• Caracas (Venezuela)

Héctor Faúndez

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Héctor Faúndez

Maduro en el púlpito

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Con la notable excepción de Uruguay y, en menor medida, de México, en los países latinoamericanos no hemos logrado asimilar eso del Estado laico, respetuoso de la libertad de conciencia de sus ciudadanos. En la discusión sobre asuntos de interés público, por mera ignorancia o por un deliberado cálculo electoral, políticos de izquierda y derecha sistemáticamente invocan el nombre de Dios. No cabe duda de que, en sociedades mayoritariamente creyentes, como la nuestra, eso da muchos votos. Pero, en su última comparecencia ante la Asamblea Nacional, Nicolás Maduro traspasó todos los límites de un discurso serio y responsable. Nunca antes un gobernante había sustituido su falta de ideas por la afirmación de que, ante el descalabro económico en que nos encontramos, no hay que preocuparse. “¡Dios proveerá!”.

Como ciudadanos, cada uno de nosotros tiene el derecho a creer o a no creer en la existencia de un ser superior. El cura, el rabino o el ayatolá podrán ilustrarnos sobre sus creencias, sus verdades de fe o sus supersticiones. Pero, en política, no esperamos la intervención divina para resolver los problemas nacionales. La política está basada en un debate racional, centrado en ideas y argumentos que nos permitan adoptar las medidas más adecuadas para alcanzar el bien común. Por consiguiente, de nuestros políticos esperamos oír ideas y proyectos que contribuyan al bienestar general; que puedan generar más y mejores empleos, que mejoren la calidad de nuestra educación, que nos garanticen seguridad, o que hagan funcionar adecuadamente el suministro de agua potable. La política requiere de acción; no de creer en pajaritos. Puede que, a veces, las ideas del político suenen tan absurdas e insensatas como la de “los gallineros verticales” o la de “navegar por el Guaire”; pero incluso eso es menos irracional que quedarnos esperando por el maná que cae del cielo.

Independientemente de sus creencias, de los políticos esperamos la preparación y el conocimiento necesario para lidiar con los asuntos públicos. Quien no tenga esa preparación y se sienta incapaz de darles una respuesta razonable, que se vaya a su casa y que permita que sean otros los que se ocupen de los asuntos del Estado. A quien hay que llamar es a Antonio, a Leopoldo o incluso a María, en cuanto ellos tienen conocimiento, experiencia, y saben lo que hay que hacer; pero no a una figura providencial. Si no fuera así, el mejor alcalde sería el cura del pueblo y, tal vez, el mejor presidente sería el rabino o el pastor protestante. Pero nosotros no hemos elegido a un predicador sino a quien ha sostenido que tenía méritos para gobernar este país y que, supuestamente, sabía qué es lo que había que hacer.

Ante tanto desastre generado por la incompetencia y la demagogia de quienes nos gobiernan, la invocación de Maduro suena a una excusa inaceptable. En su delirio místico, ni siquiera ha expuesto un plan alternativo por si la intervención divina se retrasara o no diera los frutos esperados. Tampoco ha considerado que el nuestro pudiera ser el castigo divino por haber elegido a una cuerda de ineptos que ha convertido una tierra de gracia en el infierno del Dante.

Definitivamente, Maduro confundió la tribuna del político con el púlpito del predicador. Solo faltó que nos diera un sermón y que también pasara el cepillo. Pero no se engañe ni quiera engañarnos, señor presidente. Detrás de todo este desastre no está Dios. En este momento, el responsable de todas las plagas que, en los últimos 16 años, han caído sobre Venezuela no es el imperio ni es un descuido de María Lionza; no se trata de un complot de los dioses del Olimpo o de alguna criatura fantástica. Tampoco son los ruegos del imperio más poderosos que los suyos como para que Dios atienda aquellos y no estos. No señor presidente. La culpa es enteramente suya y de quienes le rodean; aunque el comandante ya no puede responder por sus desatinos, usted es su heredero político y tiene que dar cuenta de los mismos. Pero no se confunda nuevamente; lo que usted y su entorno han hecho no es un pecado. ¡Es un crimen de lesa patria!

Como un simple ciudadano, que en ninguna forma puede comprometer la laicidad del Estado, si existe Dios, solo le pido una cosa; no es nada para mí ni nada muy sofisticado. Solo pido que le dé a usted y a quienes forman parte de su gobierno, incluyendo a los magistrados del TSJ (que, no lo olvidemos, no son independientes y obedecen sus instrucciones), un poco de sensatez y de sentido común. ¡Solo un poquito!