• Caracas (Venezuela)

Héctor Concari

Al instante

Ser rico es bueno

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“He sido pobre y he sido rica, créanme… es mejor ser rica” profería la belleza salvaje de Gloria Grahame en Los impostores, un clásico policial del año 1951. El sarcasmo bien podría aplicarse a la protagonista de este filme que cabalga con desfachatez propia y desigual fortuna entre el drama social y la sátira. Porque la historia no podría ser más convencional. Una madre divorciada con dos hijos y su propia progenitora a cuestas sobrevive con un empleo en una línea aérea, soportando humillaciones de su media hermana y un tenue desprecio de su padre mujeriego y cazafortunas ocasional. Un detalle nos revela que de pequeña le gustaban las manualidades y esa ola de creatividad la lleva a imaginar una mopa que se escurra fácilmente. Y de ahí, por supuesto y luego de varias vicisitudes, la fama, la gloria y, de paso, el dinero y mucho. Obviamente tiene que haber un secreto para que la película sea un regocijo de poco más de dos horas y no un culebrón difícil de digerir. En realidad los secretos son muchos, a comenzar por el tono de incredulidad y de sátira con que la primera hora pasea al espectador por la disfuncionalidad de la familia de Joy: una madre postrada que vive a través de las telenovelas, un padre que su última novia abandona, un marido soñador pero inútil, niños exigentes. Frente a ese panorama desolador el único refugio es el cariño de la abuela, sostén último de las esperanzas de Joy. Todo apunta a que en algún momento, un momento que el libreto retarda acaso demasiado, el mundo depresivo va a cambiar. Y ese cambio viene, pero viene con una herida o, mejor dicho, a raíz de una herida por un viaje en el barco de la nueva novia del padre. O dicho de una mejor manera, la solución de esta emprendedora surge de la malacrianza de una señora rica y su éxito se dará a medias gracias a y a pesar de la ricachona. Y aquí está todo el encanto de la película que no es otro que el encanto de su protagonista. Joy nunca culpa a nadie de las cosas que le ocurren cuando le va mal, pero tiene esa misma actitud para darse a sí misma el merecido crédito cuando finalmente triunfa. Una forma sana de enfrentar la vida, que en buena medida explica al personaje y explica el final feliz. Recordemos que en inglés joy es alegría. Y es por esto que Joy es un ejercicio de frescura. Porque el director, esencialmente un hombre de comedia, no llega a tomarse en broma las desventuras de Joy, pero es capaz de filmarlas en un tono que remeda el modo disfuncional de su vida y de su familia. Porque ese pasado introductorio, por triste y humillante que parezca, solo adquiere sentido a la luz de un presente no menos confrontacional, pugnaz y despiadado. Porque así es el mundo de los negocios. Lo importante es la forma como Joy aborda ambos planos, resistiendo al principio, pasando decididamente a la ofensiva luego, sin detenerse a pensar en victimizarse ante una guerra económica.

El tono es tan importante como la trama, porque el director, David O. Russell, pertenece a esa generación (la de Tarantino, David Fincher y Spike Jonze) que hacia principios de los noventa trajo un aire de frescura al cine americano. Russell es ante todo un gran sátiro, capaz de trastocar los códigos y no tomarse muy en serio estereotipos intocables como el ejército, la justicia o el honorable mundo de los negocios. Se dio a conocer en 1999 con Tres reyes, una fábula desaforada sobre unos soldados que encuentran un tesoro en medio de la euforia victoriosa de Guerra del Golfo, una forma más bien desvergonzada de ver la gesta. El luchador era mucho más seria, pero allí como aquí el tema de la familia era el núcleo de la trama. Y en Escándalo americano no dejaba títere con cabeza, despedazando a un agente del FBI que obsesionado por atrapar a un político corrupto terminaba destruyendo todo vestigio de la ley. Un director a tener en cuenta sin duda, que aquí firma y filma uno de los filmes más entretenidos y frescos de su carrera.

Joy. USA.2015. Director: David O. Russell. Con Jennifer Lawrence, Robert de Niro, Isabella Rosellini, Edgar Ramírez