• Caracas (Venezuela)

Héctor Faúndez

Al instante

España, Venezuela “y sus fantasmas”

  • Tweet:

  • Facebook Like:

  • Addthis Share:

Si alguien hiciera apología del nazismo y pretendiera presentar a Hitler como un personaje respetable, le restara importancia al Holocausto o intentara justificarlo, con seguridad, recibiría el repudio de la inmensa mayoría de los ciudadanos; en realidad, en varias naciones europeas eso es sancionado como un delito, como atestiguan las condenas de Robert Faurisson, en Francia; de David Irving, en Inglaterra; de German Rudolf, en Alemania, o del ex diputado belga Laurent Louis por los tribunales de su país. Sin embargo, justo antes de terminar el año 2015 y en estas mismas páginas, bajo el título “España y sus fantasmas”, eso es exactamente lo que ha hecho un comentarista, aunque no respecto de Hitler sino de uno de sus más fervorosos aliados, como fue el dictador Francisco Franco. Al hacer la apología del franquismo se está haciendo la apología del fascismo y de todo lo que este representa; pero, curiosamente, el articulista pretende presentarlo como una alternativa a lo que tenemos en la Venezuela de hoy, olvidando que nuestro actual modelo político es el producto de una asonada golpista, igual que la que se produjo en la España de 1936. Creo no equivocarme al interpretar que la inmensa mayoría de quienes rechazamos al actual gobierno de Venezuela no aspiramos a sustituir un tipo de fascismo por otro.

La guerra civil española, que desgarró a esa nación sumiéndola en cuatro décadas de atraso y dictadura, envió al exilio a más de 1 millón de sus mejores hijos que, en el caso específico de Venezuela, nos nutrieron con su cultura y su sabiduría, fortaleciendo los valores de la democracia. Fueron exiliados españoles como Manuel García Pelayo o Antonio Moles Caubet quienes, huyendo de los horrores del fascismo español, llegaron a nuestras costas para fundar el Instituto de Estudios Políticos y el Instituto de Derecho Público de la Universidad Central de Venezuela. Después de un periplo por otros países latinoamericanos, Juan David García Bacca también se asentó en Venezuela y contribuyó a la fundación de lo que entonces se llamó la Facultad de Filosofía y Letras de la UCV. Me excuso por omitir, en estas breves líneas, el recuerdo de tantos republicanos españoles que, con su aporte intelectual, su arte, sus conocimientos científicos y sus creaciones literarias, enriquecieron a Venezuela y nuestro modelo de convivencia. Todos ellos encontraron acogida en estas tierras; este periódico les abrió sus puertas y les brindó su solidaridad, rechazando la barbarie que logró imponerse en la patria de Cervantes.

Con el pretexto de que Francisco Franco ganó la guerra civil española, el articulista de marras critica que, en cumplimiento de una ley, se retire de las plazas y calles de Madrid toda la simbología franquista. Precisamente porque Francisco Franco y sus acólitos fueron los vencedores, a diferencia de su gran aliado Adolfo Hitler, se pretende que aceptemos, como algo legítimo en una sociedad democrática, el rendir culto a quienes intentaron destruirla. Si Franco y los nacionalistas fueron victoriosos, también lo fueron Stalin y Mao; pero no se nos ocurre que se les tenga que glorificar o que, para no aparecer como “revanchistas”, debamos renunciar a la justicia, al restablecimiento de la memoria histórica y a los valores propios de una democracia. No es que un sector de la izquierda española se rehúse a aceptar que Franco ganó la guerra; la cuestión es que los hijos y nietos del franquismo se rehúsan a reparar las atrocidades de la dictadura, aunque sea con una medida puramente simbólica, que ponga fin al enaltecimiento del fascismo en las plazas y calles de España.

No voy a referirme a la España de antes del advenimiento de la Segunda República Española, a las conquistas sociales y políticas logradas por esta, o a las causas de la guerra civil; sobre eso, puede haber opiniones. Pero se necesita mucha ignorancia (además de mucho fanatismo) para que, sibilinamente, se sugiera un paralelo entre la República Española y los desafueros del fascismo criollo. Solo la mala fe puede poner en un mismo plano a las figuras de Miguel de Unamuno, Luis Jiménez de Asúa, Clara Campoamor, Niceto Alcalá Zamora o Manuel Azaña, con las de dos aventureros políticos como Pablo Iglesias o Juan Carlos Monedero, o con sus referentes locales como Chávez, Maduro, Cabello o Cilia Flores. Pero, sin duda, Venezuela ya tiene a su propio Millán Astray.

Cuando se retiran de las calles, plazas o edificios públicos los símbolos que han encarnado la represión, la intolerancia y la violencia, no se hace ni por revancha ni por sensibilidad con los vencidos en un conflicto social o político; se hace como parte de un compromiso genuino con la democracia. Si en las calles de Berlín no se conserva el nombre, la estatua o la fotografía de Adolf Hitler no es porque este haya perdido la guerra, sino por sentido de la decencia. Puede que el articulista de marras no lo comprenda; pero no es cuestión de izquierda o derecha ni de mayorías o minorías, sino de lo que exigen la rectitud y la moral. Pero, parafraseando a los antiguos españoles, es obvio que, lo que natura non da, King’s College non presta.