• Caracas (Venezuela)

Héctor Faúndez

Al instante

¿Pobres muchachos?

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Un dirigente del PSUV, cuyo nombre no vale la pena recordar, se refirió a Efraín Campos Flores y Franqui Flores, sobrinos de la pareja presidencial y procesados por un tribunal de Estados Unidos, como “dos pobres muchachos”. De las personas antes mencionadas se podrá decir casi cualquier cosa; pero, independientemente de su origen social, lo que no se puede decir es que sean unos “pobres muchachos”, víctimas de la pobreza o del ejercicio arbitrario del poder público.

Efraín Campos Flores y Franqui Flores no fueron enjuiciados por robar un pedazo de pan; tampoco se les privó de su libertad por participar en una protesta cívica en contra de un régimen tiránico, o por haber ejercido su libertad de expresión criticando el desmantelamiento de la democracia y la persecución política en su país natal. Ambos fueron acusados de traficar con drogas, que no solo es un crimen que destruye la vida de los jóvenes sino que condena a nuestras sociedades a la corrupción y la violencia.

En este caso, no se trata de dos drogadictos sorprendidos cuando intentaban adquirir un insignificante papelillo de cocaína que les ayudara a sobrellevar una existencia miserable. Por alguna razón, no muy difícil de imaginar, ambos contaban con el dinero suficiente para adquirir 800 kilos de cocaína, se movían en las cloacas de la sociedad en que operan los narcotraficantes, y tenían la capacidad necesaria para trasladar esa droga a otras naciones.

Dos pobres muchachos nunca habrían contado con la colaboración de un empresario que pusiera a su disposición un avión privado para viajar al exterior. El ser sobrinos de la pareja presidencial no es un hecho irrelevante, que no tuviera ninguna repercusión en los hechos por los cuales fueron acusados. Puede que Nicolás Maduro y Cilia Flores no tuvieran conocimiento de sus actividades criminales; pero lo cierto es que Efraín Campos Flores y Franqui Flores tuvieron acceso a pasaportes diplomáticos y a la rampa presidencial, lo que garantizó que su cargamento no fuera revisado y que la salida del mismo no fuera obstaculizada.

Efraín Campos Flores y Franqui Flores fueron condenados por un jurado imparcial, en cuya elección ellos pudieron participar, objetando a cualquier persona que pudiera ser sospechosa de tener algún prejuicio en su contra o de dejarse influir por razones políticas. Ellos fueron asistidos por un costoso bufete de abogados al que dos pobres muchachos nunca habrían tenido acceso, de no ser por la generosidad de un empresario que tiene contratos con el Estado venezolano. Aunque así no se haga justicia en Venezuela, ellos tuvieron derecho a defenderse, como corresponde en una sociedad democrática.

Paralelamente, la prensa venezolana informaba de tres delincuentes que habrían sido ajusticiados después de mantener secuestrados, durante seis horas, a un grupo de familiares de Néstor Reverol, ministro del Interior y Justicia. Según un reportaje de este mismo periódico, en el operativo policial habrían participado alrededor de 250 funcionarios de distintos cuerpos policiales, lo que es difícil de imaginar para el rescate de un ciudadano común y corriente, sin familiares con poder. Por fortuna, en este caso todos los secuestrados pudieron ser rescatados. Sin embargo, los delincuentes que participaron en este delito no tuvieron la misma suerte de Efraín y Franqui Flores. A diferencia de estos últimos, después de haber sido reducidos, los primeros no fueron detenidos para ser presentados ante un tribunal independiente e imparcial, no tuvieron el derecho a defenderse en un proceso legal, ni a contar con la asistencia de costosos abogados. Muy por el contrario, a pesar de haber suplicado por sus vidas, esos tres delincuentes terminaron muertos. ¡Y ahora, Barlovento! ¡Pobre Venezuela!