• Caracas (Venezuela)

Héctor Concari

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Los tres aniversarios de Orson Welles

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Este año marcará un triple aniversario en la memoria del mayor director de todos los tiempos, Orson Welles. En lo que sería su despedida frente a la comunidad cinematográfica, convocada por el American Film Institute para un homenaje tardío, pero homenaje al fin y al cabo, Welles se definió, en 1975, como alguien que encarnaba la esencia misma del americano, “un maverick”. La misma etimología es reveladora, Samuel Maverick era un ranchero texano del siglo XIX que se negaba a marcar su ganado. A partir de ahí la palabra pasó a designar a alguien definido por su independencia, su singularidad de óptica y, por extensión, su capacidad de llegar donde nadie antes había llegado. O ver y hacer ver lo que nadie había visto antes. Esto es lo que definió la obra más talentosa, visionaria, original, y por ello trágica, de la más brillante mente cinematográfica de la historia.

Hubiera cumplido 100 años este año, y en apenas 25 años había incendiado el teatro, con versiones revolucionarias de la troupe que dirigía, el Mercury Theatre. La radio había sido el vehículo para un aterrorizador ejercicio de histeria colectiva, cuando adaptó La guerra de los mundos simulando una transmisión en vivo en pleno ataque marciano. Con ese bagaje, era inevitable que Hollywood lo atrajera con un contrato no solo generoso en lo económico sino en lo creativo. Welles, a contramano de la historia, tendría control total de una película que sería la “summa” de todo el cine hasta entonces, y a partir de entonces. Cualquier película hecha a partir de ese 1941 cabe en un fotograma de El Ciudadano porque el director ponía en juego una revolución visual que se apoyaba en la profundidad del campo visual, para hacer convivir, en forma de rompecabezas, un poema sobre el peso del pasado, la tristeza de las pérdidas y, tema que se haría rutinario en él, lo efímero de un poder que luce eterno para quien lo detenta. Conviene verla y reverla para descubrir cuánto ha crecido con el tiempo, y trágicamente cómo inició lo que alguien, con justicia, denominaría la decadencia de Welles, salvedad hecha de que esa caída era de un abismo tan alto, que todo su cine, parido con injusta e inverosímil dificultad, sería sencillamente magistral. Porque ese comienzo estaba fuera de sincronía con el cine y porque Welles, genial director, demostraría ser un torpe gerente de sus asuntos y sus producciones. Dirigiría luego otro filme deslumbrante Los magníficos Anderson que la RKO mutilaría antes de darnos un Macbeth sideral y un magnífico policial llamado El extranjero. Y a partir de ahí, el exilio europeo, la aparición en películas no siempre meritorias para financiar sus películas, cada una de las cuales (Mr. Arkaddin, El Proceso, entre otras) sería una fiesta de la imagen y la originalidad.

El segundo aniversario tiene 40 años, porque en 1975, Welles interrumpió su segundo exilio para producir y dirigir un film que se llamaría El otro lado del viento. Su historia era crepuscular: un viejo director de cine (interpretado por su amigo John Huston) vuelve a Estados Unidos a convivir con sus fantasmas. El proyecto, filmado en su integridad, naufragó entre peleas entre productores, caprichos de Welles, búsqueda de fondos en lugares tan inverosímiles como el Irán del shah y otras nimiedades que describe en detalle un libro reciente llamado El último film de Orson Welles: cómo se hizo El otro lado del viento de un tal Josh Karp. Su lectura es apasionante porque, a la vez que da cuenta de los últimos años del viejo maestro apoyado en una muy rigurosa investigación de los hechos, narra las idas y venidas de una filmación cuasi amateur, en la que el carisma de Welles logra agrupar una troupe que lo sigue hasta el infierno y más allá. No se conocen sino algunas imágenes aisladas de lo que los sobrevivientes de aquella gesta definen como la obra de un visionario que anulaba la falta de medios con un ojo envidiable para encuadres imposibles. El filme nunca vio la luz, y es de esperar que lo haga algún día.

El tercer aniversario es, sin duda, el más triste. Welles murió de impotencia y tristeza el 10 de octubre de 1985 sin ver completada su última película.