• Caracas (Venezuela)

Héctor Concari

Al instante

La apología de lo inverosímil

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Nadie recuerda hoy a Bruce Geller, un polivalente productor, escritor y ocasional director, muerto tempranamente pilotando su avioneta en 1978 con apenas 48 años. No hizo gran cosa de importancia salvo crear, darle forma y luego producir una serie que haría historia entre 1966 y 1973, Misión imposible. Porque corrían los sesenta, la Guerra Fría estaba en su apogeo, y dos productores ingleses habían hecho su agosto con un dandy espía llamado James Bond, con lo cual un filón, no tan nuevo pero siempre lucrativo, se había abierto. La serie tenía un mérito incuestionable: predicaba la inverosimilitud, se regodeaba en ella y logró en poco tiempo establecer una serie de clichés, que, para la televisión de la época, huérfana de los efectos especiales de hoy, fueron un sello de marca. En el primer segmento, Jim Phelps, líder del grupo, recibía su misión mediante un dispositivo que se autodestruía luego de recitar lo que sería el marco del capítulo, luego reclutaba a su equipo, y le daba al espectador dos o tres pautas de lo que podía ocurrir, y luego los protagonistas desplegaban una larga y disparatada serie de artimañas que involucraban actuación, máscaras y equipos visuales entonces revolucionarios. Esta era la verdadera originalidad de la serie. Lo que los héroes de IMF lograban era alterar la narrativa de los malvados (salvo pocas excepciones dictadorzuelos de países del Tercer Mundo o jerarcas dentro del telón de acero) no para sabotear el plan, sino para hacer que los villanos se destruyeran entre sí. Tuvo nueve temporadas, luego fue retomada en 1988 para dos temporadas y se disolvió en la niebla del pasado hasta que en 1995 el talentoso Brian de Palma se unió a Tom Cruise para reflotarla como película. Tenía poco que ver con la serie en realidad, pero era una excelente trama de espionaje que parió una saga de cinco entregas hasta ahora, de la cual la tercera es, por lejos, la mejor. Porque han ocurrido varias cosas en cincuenta años. La primera es que aquel mundo ficcionado de buenos contra malos, demócratas contra comunistas, se fue por el tubo de la historia, y la segunda es que los límites de lo inverosímil se han ensanchado mucho más de lo que nadie en los sesenta hubiera podido prever.

Esta última entrega vuelve a perseverar en lo que ha sido la marca de fábrica de la nueva franquicia, especialmente desde la entrega anterior (Protocolo fantasma). Los malos de antes ya no son gobiernos que irradiaban su mal a la esfera de intereses de Estados Unidos. El crimen se ha despolitizado y, al ritmo de los tiempos, se ha globalizado. La fantasía de Ian Fleming, el creador de James Bond, sobre una organización criminal que pudiera expandir sus tentáculos por todo el mundo, ha dejado de ser una fantasía hace mucho tiempo. Y de tan real que es ha pasado a ser un plato predilecto para libretistas y productores. Porque si algo define al mundo actual es su vulnerabilidad. En este caso el villano ya no es una persona sino una institución llamada El Sindicato, de difusa credibilidad ante las autoridades al punto de que Ethan Hunt, el recurrente protagonista de la serie, cae en desgracia debido a su obsesión de probar su existencia. El resto es un despliegue de la pirotecnia de la cual es capaz Hollywood cuando hinca los dientes en una presa redituable. La franquicia debe ser explotada al máximo, con nuevas locaciones Viena, Marruecos, Londres, entre otras y, por supuesto, todos los tics que la nueva tecnología permite, superhackers que parecen guarimberos cibernéticos y ante todo, mucha acción y movimiento. Hay una caída grande en toda esta historia, y es que el disparate, tan disfrutable se pierde en la maraña de marchas y contramarchas que llega a confundir al espectador. Porque los productores parecen haber concluido que no importa mucho la trama y que los cosméticos pueden pasar al primer plano sin que la sustancia importe mucho. Es una lástima porque las anteriores entregas lograban un producto que balanceaba el ingenio y la acción con el humor basado en un pacto tácito en el cual el espectador aceptaba con gusto el disparate, a cambio de una trama de incuestionable continuidad. La película se ve con agrado, pero por momentos el espectador tiene tiempo de pensar que se ha extraviado en alguna página del libreto, junto con los actores. Todo buen ilusionista sabe que el truco se esconde en el ápice de credibilidad que aún le queda no a la verosimilitud, sino al relato. Y aquí al director le ocurre lo que al gobierno. La primera se termina mucho antes que la eficacia del segundo.

 

Misión imposible: nación secreta (Mission Impossible: rogue nation). Estados Unidos, 2015. Director: Christopher Mc Quarrie. Con Tom Cruise, Alec Baldwin, Rebeca Ferguson, Ving Rhames.