• Caracas (Venezuela)

Héctor Faúndez

Al instante

Nixon y Maduro

  • Tweet:

  • Facebook Like:

  • Addthis Share:

Desde el fallecimiento del comandante eterno, Nicolás Maduro se ha aferrado firmemente a su legado, con todo lo que este pueda tener de nefasto y de perverso, profundizando los errores y las iniquidades de su antecesor. Sin darse por enterado de que el modelo del socialismo del siglo XXI fue un estruendoso fracaso, que nos hundió en la miseria y que nos ha colocado al borde de una crisis humanitaria, Maduro ha anunciado nuevas medidas económicas, que de novedosas no tienen nada, y que causarán más angustia y sufrimiento. Esta circunstancia ha sido uno de los factores que han hecho que, en distintos sectores, incluido el chavismo, se mencione una eventual renuncia a la Presidencia de la República por parte de Nicolás Maduro.

Cuesta imaginar a Nicolás Maduro emulando a Richard Nixon cuando este último renunció a la presidencia del imperio. Al igual que sucede aquí, Nixon espiaba a los partidos políticos de oposición; pero Nixon no tenía presos políticos, sus acólitos no estaban acusados de corrupción y en su entorno no había personas señaladas por tráfico de drogas. Ni los personajes son equivalentes ni las circunstancias son las mismas. A diferencia de la Venezuela de hoy, en Estados Unidos había una prensa libre; además, el hombre más poderoso del planeta no controlaba el Poder Judicial y debió enfrentarse a un fiscal independiente, Archibald Cox, y a un juez, John Sirica, que no tenía que rendirle cuentas a la Casa Blanca y que no tenía el fundado temor de ser encarcelado por una decisión contraria a los intereses o a los deseos del jefe del Estado.

Después de traspasar el poder al vicepresidente Gerald Ford, Nixon se trasladó a su rancho en California, en donde vivió su retiro con tranquilidad, escribió libros, y concedió entrevistas que tuvieron amplia difusión. Pero cuesta imaginar que, si renuncia, Maduro se vaya a quedar en Venezuela, expuesto al odio y al resentimiento de sus propios compañeros de partido que lo culpan del fracaso de su gestión, de la ruina del PSUV, y del fin de sus propias corruptelas.

Nixon renunció luego de negociar su perdón con Gerald Ford por un delito inaceptable en una sociedad democrática; pero a él no se le acusaba de haber perseguido y encarcelado a sus opositores políticos, de haber cerrado medios de comunicación social, o de haber sometido al Poder Judicial, convirtiéndolo en un mero apéndice del Poder Ejecutivo. Cuesta creer que Maduro vaya a renunciar dejando a Leopoldo López y a Antonio Ledezma privados de su libertad por delitos que no han cometido, procesados o condenados con pruebas amañadas, y con el testimonio de jueces y fiscales que afirman que actuaron siguiendo instrucciones recibidas desde Miraflores; cuesta imaginar a Maduro renunciando, entre otras cosas, a la jefatura del Poder Judicial, sin saber cuál será su propio destino, e ignorando si quienes lo sustituyan quieren hacer de él un chivo expiatorio, que lo lleve a convertirse en un exiliado que no es bienvenido en ninguna parte.

Cuando se produjo el escándalo de Watergate, todos los involucrados fueron juzgados y condenados; solo Nixon recibió el perdón presidencial. Por eso, cuando renunció, Nixon se fue solo. Pero Maduro tendría que renunciar junto con todos aquellos que, como él, son responsables de la quiebra de Venezuela (con “la maldita corrupción” incluida), de la represión, de la discriminación política, y del desmantelamiento de las instituciones del Estado. ¿O será que todos sus acólitos, al igual que los nazis que comparecieron ante el tribunal de Nuremberg, ahora van a decir que ellos no sabían nada o que no estaban de acuerdo con las políticas de gobierno?

Nixon renunció porque sabía que era un bandido y porque, de no hacerlo, iba a ser enjuiciado por jueces insobornables y que solo respondían a su conciencia. No renuncia quien cree que lo está haciendo bien y que está trabajando por el bienestar de todos; no renuncia quien se siente el salvador de la patria, y es querido y respetado por sus conciudadanos. Si Maduro va a renunciar, debería hacerlo con un gesto de decencia, liberando a los presos políticos, poniendo fin al discurso del odio en contra de empresarios eficientes, y pidiendo perdón a los venezolanos por todo el daño que ha causado.

No cabe duda de que, después de Hugo Chávez, Nicolás Maduro es uno de los principales responsables de esta crisis y que, con su salida, probablemente se abriría un espacio para el diálogo y la concertación. Desde luego, la llegada de un gobernante que no esté en la inopia, empeñado en aplicar fórmulas fracasadas, en combatir una conspiración inexistente, y que acaba de descubrir “la maldita corrupción” que ha carcomido a su gobierno, facilitará que se pueda retomar la senda del crecimiento económico y restablecer la vigencia de las libertades públicas y de la democracia. Pero cuesta creer que quienes importaron el lema “Patria, socialismo o muerte” vayan a renunciar a las mieles del poder. Mucho menos cuando han traicionado a la patria, cuando el socialismo del siglo XXI ha demostrado ser un tremendo fraude, y cuando el pueblo está hastiado de tanta violencia y tanta muerte en las calles de Venezuela.