• Caracas (Venezuela)

Héctor Concari

Al instante

Wall Street, esquina Broadway

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El tema del escamoteo de la realidad y su sustitución por un espectáculo no es nada nuevo para el cine. En 1951, un director vitriólico llamado Billy Wilder dirigió una película llamada Un as en la manga, sobre un periodista venido a menos que se aprovechaba de una tragedia minera para hacer del rescate un espectáculo del que disfrutaban los habitantes de los pueblos vecinos. La idea la copió en 1997, el greco-francés Costa Gavras, con El cuarto poder, en la cual un periodista creaba un show masivo a partir del secuestro de la directora de un museo, por uno de los trabajadores a los cuales había despedido. En 1976, hubo una comedia negra llamada Network, sobre un locutor ancla que se volvía loco, comenzaba a decir sus verdades y terminaba siendo un récord de rating que lo catapultaba a la fama y a la muerte. Pero han pasado los años y la nueva  vedette de los medios de comunicación –en un mundo en el que todo, absolutamente todo es comunicación– es la economía global. Que por efecto de su transmisión mediática también se ha transformado en un espectáculo. La transmutación de una ciencia social o, en su defecto, la mera crónica de un estado del dinero en un momento preciso en un espectáculo tiene muchas aristas, una de las cuales posee un magnetismo particular. Para el Monstruo del Dinero, programa diario que protagoniza el simpático Lee Gates, no se trata de dar cuenta de las cosas como son, o como han sido, sino de prever el futuro y recomendar movimientos bursátiles que traerán riqueza a los espectadores. Porque la riqueza es alegría, y el programa de Gates combina en la ironía oscura de su título (perdido en la traducción local) la perspectiva de la riqueza fácil con la futilidad de la reflexión. Wall Street encuentra a Broadway. Las cosas se complican cuando un joven trabajador, arruinado por un consejo del programa, decide tomar las riendas y secuestrar al conductor. En vivo y en directo.

A partir de ese momento la película cambia, porque el punto de quiebre, la jarana que se transforma en un acto violento, reacomoda todo el planteo inicial. Si la economía, o su espectro, el mundo de las altas finanzas, podía bajar al hogar de los telespectadores bajo forma caricaturesca, entonces un secuestro también acepta título nobiliario de espectáculo. Porque el escenario se desdobla. El estudio en el que el conductor canta y baila y recomienda inversiones se transforma en un terreno de batalla en el cual puede haber muertos, pero no deja de ser un espacio para consumo del público. Y este elemento es el que comprende la productora del programa, que no abandona su puesto porque abandonarlo supondrá dejar de ser. Su ser es su función. Y hasta aquí la riqueza de la película, que de alguna manera condensaba la causticidad de los tres ejemplos citados al principio con la situación de aquel otro clásico llamado Tarde de perros.

Y en ese momento todo se desvanece. La película pasa de ser un gran planteo crítico –a las grandes finanzas, a los mercaderes del templo, los televangelistas de la economía, el capitalismo salvajísimo y a la credulidad de los telespectadores– para desvariar en un muy falso planteo de ribetes policiales. En un movimiento imperdonable, Jodie Foster, la actriz sensible de El silencio de los inocentes y esa directora arriesgada (Little man tate, sobre un niño superdotado en 1991), comete un error imperdonable: apuesta sobre seguro. La película pasa a ser un muy mediocre filme de rehenes, apenas entrecortado por una superejecutiva de intachable honradez que desentraña en unos minutos la perversa agenda de su jefe. Un poco más de suerte tiene la productora que descubre que sus dos patrones –el rating y la decencia– a veces pueden convivir juntos aunque sea por unos minutos. Y por supuesto el malo es castigado, y como siempre se necesita un cordero sacrificable, es fácil imaginar a quién le toca. Pero todo termina bien, porque la televisión al final premia a los buenos, castiga a los malos y recompensa a la audiencia con un final feliz que a todos –productores, locutores, prohombres de la SEC y audiencia imaginaria en la película y real en la sala– contenta. No olvidemos nunca  que la sociedad del espectáculo, es también una sociedad anónima.

 

El maestro del dinero. (Money Monster). USA 2016. Directora Jodie Foster. Con George Clooney, Julia Roberts, Jack o Connel, Dominic West.