• Caracas (Venezuela)

Héctor Faúndez

Al instante

Un detalle de la historia

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Fiel a su ideología, Jean-Marie Le Pen, fundador del ultraderechista Frente Nacional de Francia, ha sido suspendido de militancia por haber afirmado que las cámaras de gas, utilizadas por los nazis para el extermino de millones de seres humanos, eran “un detalle de la historia”. La banalidad del mal, para utilizar las palabras de Hannah Arendt, o la trivialización del salvajismo y la barbarie. No hay nada novedoso en la afirmación de Le Pen, repetida obstinadamente por este individuo, excepto por la circunstancia de que, esta vez, su partido político, liderado por su propia hija, quiso disociarse de un exabrupto que, aunque en lo íntimo es probable que comparta, le puede costar votos. Lo grave es que la esencia de esa afirmación, en cuanto sirve de base para la discriminación y la violencia en contra de quienes no forman parte de “la raza superior” o de “los hombres nuevos”, sigue siendo el principio que, no solo en la Francia de Le Pen, orienta la conducta de muchos.

No se trata, solamente, de mirar con desdén el exterminio de millones de judíos o gitanos, polacos o comunistas, liberales o personas con discapacidad, sindicalistas u homosexuales. Lo preocupante es que, en pleno siglo XXI, todavía haya quienes añoran los métodos del nazismo, considerándolos “un simple detalle” de la historia. Lo que nos debe inquietar es que Le Pen no es un personaje exótico e irrepetible sino que, muy por el contrario, puede ser el vecino con el que convivimos o, incluso, el gobernante que se cree el dueño de nuestro destino.

Quienes ven en el Holocausto “un simple detalle” de la historia tampoco tendrán ningún reproche para los campos de prisioneros de Stalin, el genocidio del que fue responsable Pol Pot en Camboya, la “guerra sucia” en Argentina o la “limpieza étnica” en los Balcanes. Después de todo, cada una de esas atrocidades sirvió a un fin político. En este sentido, no es infrecuente escuchar nostálgicas alabanzas a un supuesto milagro económico conseguido por la dictadura de Pinochet; la censura de prensa, la prohibición de los sindicatos y de los partidos políticos, el uso generalizado y sistemático de la tortura, los presos políticos y las ejecuciones sumarias eran meros detalles. Para quienes así piensan, el fin justifica los medios. El respeto por la dignidad humana y otros valores democráticos no cuentan.

No hay ninguna diferencia entre lo manifestado por Le Pen y, para no ir muy lejos, la apología de la violencia en contra de sus opositores políticos hecha, en su oportunidad, por Hugo Chávez, Rangel o Maduro. No hay ninguna diferencia entre los datos exhibidos, no con fines meramente estadísticos sino claramente discriminatorios, por el alcalde de Béziers, un pueblo próximo a Perpiñán, y la célebre lista Tascón, actualizada con la lista de quienes no firmaron pidiendo se derogue el decreto de Obama que aplica sanciones a funcionarios venezolanos. Poco importa que unos se identifiquen con la ultraderecha europea y otros se autocalifiquen de izquierdistas. Es su conducta la que los define como fascistas de tomo y lomo.

Las circunstancias por las que hoy atraviesa Venezuela, con toda su represión y villanía, no podrán ser recordadas como un simple detalle de la historia.