• Caracas (Venezuela)

Héctor Faúndez

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Héctor Faúndez

¡Cretinos!

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Permítanme aclarar que, con el título de esta columna, no me refiero a quienes han llevado a la ruina la economía venezolana ni a quienes tienen la responsabilidad de velar por la seguridad ciudadana, o a quienes han entregado a los pranes el control de las cárceles. Tampoco me refiero a quienes, desde la Sala Constitucional del TSJ, han redactado memorables sentencias que sostienen que la Constitución dice exactamente lo contrario que señala su tenor literal, por ejemplo, en lo que concierne al derecho de reunión “sin permiso previo”. Con este encabezado estoy haciendo referencia a una de las últimas portadas del semanario Charlie Hebdo en la que se pone en boca de una caricatura de Mahoma el que: “¡Es duro ser amado por cretinos!”. Es ciertamente duro cuando, en el nombre de Dios o de su profeta, una cuerda de cretinos acaba con la vida de seres humanos que, en una sociedad democrática, sólo ejercían su derecho a exponer sus ideas en forma jocosa e irreverente.

Mucho se ha escrito sobre la masacre de Charlie Hebdo; pero nunca será suficiente para condenar un crimen tan abominable como ese ni para comentar sobre la respuesta apropiada a quienes rechazan el pluralismo y los valores de un Estado laico, que no interfiere con las creencias de sus ciudadanos y que no utiliza los recursos del Estado para promover un determinado culto religioso. En una sociedad democrática, la libertad de conciencia supone el derecho de cada cual a practicar sus creencias religiosas; pero la tolerancia no significa que cualquier religión esté protegida de las críticas e incluso de la burla. Del mismo modo como podemos criticar las políticas públicas o mofarnos de la actuación de los funcionarios del Estado, podemos reírnos de las verdades de fe y podemos cuestionar un razonamiento que escapa de la razón. La libertad de expresión no es una aberración que hay que regular o combatir; la intolerancia y el asesinato sí lo son.

Puede que la mayoría de nosotros no nos burlemos de las ridiculeces ajenas, que no les prestemos atención, o que incluso dialoguemos respetuosamente sobre el sentido de las mismas. Pero, en una sociedad democrática, la libertad de expresión comprende el derecho a criticar, a difundir ideas que no compartimos y que nos desagradan, e incluso a mofarnos de aquello que nos parece absurdo. Nadie está obligado a inhibirse de expresar su punto de vista sobre los asuntos públicos y cada cual es libre de escoger su propio estilo para hacerlo. De hecho, en sociedades cerradas, caracterizadas por la censura, el humor puede ser una válvula de escape, que permite decir lo que otros no se atreven o no pueden. Aunque no sea nuestro estilo, cada uno de nosotros disfruta y se ríe cuando otros nos caricaturizan y se burlan de nosotros. ¡Bueno, no exactamente todos! No muchos políticos, y ciertamente no los fanáticos religiosos, ven con agrado que los demás se rían de sus debilidades, por lo que suelen recurrir a las querellas por difamación, que ya constituyen una muestra de intolerancia. Pero los argumentos se combaten con argumentos; no con el cierre (directo o indirecto) de medios de comunicación ni con el asesinato.

Aunque pueda causar escozor, la sátira nunca es una reacción violenta ante nuestro interlocutor; muy por el contrario, es un recurso legítimo para debatir sobre asuntos de interés público. En este sentido, Philippe Val se pregunta: “¿Qué civilización seríamos si no nos pudiésemos burlar, mofar y reír de los que vuelan trenes y aviones y asesinan en masa a inocentes?”. Me atrevo a agregar, ¿qué tipo de sociedad seríamos si no pudiéramos reírnos de las ocurrencias de quienes nos gobiernan?

Los autores de este atentado no son católicos, judíos o musulmanes. Tampoco son agnósticos o budistas. Son fanáticos que reniegan del Estado laico y que pretenden imponer sus propias creencias (cualesquiera que ellas sean) al resto de los ciudadanos. No sólo el fanatismo de los yihadistas ha sido objeto de las burlas del semanario Charlie Hebdo; también lo han sido la religión católica, los judíos, el papa, el presidente de Francia, y políticos de izquierda y de derecha. Pero es bueno recordar que, en este caso, tampoco se estaba haciendo escarnio de una religión, sino de un grupo de fanáticos que pretenden imponer sus creencias por medio de la fuerza.

No es primera vez que, en el nombre de Dios, de alguno de sus profetas, de la soberanía nacional o del sagrado honor de un funcionario público, se silencia a quienes son capaces de tener un juicio crítico, a veces irreverente y mordaz, sobre las creencias, las ideas o la actuación pública de otros. Lo que es novedoso es que, en esta ocasión, hasta las autoridades del actual régimen venezolano, que han agredido a periodistas y medios de comunicación social, y que han silenciado a humoristas y caricaturistas, también hayan condenado este atentado criminal. Pero, aunque hay que valorarla, cuesta creer que esa condena suponga un cambio de actitud y una verdadera conversión a los valores democráticos.