• Caracas (Venezuela)

Héctor Faúndez

Al instante

Dos Venezuela

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Con el claro propósito de descalificar a más de la mitad de los venezolanos, el presidente Nicolás Maduro ha afirmado que hay dos Venezuela, una de las cuales es “minoritaria y violenta”. Quien lo dice es quien, por su posición de jefe del Estado y del gobierno, debería hablar en nombre de todos los venezolanos y no de una parcialidad política. Igual que hizo su mentor y antecesor, con un lenguaje escatológico, indigno del respeto que exige su investidura, Maduro se ha empeñado en dividir a los venezolanos, persiguiendo a unos y garantizando la impunidad de otros. Pero, en esta ocasión, tiene razón Maduro porque, sin perjuicio de los matices, efectivamente hoy hay dos Venezuela.

Una es la Venezuela que, para poder llevarle un mendrugo de pan a sus hijos, se ve forzada a vestirse de rojo y a aplaudir las ocurrencias de quienes nos gobiernan; la otra es la Venezuela de los hombres y mujeres que han tenido la misma dignidad de aquel campesino andaluz que, en los años de la república española, con un contundente: “¡En mi hambre mando yo!”, rechazó el dinero que le ofrecía el capataz para votar por el candidato del patrón.

Una es la Venezuela de quienes bajan la cerviz para obtener un contrato o una prebenda del Estado y otra es la Venezuela de aquellos a quienes se les expropian las empresas, se les niega el acceso a las divisas necesarias para que puedan adquirir los insumos necesarios para operar, se les extorsiona y se les impone condiciones que les obligan a cerrar sus pequeños negocios. Una es la Venezuela de quienes viven de las comisiones y otra es la Venezuela de quienes son víctimas del acoso, la amenaza y la extorsión.

La mayoría de los venezolanos son hombres y mujeres que se levantan a trabajar todos los días, que respetan la Constitución y las leyes, que diariamente se ven expuestos a las fechorías del hampa común y que tienen que hacer innumerables colas para conseguir artículos tan elementales como la leche o el jabón. La otra es la Venezuela de una minoría que no se siente obligada a respetar la ley, que tiene acceso a los aviones del Estado para sus viajes privados, que puede divertirse en sus fiestas lanzando dólares al aire, y que tiene que responder, ante los tribunales de otros países, por la supuesta comisión de graves delitos.

Una es la Venezuela de los negocios opacos, de la censura más arcaica, del silencio de la administración sobre cualquier asunto de interés público, de la justicia a puertas cerradas, de los secretos, de la hegemonía comunicacional y del ocultamiento de todo lo que nos concierne como ciudadanos; la otra es la Venezuela de la transparencia, que desea saber qué se está haciendo en nombre de todos los venezolanos, y que demanda que la actividad de las instituciones del Estado se realice a la luz del día. Ni es lo mismo ni da igual.

Tiene razón Nicolás Maduro. Hay “una Venezuela minoritaria y violenta”, que alienta a los colectivos armados, que incluso dispone de armas de guerra (como los fusiles que se llevaron de casa de Robert Serra), y que, a falta de razón, sistemáticamente amenaza con el uso de la fuerza. Pero lo que Maduro ha olvidado decir es que también hay una Venezuela que estudia, trabaja, construye y produce bienes y servicios todos los días; una Venezuela que está más allá de los discursos del odio y que, a pesar de las circunstancias difíciles por las que estamos atravesando, tiene fe en Venezuela y su destino. Son dos países muy distintos.

A un lado está la Venezuela de quienes, superando con creces todas las corruptelas y vicios del pasado, se aferran desesperadamente al poder, como única garantía de su impunidad; en el otro extremo está la Venezuela decente, de quienes aspiran a vivir en libertad y democracia. Gracias a la lucha de los jóvenes, de los presos políticos, de los hombres y mujeres de esta patria, parafraseando uno de los versos de Antonio Machado, puede afirmarse que, mientras agoniza la Venezuela del socialismo del siglo XXI, hay una Venezuela diferente, que comienza a nacer de entre el desastre económico y el caos al que nos han conducido quince años de insensatez y corrupción.