• Caracas (Venezuela)

Héctor Faúndez

Al instante

Silencio

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Poco a poco, comienza a caer la noche sobre los medios de comunicación social, y comienza a producirse el silencio que tanto desea el gobierno nacional; que todos los medios callen sobre el descalabro de la economía, sobre los venezolanos que mueren cada día víctimas de la violencia, sobre una inflación desbordada, sobre las protestas cívicas, sobre el desprecio de que fue objeto el presidente Maduro durante su discurso ante la Asamblea General de la ONU, sobre las cárceles que ahora están controladas por los delincuentes, y sobre cualquier asunto de interés público. Los titulares de un periódico comprado por inversores “desconocidos” reflejan claramente que sus redactores tienen miedo de informar. ¿Cuál es el límite?

Como ciudadanos, no somos libres de ver el canal de noticias que queramos, aunque estemos dispuestos a pagar para ello. Tampoco podemos escuchar los comentarios o análisis de cualquier periodista, incluso en medios extranjeros, porque hasta allá ha llegado la larga mano del gorilismo del siglo XXI.

Carlos Genatios y el diario Tal Cual se atrevieron a publicar un comentario sobre la situación del país, lleno de cifras y de datos que no han sido desmentidos por el gobierno. Sin embargo, esa osadía ha sido objeto de acciones penales emprendidas por Diosdado Cabello, obedientemente acatadas por un Poder Judicial doblegado, que rápidamente dispuso la prohibición de salida del país de los enjuiciados. Con esa medida se pretende amedrentar no solamente a Carlos Genatios y a Teodoro Petkoff, sino a todos los medios de comunicación independientes.

Mientras algunos periodistas hacen su trabajo publicando reportajes o comentarios, otros informan u opinan a través de la fotografía o la caricatura; pero ninguno está a salvo de la censura. Una de las víctimas más recientes ha sido la caricaturista Rayma Suprani, despedida por hacer lo mismo que venía haciendo desde hace 19 años: transmitir su visión de lo que está pasando en el país, valiéndose de las caricatura.

Según cifras no oficiales, más de 2.000 estudiantes estarían sometidos a medidas cautelares, que les impiden participar en manifestaciones pacíficas y que, con la espada de Damocles pendiente sobre sus cabezas, han preferido inhibirse de participar en cualquier tipo de actividad cívica, renunciando al ejercicio de sus derechos políticos.

En estos días, después de permanecer más de nueve años en las cárceles del régimen, Iván Simonovis ha sido enviado a su casa solo mientras se recupera de sus enfermedades. Ese hecho, que en otras circunstancias se agradecería como un gesto noble y humanitario, en este caso no es sino el resultado de una injusticia interminable, que convirtió a Simonovis en el símbolo de la crueldad de este gobierno y en la manifestación más perversa de los límites hasta donde puede llegar la persecución política. Pero, aunque parezca increíble, Simonovis no puede hacer declaraciones a la prensa y tiene prohibido utilizar las redes sociales. No hay ningún fundamento legal para que se prohíba a un ciudadano, aunque esté preso o haya sido condenado por algún delito, ejercer su libertad de expresión. No hay ninguna razón para que se le impida denunciar las condiciones en que le tocó vivir, la odisea de un juicio amañado, las contradicciones de la sentencia dictada en su contra, o la opinión que tiene de quienes nos gobiernan. ¡Ni siquiera los pranes tienen prohibido hablar! ¡Tampoco Chávez cuando estuvo justamente privado de su libertad! Pero los presos políticos del chavismo deben guardar silencio.

Poco a poco, se han ido cerrando todos los espacios para el diálogo y la difusión de informaciones e ideas de toda índole. Seguramente, el gobierno seguirá comprando medios de comunicación social para no tener que cerrarlos; es posible que el papel para periódicos siga escaseando; con seguridad, los matones a sueldo seguirán amedrentando a periodistas y dirigentes políticos. Pero hay algo de lo que este gobierno puede tener la certeza más absoluta, no podrá callar a todo un pueblo.