• Caracas (Venezuela)

Héctor Faúndez

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Héctor Faúndez

Un hombre muy peligroso

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Hace una semana, en un operativo militar impresionante, que requirió el despliegue de decenas de policías fuertemente armados, portando armas largas y chalecos antibalas, se detuvo por la policía política (el Sebin) al alcalde mayor de Caracas, Antonio Ledezma. Nunca antes, en la historia de Venezuela, se había hecho alarde de tanta fuerza para detener a un delincuente convicto y confeso, a un militar golpista o, mucho menos, a un líder cívico, que recibió el respaldo mayoritario de sus compatriotas para asumir un cargo de elección popular.

Ni Vladimiro Montesinos, responsable de varias masacres en Perú y que por algo se ocultó en Venezuela en los primeros años de este régimen, ni los francotiradores de Puente Llaguno, ni las personas señaladas por narcotráfico o por otros crímenes horrendos, han sido objeto de tales demostraciones de fuerza. Muy por el contrario, algunos de ellos han sido condecorados y han sido llamados a ocupar importantes posiciones en este gobierno. En el caso de Ilich Ramírez, “ese caballero” (según Hugo Chávez), condenado en Francia por terrorismo, más bien, se ha utilizado todo el poder del Estado para tratar de obtener su traslado a una cárcel venezolana, de esas controladas por los pranes y de las que pueda entrar y salir a su antojo. ¿Por qué, entonces, ese trato diferente, brutal e indigno, con un líder político como Ledezma, que reiteradamente ha demostrado su compromiso con la democracia? ¿Por qué esa exhibición de fuerza bruta con quien se ha comportado civilizadamente?

Este régimen ha tenido un trato exquisito con el hampa común, con los colectivos armados que intimidan a los ciudadanos, con los corruptos, con los narcotraficantes y con los ineptos que han permitido el saqueo de las arcas públicas. Entonces, ¿por qué razón se ensaña con un ciudadano decente que solo trabaja por el bienestar de su pueblo? Olvidemos lo absurdo de los cargos que se le formulan y la ausencia de una orden judicial de detención, que ya sabemos que, para este régimen, son meros formalismos inútiles. Pero ¿por qué se trató a Ledezma como un delincuente altamente peligroso? La respuesta es muy simple, porque, aunque no sea un delincuente, sin duda que es un hombre muy peligroso.

Con su detención, no se trata solo de desviar la atención de los grandes problemas nacionales. Antonio Ledezma es peligroso para el chavismo porque ha puesto de relieve que, aun con recursos insuficientes, es posible hacer una gestión eficiente y sin sectarismo. Es muy duro tener que competir con un alcalde con un lenguaje comedido y que, sin estridencias, es capaz de resolver los problemas de la gente. Es difícil enfrentar a quienes tienen un proyecto político para construir una Venezuela diferente, respetuosa de los derechos de todos, y a la que se le puede devolver la alegría y la esperanza.

Este gobierno es más eficaz en combatir conspiraciones imaginarias que en atacar la inseguridad, la pobreza y el desabastecimiento. Sin duda, Antonio Ledezma es una persona peligrosa, porque ya ha derrotado al fascismo en las urnas; es peligroso porque, al igual que otras figuras de la oposición, tiene ideas claras y es respetado y respetable. Por eso, tiene razón este gobierno al querer sacar del juego a alguien que no anda buscando los atajos propios de quienes, un 4 de febrero, atentaron contra el sistema democrático y contra la convivencia pacífica de los venezolanos; tiene razón Nicolás Maduro en su empeño por evitar que Antonio Ledezma, así como otros líderes políticos igualmente valiosos que han comprometido su destino con la suerte de toda una nación, continúe denunciando una gestión desastrosa, producto de la ignorancia, la incompetencia y la corrupción.

Pero una cosa es que Antonio Ledezma constituya una seria amenaza para quienes nos gobiernan y otra cosa muy distinta es que se le detenga sin una orden judicial (como a tantos otros venezolanos), por decenas de militares armados hasta los dientes, y que se le arroje a las mazmorras en que permanecen casi un centenar de presos políticos. Con este acto, este gobierno no solamente ha puesto en evidencia el fundado temor que le tiene al juicio que los venezolanos puedan emitir en las urnas, sino que ha terminado por desenmascarar a un régimen que, hasta ayer, estaba empeñado en presentarse como democrático y respetuoso del Estado de Derecho. Ya no hay más disfraces ni disimulo. Ante la comunidad internacional y ante los venezolanos, Nicolás Maduro ya no puede pretender ser lo que no es. Por ahora, usted, señor presidente, tiene a dos poderosos adversarios en el gulag del socialismo del siglo XXI; pero tenga presente que, históricamente, los grandes líderes han crecido en la adversidad.