• Caracas (Venezuela)

Héctor Concari

Al instante

Los dobleces de la identidad

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El nazismo nunca terminará de irse, acaso porque a partir de él se despliega un arco morboso que va desde el uso planificado y ensayado de la mentira para hacerse con el poder total, hasta la ingeniería de una enloquecida máquina de matar. La tecnología al servicio del mal. Hay, sin embargo, detrás de estas monstruosidades de proporciones planetarias, una lista interminable de dramas privados, ecos aplastados por una época plomiza.

Phoenix es, en su origen, una película basada en un escritor francés no tan conocido pero estimable, llamado Hubert Monteilhet, que ya había tenido una versión inicial con Maximilian Schell (Regreso de las cenizas, siguiendo el título de la novela original). La lozanía de esta versión de Christian Petzold está en la transpolación de la acción de la Francia a la Alemania de posguerra. La trama es, de por sí, muy singular.

Una cantante otrora famosa, sobreviviente de los campos, regresa como rica heredera, de la mano de una amiga a su país. En el camino su rostro ha sido desfigurado y reconstruido, sin que haya podido recuperar su fisonomía inicial. Obvio, el pasado no puede borrarse con unas vueltas de bisturí y la Nelly herida es, de alguna forma, esa Alemania que jamás podrá reconstruir su fisonomía de preguerra, porque entre su nueva cara y la vieja median tanto las culpas como las cicatrices de la supervivencia. Lo que Nelly sí conserva es sus ganas de vivir, concentradas en su voz. Pero quedan, además, las ataduras por el pasado, personificado en el ex esposo, que ahora regenta un cabaret y al que la protagonista vuelve, con el mismo envión con el que ha tratado de recuperar su rostro. Porque ese es el motor lógico de los protagonistas, recuperar en un rostro o en una relación la vida de preguerra, el paraíso falso que luce como tal visto a través del prisma del infierno. Pero la identidad dista mucho de tener la tangibilidad de un rostro o la solidez presumible de un matrimonio, y el marido, al no reconocer en ella más que su sombra, intenta montar un esquema para reclamar su fortuna.

La construcción del doblez es fascinante porque por un lado el marido, presunto colaborador y denunciante de su esposa, busca recrearla por motivos económicos, pero ella, ave fénix al fin, acepta ese juego perverso como forma de recuperar su vida anterior, su pasado, su fisonomía. De forma que Nelly es percibida y conocida como otra Nelly, que pudiera reconstruir a Nelly del lado de su re-creador. Juego perverso sin duda, pero acaso igual de perverso que el de la nueva Nelly, que es capaz de entrar en él ya sea para descubrir una verdad que se niega a sí misma (como, por otra parte, lo hace Alemania con su pasado) o para recuperar, en ese movimiento, lo que le es más preciado, su pasado. Por su puesto que el movimiento de Petzold es audaz, porque lo que hace es transcribir un policial, respetar su código pero transformándolo a través los tonos claroscuros de la fotografía, en un drama existencial. Porque el drama original, sobre un malandrito ex colaborador que quiere robar la herencia de su esposa después de haberla entregado a las sombras, se transforma en un juicio sobre la responsabilidad en tiempos de dictadura, pero también una reflexión sobre los pliegues y los límites de la identidad. En especial la identidad histórica y la incapacidad para asumirla, pensando que es posible asumirla por trozos y no como un todo.

La sombra de Vértigo, esa obra monumental de Hitchcock planea sobre este drama, solo que aquí el intento de recrear el personaje ansiado no se desdobla entre el enamorado y la mujer objeto, sino que ambos se fusionan. Así como Scotty-James Stewart buscaba recuperar a Madeleine-Kim Novak recreándola según su imaginación y recuerdo le dictaban, aquí Nelly, la protagonista, es a la vez quien quiere volver a ser la de antes, y quien busca operar ese cambio, que es un falso retorno al pasado.

En definitiva, Phoenix, título sugestivo si los hay, habla de la incapacidad de volver a nacer de las cenizas. El final, que cae sobre los protagonistas como una revelación, es un momento fulgurante porque anuda todos los temas. Al mostrar su tatuaje, Nelly revela su pasado y en ese movimiento da a conocer quién es para su verdugo, pero, además, al reconocerlo como tal, ajusta de una vez y para siempre las deudas con su pasado. Asumiendo, claro está, su nuevo rostro y las cicatrices en su cuerpo.

 

Phoenix. Alemania. 2014. Director Cristian Petzold. Con  Nina Hoss, Ronald Zehrfeld, Nina Kunzendorf.