• Caracas (Venezuela)

Héctor Faúndez

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Héctor Faúndez

¿Cuál es el enemigo?

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En el último informe del Instituto Internacional de Investigación para la Paz de Estocolmo (Sipri, por su sigla en inglés), se da cuenta del auge de la industria de armamentos rusa y del incremento de sus ventas en América Latina, entre cuyos compradores Venezuela va a la cabeza. Además, según el diario El País, de Madrid, Vladimir Putin, quien en estos días también ha estado de visita por Cuba, Nicaragua y Argentina, habría suscrito con la presidente de Brasil, Dilma Rousseff, el suministro de un costoso sistema de defensa antiaérea para las Fuerzas Armadas brasileñas.

En el caso de Venezuela, además de la compra de vehículos blindados, tanques, aviones de combate y helicópteros de ataque, Rusia ha fortalecido los sistemas de misiles antiaéreos de una nación arruinada por la corrupción y la incompetencia, e instaló una fábrica de rifles Kalashnikov para que la Guardia Nacional pueda reprimir las protestas estudiantiles.
Aparentemente, Venezuela también habría adquirido 4 submarinos rusos. En 5 años, la importación venezolana de armas se habría incrementado en 555%, situándose entre los 15 principales importadores mundiales de armas; pero, en la región, solo somos superados por Estados Unidos.

Toda esta información no ha sido proporcionada por el gobierno de Venezuela, cuyas adquisiciones militares y el monto de las mismas se mantienen en el más absoluto secreto. Esos datos han sido obtenidos por el Sipri de los mismos proveedores de equipos bélicos que abastecen a Venezuela y a otros países.

En el caso de Brasil, llama la atención esa adquisición de un sistema de defensa antiaéreo justo después de organizar la última copa mundial de fútbol, que generó muchas protestas de los sectores populares, indignados con un gobierno que prefería construir estadios en vez de hospitales o escuelas.

La pregunta es para qué se adquieren todos esos equipos militares. ¿Constituyen Venezuela, Argentina o Uruguay una amenaza militar para Brasil? ¿Existe el riesgo de que Guyana o Colombia puedan invadir Venezuela? ¿Podemos competir con el poderío militar de Estados Unidos? ¿De quién tenemos que defendernos invirtiendo un dinero que necesitamos para satisfacer necesidades básicas? ¿Qué hay de distinto entre estos gobiernos y las dictaduras militares de los años setenta y ochenta?

¿Cómo explicar que países pobres, no por falta de recursos sino por la irresponsabilidad de sus gobernantes, derrochen el poco dinero que tenemos en costosos equipos militares? En el caso específico de Venezuela, con una red eléctrica que no funciona por falta de mantenimiento y con los hospitales que carecen de insumos básicos para atender a los pacientes, ¿cómo justificar ese delirio que nos lleva a armarnos en contra de un enemigo invisible?

En ausencia de una explicación convincente, da la impresión de que, simplemente, se trata de comprar la conciencia de los militares, para evitar que se vuelvan en contra de un gobierno irresponsable. Pero parte de ese armamento también sirve para combatir al “enemigo interno”; todo ese poderío militar puede servir para disuadir o para aplastar una rebelión popular y mantener por la fuerza a un gobierno que ha perdido su legitimidad. Pero, el verdadero enemigo es la pobreza, el desabastecimiento, la inseguridad, la incompetencia y, sobre todo, la corrupción de quienes nos gobiernan.

El enemigo interno no es el que está protestando en las calles de Venezuela; el enemigo es el que está en Miraflores mal administrando los recursos de todos los venezolanos; los enemigos son los que, desde el TSJ, se han hecho cómplices de la destrucción de una nación. Para combatirlos no se requiere de armas sofisticadas; bastaría un Estado de Derecho.