• Caracas (Venezuela)

Héctor Concari

Al instante

Tatuados y ecológicos

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“Aquellos que ignoran la historia del cine, están condenados a ver remakes”, sentenció alguna vez Guillermo Cabrera Infante con esa mezcla de ironía y amor por el cine que hace las delicias de sus lectores. El hecho es que la remake, esa visita tardía a un filme ya hecho es un producto privativo del séptimo arte y siempre tiene su cuota de intriga. No se conocen remakes en las otras artes. Pero si una película se hace de nuevo es porque tuvo éxito con el público, pero si se la rehace es porque amerita una mejora, un cambio de época o un secreto placer por hacerla mejor que el original. Una remake es siempre un homenaje parricida, una relación de amor y odio entre el original y su hijastro, un intento de abolir el pasado al tiempo que se intenta mejorarlo. Una competencia loca entre una pretendiente al cetro que pelea hasta la muerte con una Miss que ya llegó a la menopausia.

En 1991, salió Pointbreak, un vehículo para los entonces juveniles Patrick Swayze y Keanu Reeves. El primero lideraba una banda de surfistas que, en sus ratos de ocio atracaban bancos. No contaban con la astucia del segundo, un agente del FBI infiltrado, ni con la pericia de una entonces novata Kathryn Bigelow que seguiría una carrera directorial inquieta e interesante en el género de acción. En todo caso, era un filme entretenido, lleno de acción y humor (los atracadores usaban  máscaras de ex presidentes americanos y los imitaban con desenfado más bien antirrepublicano). Pero pasó el tiempo y el mundo se globalizó y alguien tuvo la feliz idea de tomar aquella película que a estas alturas todos habían olvidado y reflotarla. Y entonces la California original quedó pequeña para las hazañas de los truhanes del comienzo y los productores decidieron que este drama pequeño merecía un estrado planetario y un pretexto. Así que los bandidos de 1991 se transforman en una suerte de ecologistas que han leído el Oráculo del Guerrero y aspiran a ser contratados por Cirque du Soleil, cumpliendo cuatro tareas menos que las de Hércules, con el objeto de alcanzar el Nirvana. Y de paso la película va en 3D, como esas bandas de rock que buscan sustituir el talento con el volumen.

Ocurre que estamos en la era de Youtube y los medios sociales y cualquier acto es, en más contextos de los que uno quisiera, un pretexto para ser carne de tweet. Y la película está hilada con ese criterio. La lógica es difícilmente más congruente que una declaración de Pedro Carreño, pero afortunadamente cada vez que los actores enfrentan la imposible tarea de dialogar, se interpone entre ellos una ola, una avalancha o una montaña más bien alpina que sale al rescate sin más armas que la tercera dimensión. Y ese es un pretexto válido para no abandonar la sala porque el director Ericson Core (un sujeto que tiene en su prontuario la cinematografía de Rápido y furioso en 2001) se dedica a hacer lo único que sabe hacer, y por cierto hace muy bien: hilvanar una detrás de otra acciones espectaculares en paisajes paradisíacos que aluden a la difusa ideología ecológica y libertaria de unos bolichicos que sobre el final se atreven a escalar un Tepuy.

Un filme de dificilísima digestión que hace extrañar la desfachatez y frescura de aquel lejano e inteligente hermano mayor de 1991.

 

Sin límites (Pointbreak). USA.2014. Director Ericson Core. Con Luke Bracey, Edgar Ramírez, Delroy Lindo, Ray Winstone.