• Caracas (Venezuela)

Héctor Faúndez

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Héctor Faúndez

Las “lettres de cachet” del siglo XXI

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Hasta la Revolución Francesa, unas de las prácticas más odiosas que caracterizaron a la monarquía en Francia fueron unas órdenes firmadas por el rey, conocidas con el nombre de “lettres de cachet”, y que, entre otras cosas, permitían arrestar y enviar a prisión a cualquier persona. En ausencia de un poder judicial independiente e imparcial, esas órdenes fueron el símbolo de la arbitrariedad en el ejercicio del poder. Con la Revolución Francesa y el nacimiento de un nuevo derecho público, todo eso quedó en el pasado, abriendo el camino a la separación de poderes, al reconocimiento de los derechos públicos subjetivos y a las garantías de la libertad. Con ese hito histórico se acabaron los gobernantes que, a la manera de un César imperial o de un Calígula, tenían poderes absolutos sobre nuestros bienes, nuestras vidas y nuestra libertad. En adelante, esos poderes estarían reservados exclusivamente para los tiranos como Hitler o Stalin; como Franco o Mao; como Pinochet o Pol Pot. Por el contrario, en democracia, y en el marco de un Estado de Derecho, solo podemos ser privados de nuestra libertad por orden de jueces independientes e imparciales, respetando todas las garantías judiciales. Hasta allí llega la teoría; porque, por lo menos en Venezuela, la práctica indica algo muy diferente.

Fue Hugo Chávez quien instauró una nueva modalidad de las “lettres de cachet”, sin necesidad de un documento escrito, con órdenes transmitidas por medio de la radio y la televisión, disponiendo el arresto de todos aquellos que se interponían en su camino. Los tribunales solo tenían que refrendar lo que ya había sido decidido en Miraflores y comunicado a través de Aló, Presidente. Para quienes no se han enterado, así lo ha atestiguado, entre otros, Eladio Aponte Aponte, uno de los esbirros que, desde el TSJ, debió ejecutar muchas de esas decisiones, enviando a la cárcel a los comisarios de la Policía Metropolitana y a Iván Simonovis, por mencionar solo a algunas de sus víctimas.

A su turno, como heredero político del comandante, Nicolás Maduro ha demostrado tener el mismo talante despótico que su antecesor, pero con más entusiasmo. Los presos de Chávez han sido sustituidos por los presos de Maduro. Ya no se trata solo de Leopoldo López o de los exalcaldes (también destituidos mediante una “lettre de cachet”) Enzo Scarano y Daniel Ceballos, o de los estudiantes que, hace justo un año, salieron a la calle a defender su futuro y el de todos los venezolanos. No se trata únicamente de la detención arbitraria del abogado Marcelo Crovato, por brindarles asistencia legal a los estudiantes presos. Ahora es el turno de los médicos, que se han atrevido a denunciar la escasez de medicinas y de instrumentos indispensables para operar, y el de los empresarios (comenzando por los de Farmatodo y de los automercados Día a Día), tomados como chivos expiatorios de un desastre cuyos responsables están en Miraflores, en el Banco Central de Venezuela y en la sede del PSUV.

Uno de los logros de la actual Constitución es que en ella se prohíbe expresamente el uso de armas de fuego y de sustancias tóxicas en el control de manifestaciones pacíficas. Pero ahora las “lettres de cachet” del siglo XXI incluyen licencia para matar; ya no se trata solo de apresar o de silenciar a los “enemigos de la revolución”; en esa deriva demencial que cada vez nos aleja más de la democracia, ahora también está previsto utilizar armas letales en contra de quienes participen en manifestaciones pacíficas.

En realidad, ni la teoría ni la práctica de los Estados democráticos ha cambiado. La independencia de los poderes públicos y la libertad del ciudadano frente a la arbitrariedad y los abusos de los gobernantes sigue siendo el punto de referencia que nos separa del salvajismo y la opresión. Históricamente, los autócratas siempre han proclamado que son demócratas y redentores de la patria; pero no hay que confundirse. No es que las “lettres de cachet” hoy sean más respetables que ayer o que Nicolás Maduro se deleite actuando como si fuera la reencarnación de Luis XVI. Esta es otra época y estos son otros actores. Pero llamemos a las cosas por su nombre; lo que ocurre es que, en Venezuela, hace mucho tiempo que la democracia fue sustituida por una mezcla de populismo y tiranía, con un presidente de la república que, a la vez, se comporta como si fuera fiscal, juez y verdugo.