• Caracas (Venezuela)

Héctor Faúndez

Al instante

Patriotas y traidores

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El título de este comentario lo he tomado prestado de una recopilación de artículos de Mark Twain, escritos entre fines del siglo XIX y principios del siglo XX, especialmente críticos de la política exterior de Estados Unidos. He creído que es pertinente porque, desde 1999, quienes hoy gobiernan Venezuela se han empeñado en dividir a los ciudadanos de este país en buenos y malos, honrados y corruptos, trabajadores y holgazanes, gente de ideas progresistas y “escuálidos” egoístas y reaccionarios; unos son los lacayos del imperio y otros los venezolanos a carta cabal. En dos palabras, para el chavismo, se trata de patriotas y traidores. Pero los hechos indican que ha habido una perversa inversión del lenguaje, atribuyendo a cada uno las cualidades y los defectos del otro.

En condiciones adversas, sin libertad económica, sin acceso a divisas para importar maquinaria, repuestos y materia prima para que las fábricas puedan funcionar, un grupo de empresarios que ha tenido fe en Venezuela y su destino se ha quedado para trabajar con las uñas, intentando producir parte de los bienes que requieren los venezolanos. Mientras tanto, este gobierno, que ha expropiado las empresas del acero, el cemento, el café, la leche, el aceite comestible, etc., ha sido incapaz de ponerlas a funcionar y abastecer el mercado nacional. ¡Nadie en su sano juicio puede pretender que los traidores sean los empresarios y que los ineptos que han conducido al país a este desastre sean unos patriotas!

En medio de la grave crisis económica por la que atraviesa el país, que ha traído desempleo y desabastecimiento, no tiene nada de patriótico ir cerrando galpones y depósitos de lo poco que queda de la industria nacional. No es de celebrar que, desde el gobierno, se creen las condiciones para llevar deliberadamente al cierre, o a la quiebra, de empresas venezolanas. Perseguir y acusar de traidores a un puñado de empresarios empecinados en trabajar y producir los bienes que requieren y reclaman los ciudadanos de este país, más que una traición a Venezuela, es una estupidez.

Quienes diseñaron los planes económicos de este régimen y quienes, desde el Banco Central, han sostenido el control cambiario, tuvieron mucho tiempo para rectificar. Que no lo hayan hecho no es un acto patriótico y heroico. Suponiendo que detrás de esa insensatez no haya un plan deliberado para cobrar comisiones a granel, ¡eso sí es una traición! Pero, como en Alicia en el país de las maravillas, este gobierno ha decidido que las palabras signifiquen lo que él decide que signifiquen; a fin de cuentas, “la cuestión es quién es el que manda”.

En estos dieciséis años, el chavismo ha tenido la suma del poder político y ha administrado recursos inimaginables, incluso para un país desarrollado. Que nadie sepa dar una explicación de dónde están esos recursos no es, precisamente, un acto de transparencia y patriotismo. En medio de la mayor bonanza petrolera que pudo tener país alguno, resulta inexplicable que la infraestructura eléctrica, la red vial, los hospitales y las escuelas se caigan a pedazos. Pero lo sorprendente es que los responsables de esta calamidad no solo no estén en la cárcel sino que, muy por el contrario, sean tratados como héroes.

Nunca antes se había extorsionado a los venezolanos, forzándolos a salir a las calles a firmar una petición para que se deje sin efecto un documento en que se prohíbe el ingreso a otro país de personas sospechosas de estar involucradas en graves delitos. No haber firmado, ya sea porque usted no tenía información suficiente, porque consideraba que la suerte de una persona solicitada por la justicia de otro país no era un asunto de su incumbencia o, sencillamente, porque no estaba de acuerdo con lo que se pedía, lo convertía a usted en un traidor; el patriota era aquel que, con su conducta, comprometió el buen nombre de Venezuela en el exterior.

Quienes hoy gobiernan se empeñaron en sustituir “una Constitución moribunda” por “la mejor Constitución del mundo”; pero, una vez aprobada esta, no han escatimado esfuerzos para pisotearla día tras día; para torcer el sentido de sus palabras y para afirmar que dos más dos son siete, excepto cuando la Sala Constitucional diga que son nueve. Los jerarcas de este gobierno podrán insistir en que esa es la interpretación patriótica de la Constitución y que, quien afirme lo contrario y reclame la vigencia del Estado de Derecho, es un traidor y un lacayo del imperio. Sin embargo, siendo las cosas como son, ningún aprendiz de brujo o demagogo puede transfigurar a un patriota en un traidor, o viceversa.