• Caracas (Venezuela)

Héctor Concari

Al instante

La clase obrera sigue sin ir al paraíso

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Hace dos semanas revisábamos El maestro del dinero, un filme seudocrítico del mundo de las altas finanzas que concluía que el mejor antídoto para el capitalismo salvaje es un reality show que lo desnude en vivo y en directo, con estrellas bonitas y conocidas que aseguren una buena taquilla. Valdría la pena analizar, en paralelo, lo que bien debiéramos considerar su contracara, o una aproximación a la vida posible de la víctima y villano de la película de Jodie Foster. Las lejanías son considerables y el ejercicio es meramente lúdico, pero no deja de ser interesante ver cómo un personaje similar puede ser visto como commodity de un espectáculo o como protagonista de una de las películas más lúcidas, probablemente también una de las más ascéticas, en décadas. Bueno es aclararlo, si bien ambas películas hablan de sociedades desarrolladas, una película fue hecha en un extremo del Atlántico y la otra, en el otro.

Las cosas no van bien para Vincent Lindon, un obrero desempleado, padre de un hijo con parálisis cerebral, a quien la oficina del trabajo ha recomendado un curso que, en última instancia, no sirve para nada, salvo para dejarlo indefenso frente a la buena voluntad formal e indolencia última del sistema. Este monólogo inicial del protagonista frente al empleado de la asistencia laboral es más que una introducción a la película. Esos minutos en que Lindon habla, improvisa, busca las palabras sin dejar de excusar, en lo personal, al que lo atiende, pero acusando a un sistema que lo ha engañado, bastarían para justificar el premio al mejor actor en el Festival de Cannes del año pasado. Pero la película maneja admirablemente las elipsis, y al tiempo lo vemos como guardia de seguridad de un supermercado, encargado de vigilar a los clientes y empleados y manejar los pequeños robos de unos y otros. Las escenas que el director Stéphane Brizé elige son de una crueldad devastadora porque Thierry-Lindon es alguien que se encuentra en el último escaño de la pirámide laboral. Y, sin embargo, es el encargado de reprimir y castigar a otros que bien podrían ser él. Por ejemplo, un viejo jubilado que roba comida porque presumiblemente no puede pagarla, o una cajera que trafica con cupones de descuento por un motivo que descubriremos cuando ya es muy tarde.

El cine nunca terminará de pagar su deuda con el neorrealismo italiano, aquel movimiento de posguerra que sacó las cámaras a la calle y empezó a narrar, con precisión de entomólogo y sensibilidad de poeta, la vida de la gente simple, la vida de todos los días. Por ello La ley del mercado es un filme imprescindible. Porque ubica la cámara en esos momentos reveladores, que van desde una clase de baile con su pareja hasta momentos confrontacionales entre seres de extrema debilidad que, sin embargo, están en roles de represor y víctima, no porque se lo hayan planteado sino porque el mundo es así y lo que aplica es la ley del mercado (y al final del día un ladrón, es un ladrón y el robo debe ser castigado).

Lo que hace de la película una lección magistral de cine, aparte de la actuación de Lindon y de un equipo que lo secunda a las maravillas, es cómo describe el mundo laboral actual, que es de una justicia tan fría y tan justa que mete miedo. No hay en la película un villano que busque maltratar a alguien más débil. Es simplemente el sistema que en un contexto de garantías laborales y civiles, por su propia dinámica, castiga al más débil, relegándolo a un trabajo que detesta, teniendo que negociar la venta de una casa rodante en desventaja, o sobrellevando una vida sin gratificaciones, en la cual, sin embargo, el sustento está asegurado. Porque no estamos hablando de una denuncia social, en el sentido estricto del término con patrones malísimos que explotan al pobre obrero. Estamos en la muy socialista Francia, donde el drama es existencial, y el problema es la gelidez de un sistema que, proveyendo todo en dosis pequeñas, medianas o grandes, no puede proveer felicidad. Por eso la tristeza de la película, que describe perfectamente la disparidad entre condiciones mínimas vitales que envidiaría cualquier sociedad del Tercer Mundo, y la desolación que transmite una vida sin sentido. No está en la cartelera, por supuesto, como tanto cine que las circunstancias le niegan al espectador. Pero hay que procurárselo por algún medio.

 

La ley del mercado. (La loi du marché). Francia. 2015. Director Stéphane Brizé. Con Vincent Lindon, Karine de Mirbeck, Matthieu Schaller.