• Caracas (Venezuela)

Héctor Concari

Al instante

Las guerras imaginarias

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La escena es del Ciudadano Kane. Un corresponsal enviaba un cable desde Cuba informando: “Puedo mandar poema sobre el paisaje pero aquí no hay guerra”. Kane, el magnate de la prensa le contestaba: “Tú manda el poema que yo pongo la guerra”. Salvo mejor opinión, el diálogo es un buen antecedente al tema de las guerras imaginarias, que el cine abordó siempre con menos éxito que los que las perpetraron en el mundo real. Muy siniestra era Dr. Insólito, una sátira de Stanley Kubrick en la que distintos personajes, todos poderosos y todos encarnados por Peter Sellers, iban llevando al mundo a la hecatombe nuclear porque un lunático se robaba una bomba atómica. Lo importante en todos los casos, es el componente imaginario.

Ahora bien, cualquiera de estos casos postulados por el cine tenían el componente del espectáculo, de la diversión que, etimológicamente, quiere decir, desviar de su punto de atención inicial. No es la guerra en sí (“el único acto realmente obsceno”, al decir de Henry Miller) lo que pesa en la toma de decisiones, sino su correlato virtual, su posibilidad o directamente, como en estos días, su invención lisa y llana. Pero rozamos de nuevo la obscenidad de la que habla Miller cuando lo imaginario cambia de ámbito. Inventar una fábula como Welles o Kubrick para desnudar a los poderosos es un acto si se quiere moral, y, si está bien hecho, roza la genialidad. El acto en sí en el mundo real degrada a quien lo comete, porque implica no la inteligencia del espectador que disfruta una fábula, sino la estulticia del posible votante que se somete a ella. Cuando ello ocurre caemos en la más oscura de las fábulas políticas, la todavía vigente 1984 de George Orwell, donde no se hablaba propiamente de guerra, sino de un enemigo siempre lejano, siempre latente que justificaba la robotización de la sociedad.

Wag the dog que aquí se llamó Mentiras que matan, es una película de humor negro político de título intraducible. Alude al movimiento de la cola del perro, y la posibilidad de que sea la cola la que mueva al perro y no al revés. Lo cual, si se lo piensa bien, resume el tema de la guerra imaginaria. El punto es importante porque la película es de 1997 y narra los desvelos de un agente de inteligencia y estratega político del gobierno americano (Robert de Niro), que necesita desesperadamente desviar la atención de un hecho más bien bochornoso: el presidente se ha propasado con una colegiala que visitaba la Casa Blanca. Para ello contrata a un productor de cine (Dustin Hoffmann) que debe inventarse una guerra imprescindible con Albania, para lo cual todo un dispositivo audiovisual y comunicacional debe ser montado en tiempo récord. La película fue un pequeño éxito en su momento porque un año más tarde, y por esa propensión de la realidad a imitar al cine, otra pasante llamada Mónica Lewinsky saldría a relucir en los titulares por un desliz con el presidente Bill Clinton. Afortunadamente no hubo necesidad de imaginarse una guerra porque la de Kosovo ya estaba allí, presta a disputarle los titulares a los labios de Mónica. El caso queda, sin embargo, como la más entretenida intersección del sexo, la telenovela y la política y la película vale la pena verse todavía.

El patetismo del caso venezolano es que la guerra imaginaria que acaba de terminar en la estrepitosa derrota de quienes la postularon ni siquiera tiene la virtud de la originalidad, no hablemos ya de un mínimo de inteligencia. Pero también tiene un correlato, lejano y todavía muy inventivo en el cine. En 1963, Jean Luc Godard rodó Los carabineros, la historia de dos pobres diablos que un rey enviaba a pelear en un país desconocido y por motivos desconocidos, con la esperanza de ser recompensados con el producto del pillaje. Los infelices volvían a casa con fotos del esplendor de los países conquistados pero sin fortuna y comenzaban a dudar de las patrañas de las que habían sido objeto, incidentalmente a través del manejo de la imagen que hacía el poder. En esas estaban cuando ocurría un hecho tan previsible como definitorio.

El rey perdía la guerra y los sacrificaba.