición piden más pruebas, no para encarcelar a nadie sino, sencillamente, para investigar algo que huele muy mal. Quienes han denunciado decenas de intentos de magnicidio y de planes golpistas sin que nunca hayan presentado una prueba, en este caso, no pueden actuar sin que se le presenten pruebas adicionales. Quienes, como en el caso del asesinato del fiscal Anderson, han sembrado pruebas falsas una y otra vez para acusar a figuras de la oposición, ahora pretenden que les lleven una confesión firmada para poder investigar.

Mientras en Brasil una denuncia de corrupción en Petrobras ha remecido los cimientos del gobierno de Dilma Rousseff, la cual ha prometido mantenerse “firme en la lucha en contra de la corrupción”, en Venezuela, ante un escándalo mucho mayor, el gobierno venezolano guarda un silencio que vale más que mil palabras. Tampoco ha habido ninguna reacción de la Contraloría General de la República y, recién ahora, la fiscal general ha pedido información sobre este asunto; da la impresión de que, para las autoridades venezolanas, se trata de un hecho que no nos concierne, de sumas insignificantes, o de personajes intocables. ¡O, quizás, se trata de una práctica normal en la Venezuela bolivariana!

Definitivamente, el socialismo del siglo XXI es capaz de convertir en nuevos ricos a quienes, sin los recursos del Estado venezolano, continuarían siendo algo muy cercano a un pobre de solemnidad. Es posible que “el hombre nuevo” generado por la revolución bolivariana no tenga principios ni valores; pero nadie puede negar que tiene dinero en abundancia para disfrutarlo en los países capitalistas, sin las incomodidades del desabastecimiento que sufre el resto de los venezolanos.