• Caracas (Venezuela)

Héctor Concari

Al instante

Una de espías

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La Guerra Fría terminó de consolidar un género que había batido por primera vez las alas con las tensiones de la segunda preguerra: el de las películas de espionaje. Pero más que ese género, que creció al abrigo de una guerra sorda, conceptual y en la realidad más aburrida y ciertamente nada visual, el verdadero legado de la Guerra Fría es la de un personaje que no existió nunca, salvo en la afiebrada imaginación de los escritores: el superespía. El padre de todos ellos es por supuesto el inefable 007, pero inevitablemente, y en el mejor espíritu capitalista del conflicto, la competencia no tardó en aparecer. Columbia Pictures ripostó con Dean Martin en el papel de Matt Helm, Twentieth Century Fox trajo a James Coburn en el papel de Derek Flint y, para no ser menos, en 1964 la Metro Goldwyn Mayer lanzó una serie que duró cuatro años y ocho películas, con un elegante, irónico y distante espía de una agencia ultrasecreta llamada en español Cipol (Comisión Internacional para la Observancia de la Ley) y en inglés Uncle (por el Uncle Sam, el Tío Sam claro está). Su nombre era Napoleón Solo y su fiel ayudante era el ruso Ilya Nikovetch Kuryakin.

El cine, se sabe, sigue bastante al pie de la letra la ley de Lavoisier según la cual nada se crea, todo se transforma. La gran maquinaria de mercadeo detrás de las superproducciones ha refinado la técnica del llamado “rebooting”, lo que podríamos traducir como relanzamiento, para poner vino fresco en odres viejos. Consiste en tomar al personaje y la serie, despojarlo de aquellas características que le daban consistencia y prestarle una biografía, explicar cómo llegó a ser el que es, y de paso relanzar una franquicia que lucía algo gastada, o en muchos casos, olvidada. En este caso la historia comienza en 1963 cuando Solo es apenas un ladrón, que secuestra en Berlín del Este a una joven, en las mismas narices de un agente de la KGB. Por un sinnúmero de coincidencias que no son tales, americanos y soviéticos concluyen que una tercera potencia intenta crear un arma nuclear con la cual dominar el mundo (recordemos que estamos en los tiernos sesenta) y no tienen mejor idea que unir fuerzas en contra del tercero en discordia.

Ocurre que todo el asunto está contado por Guy Ritchie, un director muy frívolo que parece regodearse en la confusión, el golpe y el porrazo, sin preocuparse mucho por la coherencia de sus anécdotas, ni apiadarse de las exigencias de continuidad del espectador. No se le piden peras realistas al olmo del disparate, pero la principal falla del agente de Cipol parece estar en la acumulación de situaciones, una detrás de otra, saltando de un país a otro y acumulando vueltas de tuerca que confunden aún más la acción y terminan por aburrir un poco. Es cierto que Ritchie se ha salido varias veces con la suya, su cine es probablemente el triunfo último de la trama superando a los personajes, y generando un movimiento que arrastre la anécdota en un disparate que alguna vez (su Sherlock Holmes, por ejemplo), le ha salido bastante bien. Pero algo huele a bostezo en este agente de Cipol aparte de la endeblez de la anécdota. Probablemente sea la falta de carisma del protagonista Henry Cavill, que la parafernalia visual no logra levantar. Tal vez sea un libreto que gira en torno a sí mismo. Los puntos más divertidos derivan de la pátina de nostalgia por el mundo, si se quiere, tan ingenuo visto a la distancia y en una película de la Guerra Fría, cuando cabía imaginar todavía que el mundo se dividía en buenos y malos, comunistas y capitalistas, dictaduras y mundo libre. Tal vez debamos entender que esto es solo el comienzo de una franquicia que traerá uno y otros títulos y que estamos apenas ante un precalentamiento. Ciertamente esta trama no da para una pelea de fondo.

 

El hombre de Cipol. (The man from Uncle). EE UU-Gran Bretaña. 2015. Director Guy Ritchie. Con Henry Cavill, Armie Hammer, Alicia Vikander, Jared Harris, Hugh Grant