• Caracas (Venezuela)

Héctor Concari

Al instante

El realismo sórdido de Jafar Panahi

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Siempre son apasionantes las carreras entre la inteligencia y la censura. Lo irónico del caso es que la primera le gana al final a la segunda no por su rapidez, sino por su lentitud, esa cara íntima de la paciencia. El iraní Jafar Panahi es un buen ejemplo. Nacido en 1960, es uno de los representantes de ese boom del cine iraní que se dio a conocer a mediados de los noventa, con Abbas Kiarostami a la cabeza. Panahi comienza su carrera con El globo blanco, un filme con libreto del multipremiado Kiarostami, que establece el tono y el estilo de Panahi. Alguien habla, otra vez y a mucha honra de neorrealismo, porque su cámara camina siempre con un pie en el documental y otro en la ficción. En todo caso, no son tiempos fáciles para un espíritu independiente en el Irán de hoy. Panahi es acusado de practicar un realismo sórdido y da con sus huesos en la cárcel, en 2009 por ir al entierro de una manifestante por las elecciones de ese año y de nuevo en 2010 acusado esta vez de filmar a los que protestaban por las mismas elecciones. El realismo le jugaba una mala pasada, aunque su esposa desmintiera que Panahi hubiera filmado en exteriores. Eventualmente fue condenado a seis años de cárcel, luego conmutados por prisión domiciliaria y –detalle– prohibición de hacer películas durante veinte años.

En 2011, Panahi riposta con una película que se puede ver en Youtube, llamada Esto no es una película. Vale la pena verla porque es al mismo tiempo una reflexión amarga, irónica, esperanzada y triste a la vez sobre el poder del Estado sobre el ser humano y su capacidad de defenderse. Pero, para fortuna del espectador, el año pasado este hombre de sonrisa queda e inteligencia chispeante dirige un filme indefinible llamado Taxi Teheran.

La película postula al mismo Panahi, silencioso, atento y divertido, deambulando por las calles de Teherán conduciendo un taxi –en realidad, un carrito por puesto que tolera varios y disímiles pasajeros a la vez–. La película comienza como un documental, pero rápidamente el espectador comprende que este es un guiño inteligente y naif de Panahi. Su nave es un arca en la que se refugian fanáticos intransigentes, admiradores de su cine que venden películas piratas, amigos con problemas íntimos que se confiesan con él, una sobrina estudiante de cine que hace preguntas inteligentísimas y una abogada defensora de derechos humanos que narra, con insólita dulzura, el calvario que atraviesan los disidentes.

El ejercicio es apasionante porque logra narrar un documental que no tiene nada de documental, pero es un magnífico ejercicio de realismo. Los personajes son de una extrema intensidad emocional, y uno los imagina consumados actores, aunque Panahi los haga pasar por casuales participantes en un ejercicio de cinema verité. Y junto a ellos, poniendo cara de ingenuo, explicando que él en el fondo no es taxista y que está comenzando en su trabajo, matando tigres mientras filma su ciudad con inteligencia e ironía, está Panahi, un protagonista ausente. Porque lo que interesa es lo que ocurre en el interior de su taxi, con una cámara que siempre encuentra el encuadre adecuado, que captura todos y cada uno de los pequeños gestos de sus personajes a los que mira con cariño, aun cuando se trate de un detestable fanático que propone la pena de muerte a los ladrones, o un pirata de videos que lo reconoce.

La película es un doble triunfo contra la censura, por supuesto, porque a esta altura de Robert Redford a Jim Jarmusch pasando por Oliver Stone han firmado solicitudes en su apoyo, con lo cual uno adivina que Panahi se mueve con algo de soltura, o que el régimen iraní, que tan buen cine está dando, tal vez no sea tan diabólico como lo pintan. En todo caso, en este duelo de la censura de los ayatolás con la inteligencia de un hombre de pocas palabras, sonrisa franca y voluntad a prueba de mucho, ya sabemos quién gana, a pesar de un final tan triste como inesperado. Gana el espectador si logra ver un filme imprescindible, que reivindica el pensamiento libertario, crítico e inteligente, frente al cine adocenado y las visiones oficiales que lo tildan de realismo sórdido.