• Caracas (Venezuela)

Héctor Concari

Al instante

De que vuelan, vuelan

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La revolución se ha anotado otro tanto. Eliminar de la cartelera la mayor parte del cine independiente, dejándola a merced de los siempre imperialistas superhéroes de Marvel o DC Comics. Conviene mirar un poco más allá de la oferta del día para ver qué habas se cuecen en el cine mundial.

Un tema que ha empezado a hacer su espacio es el de los drones, la última vedette de la vida cotidiana, importada directamente desde el campo de batalla. Hace pocos meses la excelente Good Kill presentaba la vida de un mayor de la fuerza aérea que desde la comodidad de su cabina en Las Vegas dirigía los aviones no tripulados y sus misiones mortíferas en Afganistán.

El punto de partida de Enemigo invisible es similar. Desde una base en Inglaterra, la coronel Katherine Powell (Helen Mirren) logra ubicar una célula terrorista que persigue desde hace años en Kenya. Todo está dispuesto para echarles el guante en una maniobra que incluye un equipo local en tierra, la coordinación de la operación en Inglaterra, y la dirección de los drones desde Las Vegas. La operación es tan impecable que la dirección es doble: la coronel dirige la parte táctica, mientras que su superior (el recién desaparecido Alan Rickman) dirige la coordinación con el alto gobierno que incluye al procurador y a una representante del ministerio del interior. La situación se complica cuando los terroristas (una de los cuales es una súbdita británica convertida al islam) cambian de lugar de reunión y se desplazan a otra casa de seguridad donde, siempre con la tecnología de por medio, la unidad británica descubre que se prepara un atentado suicida. Esto cambia de forma más bien radical el perfil de la tarea, que de captura pasa a ser de muerte, pero, para complicar las cosas, una niñita de 9 años se instala a vender sus panes en una esquina de la casa que la incluye automáticamente en el cálculo de los daños colaterales. La disyuntiva moral es de hierro, o se vuelan a todos los terroristas con la niña incluida, o un atentado suicida tendrá lugar donde, posiblemente, morirán muchos más. La clave está en la palabrita “posiblemente” porque la apuesta no contiene dos posibles similares. Es altamente posible, que en la probabilidad de daños colaterales (que calcula con meticulosidad escalofriante un sargento de la unidad), la niña muera. Es lo verosímil. También es posible, pero es un posible un poco, solo un poco más lejano, que si se pierde esa oportunidad, unas sesenta personas (siempre según el sargento calculista) vuelen por los aires. El drama está además, muy lejos de concentrarse en una persona.

Es una película que habla de la guerra actual, ese momento en que el videojuego se ha encontrado con los enfrentamientos que emulaba imaginariamente. El conflicto se fragmenta entonces y cada uno de los actores escoge su espacio de defensa. La parte táctica solo quiere terminar la misión a cualquier costo, aunque ello implique presionar al sargento para que estime a la baja las probabilidades, el procurador busca un terreno legal al que asirse, frente al viceministro que solo piensa en las implicaciones políticas de una u otra decisión. Pero del otro lado del Atlántico están los dos oficiales de bajo rango que, al final del día tendrán que apretar el botón y afrontar las consecuencias.

En el terreno, donde todo este juego de abstracciones se materializa, la unidad contraterrorista keniana asiste, con frustración, a las idas y venidas de sus virtuales superiores mientras arriesgan el pellejo. Y, en un golpe bajo maestro, la película ha comenzado presentándonos la vida cotidiana de la niña y sus padres. El resultado es un filme impecable que sabe combinar el drama bélico, con la tensión psicológica extrema con la descripción del complicado mundo en que vivimos. Porque las leyes no alcanzan para poder regirlo, la inmediatez hace que la tan mentada “niebla de la guerra” pueda alterar el juicio, pero las consideraciones políticas, que llegan hasta el secretario de Estado americano, son de un simplismo que borra el dilema moral. O más bien lo potencia. Al final del día son los dos eslabones más débiles de la cadena los que más explicaciones piden porque tienen más sensibilidad ética.

Ojo en el cielo es el título original de esta película, una reflexión imprescindible sobre temas que los noticieros muestran con la rapidez consustancial al mundo de hoy. Pero para eso está el buen cine. Para que la imagen vaya más allá de la rapidez de los noticieros.

 

Enemigo invisible. (Eye in the sky). Inglaterra. 2015. Director Gavin Hood. Con Helen Mirren, Alan Rickman, Faisa Hassan.