• Caracas (Venezuela)

Héctor Concari

Al instante

La calidad del villano

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“Cuanto mejor el villano, mejor la película” reza una muy británica máxima de Alfred Hitchcock. El viejo maestro del suspense podía dar cátedra sobre el tema. Su filmografía es un muestrario de asesinos seriales, saboteadores, nazis refugiados en Brasil y, por supuesto, espías de distinto pelaje según fueran cambiando las tensiones geopolíticas del momento. En estricto sentido, es al maestro a quien se debe la génesis del género de espionaje, aunque fue otro inglés famoso, él mismo ex operativo de la inteligencia naval llamado Ian Fleming, el que tuvo la idea de un dandy, seductor e invencible a quien bautizó con el nombre de un ornitólogo del momento: James Bond. Fleming no era tan original en la construcción de su héroe. Más bien debiéramos reconocerle el estricto cumplimiento de la máxima hitchcockiana del inicio y la intuición de una organización criminal globalizada. La muy temida Spectre (ejecutivo especial para la contrainteligencia, el terrorismo, la venganza y la extorsión, por sus siglas en inglés). El colectivo emergía en cada entrega fílmica a través de algunos de sus mejores exponentes: el Dr. No y sus manos de acero, o Goldfinger y su toque de rey Midas, pero su titiritero maestro apenas si se insinuó de espaldas, acariciando un gato siamés y dándole instrucciones a un tal Mr. Largo en la cuarta entrega de la serie, Operación Trueno (1965), antes de dar la cara, con cicatriz incluida en Solo se vive dos veces (1967), encarnado por un tenebroso Donald Pleasence. Este genio del mal, CEO de una organización global solo interesada en el rédito del crimen, tenía nombre y apellido: Ernst Stavro Blofeld, un científico y politólogo de origen griego y polaco, que soñaba con la dominación mundial y que se transformará a lo largo de ocho películas en la némesis de Bond.

Ahora bien, de un tiempo a esta parte, los libretistas, conscientes del paso del tiempo de los géneros y sus personajes emblema, han optado por el llamado “rebooting” o relanzamiento. La fórmula adquiere diversas variantes pero apunta a tomar el estereotipo y darle una cierta densidad, o por lo menos un pasado que lo haga, si no creíble, al menos más consistente. En el caso de las películas de James Bond, ha funcionado con particular éxito desde la adopción del personaje por Daniel Craig, con Casino Royale en 2006. El lejano, casi sarcástico e invenciblemente lejano superespía, dio paso a un ser que, manteniendo su aura inquebrantable, ha adquirido ribetes de vulnerabilidad que tienen que ver con el aspecto oscuro de los cuatro filmes que lleva protagonizados hasta la fecha. Después de todo, el prefijo 00 denota la licencia para matar, un rasgo que sus antecesores llevaban con orgullo y que el último Bond padece con un sacrificio que remeda algo tan alejado del pasado de la fórmula como los antihéores y los perdedores.

Pero el filme se llama Spectre y los espectros, más allá de la archivillanía de la sigla original ideada por Fleming, tienen que ver con el mundo de lo oculto, el más allá y la zona opaca de la existencia. Con el pasado, por ejemplo. La verdad es que la película tiene mucho menos que ver con Bond que con su archirrival y con la inquina que los enfrenta desde hace décadas por cuestiones que no convendría revelar. Pero el mejor hallazgo de la película es el tono de poesía oscura, con un paso dentro del territorio del mal que permea a lo largo de sus dos horas y media. Es cierto que es una película más de la franquicia y no convendría tomarla muy en serio, pero se nota la mano de un director sensible e ingenioso (Sam Mendes, el de Belleza americana entre otras) que sabe dirigir a sus personajes. Christoph Waltz, el temible villano de Tarantino, logra aquí otra composición caricaturesca, muy en un estilo que empieza a repetirse, pero magistral en el contexto de lo que han sido los perversos “malos” de la saga. Porque la maldad del jefe y los secuaces del colectivo Spectre no radicaba tanto en su intrínseca pertenencia al lado equivocado de la ley, sino en su poder global frente al cual solo se erigía 007 como barrera. En este caso, el libreto y la dirección de Mendes buscan, y encuentran, una sustancia para ese mal, que no es otra cosa que la contracara de la vulnerabilidad de Bond. Un agradable broche de oro para esta etapa de la serie.


Spectre. Inglaterra/USA. 2015. Director Sam Mendes. Con Daniel Craig, Christoph Waltz, Lea Seydoux, Monica Bellucci.