• Caracas (Venezuela)

Héctor Faúndez

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Tiempo de pranes

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Bajo el actual régimen, han surgido los “pranes”, una figura antes desconocida en la historia de Venezuela, esos delincuentes que se han enseñoreado de las cárceles, que capitanean bandas organizadas que, desde el interior de la prisión, continúan cometiendo fechorías, que deciden sobre la vida y la muerte de los otros presos, y que disponen de un arsenal suficiente para hacer frente a las fuerzas del Estado. Esos señores del crimen han contado con el cariño de ministros de Estado y con la complicidad de quienes tienen el deber de velar por el control de armas y por lo que puede o no puede ingresar a un recinto carcelario. Desde las instituciones del Estado no solo no se les ha combatido sino que, muy por el contrario, pareciera ser que nuestros gobernantes han internalizado la cultura de los pranes, y han hecho suyos no solo su lenguaje sino sus métodos para tratar con los demás, mediante la amenaza, la extorsión y el insulto.

En democracia, los gobernantes son quienes tienen el deber de hacer cumplir la ley, como marco indispensable para la convivencia civilizada. Pero, en Venezuela, el gobierno (en el cual hay que incluir al TSJ) ha optado por el estilo de los pranes, que no se someten a ninguna ley que no sea su propia decisión o su capricho. Al igual que el reino de la arbitrariedad en el que imperan los pranes, Nicolás Maduro entiende que él es la ley y que, además, tiene competencia para dictar sentencia y disponen que esta se ejecute. Para quienes no viven en Venezuela, puede resultar extraño o paradójico afirmar que el comportamiento de su gobierno se aproxima sensiblemente al de los pranes; pero las cosas son lo que son y, lamentablemente, quienes nos gobiernan se han empeñado en destruir el Estado de Derecho, en tergiversar las palabras y el sentido de la ley, y en manipular las sentencias y la actividad de los tribunales. Eso no los convierte necesariamente en unos forajidos, pero no los aleja de los valores y principios de estos últimos y, por lo menos, los sitúa como cómplices de quienes pretenden desmantelar los pilares de la democracia.

El uso de la intimidación y la violencia es parte de la cultura de los pranes y de los delincuentes menores que les acompañan. Esos son los métodos de aquellos facinerosos que rodean la sede de la Asamblea Nacional agrediendo y amenazando a quienes representan la voluntad popular. Pero no confundamos al perro rabioso con el amo que lo azuza. En este caso, los verdaderos pranes son los que, desde una oficina con aire acondicionado, han enviado a esas hordas mercenarias a agredir a aquellos que, como única arma, tienen sus ideas y sus propuestas para hacer de Venezuela un país mejor.

La cultura de los pranes es la que ha hecho que, en cada oficina del Estado haya un sargento encargado de obligar a los funcionarios públicos a ponerse una franela roja y salir a marchar. Es esa cultura de los pranes la que le atribuye “la maldita corrupción” a “la burguesía parasitaria”, sin percatarse de que está mencionando la soga en casa del ahorcado, y sin considerar que, durante diecisiete años, no han hecho nada por ponerle freno y por esclarecer un solo caso de corrupción. Para los pranes la corrupción es un modo de vida; no es algo que se combate. Y este gobierno lo ha entendido.

Son los delincuentes los que, normalmente, buscan culpar a otros de su maldad y sus fracasos; según el refrán, el ladrón juzga según su condición. El uso de la descalificación y del insulto es, sin duda, una de las características de los pranes. Pero eso también ha sido aprendido por nuestros dos últimos jefes del Estado, que lo han utilizado con extrema liberalidad para agredir (incluso con un lenguaje del se avergonzarían los delincuentes) a todos aquellos que no piensan como ellos y que no comparten el proyecto político impulsado por el chavismo. Sin ir muy lejos, ante la frustración generada por el fracaso de las empresas expropiadas por el Estado, Nicolás Maduro acaba de desahogarse insultando, una vez más, al empresario Lorenzo Mendoza, que no para de producir bienes para el consumo de los venezolanos; aunque Maduro no ha caído en la cloaca de su antecesor, ha utilizado expresiones inimaginables en boca de un jefe de Estado. Eso es parte de la cultura de los pranes y de quienes no tienen argumentos para explicar sus propios desatinos.

En cualquier sociedad democrática resultaría sorprendente que, además de descalificar al adversario político, se recurriera a artimañas para desconocer un resultado electoral y para impedir el funcionamiento de los mecanismos previstos en la Constitución para mantener un sistema de frenos y contrapesos, que sirve de garantía a un sistema en el que todos estemos sometidos al imperio de la ley. Pero, para quienes hoy gobiernan Venezuela, eso es parte de las reglas del juego que ellos han aprendido de los pranes: tratar con guantes de terciopelo a los delincuentes y sacudir a martillazos al ciudadano respetuoso de la ley. Vivimos tiempos extraños en Venezuela, en donde lo más grave no es la crisis política, económica o social, sino la ruina moral de quienes están gobernando. ¡Cosas veredes, que faran fablar paredes!