• Caracas (Venezuela)

Héctor Concari

Al instante

De la diversión a la guerra

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El filósofo y matemático Blas Pascal había advertido sobre los peligros de la diversión. Desconfiaba de ese mecanismo con el cual el ser humano se apartaba de la fragilidad de la vida, los espacios infinitos y otros temas más bien renacentistas que deberían angustiarlo. Quinientos años después, el americano Michael Crichton (1942 -2008) visitó el tema, de una manera más frívola, en clave de ciencia ficción y aventura sociológica. Lo hizo dos veces, una como director de cine, con Westworld, en 1973, sobre un parque de diversiones en el cual los visitantes podían vivir una verdadera aventura en el oeste enfrentándose a cowboys robóticos. Y otra, veinte años más tarde con Jurassic Park con el mismo esquema pero con dinosaurios creados genéticamente. Por supuesto que en ambas, los inofensivos personajes se escapaban del libreto y atacaban a los huéspedes del parque, que se veían sumergidos en una pesadilla. Sin llegar a la densidad del bueno de Pascal, los seres creados para distraerlos, entretenerlos y divertirlos, los sumergían en un mundo real, amenazante y peligroso. Ambas películas tuvieron su previsible secuela, acaso porque la diversión, individual en el Renacimiento, se ha transformado en una industria de proporciones colosales, que hasta tiene sus propios templos: los parques de diversión, un mundo aparte, que evade el mundo real y recrea un pasado imaginado y no conocido de primera mano. La diversión, tiene, en el siglo XXI, mucho que ver con el realismo de lo imaginario.

La idea del parque jurásico era particularmente ingeniosa porque combinaba la ingeniería genética con un mundo pretérito al que viajaban periodistas y científicos. Era todavía 1993 y la idea del parque era embrionaria, pero la película, de la mano mágica de Steven Spielberg, fue un exitazo. Sentó un precedente: junto a los visionarios y los científicos, existen siempre los entrepreneurs del mal, dispuestos a robarse las ideas más luminosas con las peores intenciones. Veinte años más tarde algunas cosas han cambiado. El parque de diversiones Jurásico ha abierto sus puertas y debe competir contra sí mismo y su posible merma en visitantes con base en nuevas sensaciones. La solución es crear superdinosaurios que bombeen más adrenalina al sistema de los incautos, pero junto a ellos están los truhanes de siempre, que, en este caso, forman parte del complejo militar-industrial. Unos vulgares perros de la guerra. El giro no deja de ser interesante porque el origen de los villanos siempre es revelador. La culpa no la tienen los pobres dinosaurios, que al fin de cuentas se ganan la vida como extras, sino la codicia desmesurada tanto de los que operan el parque como de los que buscan torcer su espíritu original. Porque estamos en la era Obama, y no es difícil adivinar el tufillo belicista y republicano de los arteros ladrones de prototipos.

Hay una doble carrera en la película. Una es la de la trama, que busca capitalizar la idea del original de 1993, pero siguiendo el libreto de los dueños del parque, con más monstruos, cada vez más poderosos. La otra, en paralelo, la de los efectos especiales, que busca exactamente lo mismo, en tercera dimensión. No en vano, en la escena final es el rugido del hiperdinosaurio el que nos despide. Porque de lo que se trata, con mucho ingenio, es de acumular choque tras choque, en una carrera alocada por sumergir al espectador en ese mundo artificial. Como si la sala se mimetizara con el parque y las amenazas, en forma de efecto debieran alcanzar a la audiencia. En realidad, los protagonistas no son los seres humanos que, alelados, buscan huir de un mundo que se salió de su carril. Mucho menos los dinosaurios, que seguían su libreto y su rutina hasta ser tentados por un puñado de truhanes. Los verdaderos protagonistas son los efectos especiales, que han llamado en su ayuda a la hermana mayor llamada 3D y buscan hacer del paisaje fílmico un protagonista hostil. No está nada mal como diversión, tampoco como aporte a la pirotecnia visual a que nos tiene acostumbrados Hollywood. Pero no busquemos más ingenio del que había en su precursora de 1993.

Mundo Jurásico. (Jurassic World). USA. 2015. Director: Colin Trevorrow. Con Chris Pratt, Bryce Dallas Howard, Nick Robinson, Vincent Donofrio.