• Caracas (Venezuela)

Héctor Concari

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Mad Max contra el colectivo Cirque du Soleil

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La  Guerra Fría fue, en el fondo, muy optimista: asumió que el mundo se terminaría antes que el petróleo. Así lo demuestran todas las utopías  posapocalípticas, desde el primer Planeta de los Simios en 1967, hasta las dos versiones de Yo soy Leyenda de 1964 y 1971, por citar solo un par. La excepción fue la saga australiana Mad Max, surgida en los estertores finales del mundo bipolar. Su primera entrega en 1979 postulaba un universo disfuncional y un Estado carente de autoridad, en el que un policía eficiente y brutal se defendía contra motorizados sanguinarios. Fue un éxito inmediato, que centuplicó los escasos 300.000 dólares que había costado, hizo de un entonces juvenil Mel Gibson y de su director George Miller 2 estrellas, tuvo sus escaramuzas con la censura británica que la consideró demasiado violenta y pretextó una segunda parte.

Mad Max el guerrero de la carretera salió dos años más tarde con un cambio de perspectiva. La acción transcurría cuando el petróleo se había secado y los humanos buenos agrupados en un campamento buscaban defenderse de otros humanos depredadores que los acosaban desde fuera. El tono oscuro de la primera había sido sustituido por la luminosidad del desierto australiano y la película era una estupenda fusión de géneros que incluían la novela de caballería, el road movie heredero del western, las carreras de carros y la ciencia ficción.

Mad Max 3, más allá de la cúpula del trueno salió en 1985 y mantenía la eficacia de la narración, el gusto por personajes torvos que buscaban sobrevivir en un medio hostil, y traía a Tina Turner como Madame de la feroz cúpula del título, sin aportar mucho más a una veta que ya declinaba. Pero los años pasan y el interés por insuflar vino nuevo en  odres ya probados comercialmente hace que el bueno de Max se sacuda la molicie de tres décadas a la sombra y vuelva, amargado, y justiciero, a la sombra de la bella Charlize Theron.

Lo primero que hay que hacer notar es que nunca hubo una gran trama en las aventuras de Mad Max. El talento de Miller estaba en delinear un mundo salido de sus goznes, una nueva Edad Media poblada de seres que habían perdido poco a poco su humanidad aunque siguieran siendo bípedos implumes. Se dividían en dos categorías: los malos eran fácilmente reconocibles, una cruza de pran de Alcatraz con patriota cooperante, los buenos, en cambio, solo buscaban encontrar un oasis en el desierto, algo que les recordara el lugar feliz en el que habían vivido hasta poco antes de la hecatombe. Era un cine de la crueldad, pero ante todo una crueldad visual y nostálgica en la que la lucha por la supervivencia pretextaba frenéticas persecuciones, muertes que deliberadamente buscaban ser espectáculo y protagonistas que no superaban lo epitelial. Tenía a su favor, y esa fue la cualidad que mantuvo a flote la franquicia durante tres entregas, una magnífica composición visual, una precisión envidiable en los golpes de montaje y una inventiva particular para idear vehículos viejos y destartalados que sin embargo funcionaban a toda velocidad y con agilidad pasmosa. Porque el protagonista final de toda la empresa era el movimiento, intenso, indetenible dentro del cual los personajes se movían como caricaturas. En tal sentido, la única novedad en esta nueva entrega es el fabuloso avance de la tecnología fílmica que permite un ritmo visual y unas composiciones memorables.

Es cierto que el desierto siempre fue algo más que un paisaje, era el territorio existencial en el que sobrevivían los pocos humanos que quedaban. Aquí ese desierto parece cobrar vida, es un actor más en una trama que, una vez más, se oculta tras las persecuciones, los tiros y los personajes que todavía algo tienen de humanos. Porque Max se enfrenta ahora a Inmortan Joe, un enchufado que bachaquea con el agua de sus súbditos y tiene a su mando un colectivo de equilibristas motorizados que persiguen a Imperator Furiosa, una excolega que los ha traicionado llevándose en su camión  las concubinas de Joe. Hay pocos diálogos en la película, probablemente porque están de más.

Lo único que importa es que la acción se mueva, que perseguidos y perseguidores se internen en el desierto, sabiendo que pertenecen a un mundo en el que toda lógica ha sido abandonada con el hundimiento y que el espectador está a merced de esa avalancha visual de carros en movimiento, acróbatas que saltan de uno a otro, olas de arena que engloban a los protagonistas, paisajes gélidos que transmiten la sensación de que todo está perdido y el género humano terminará muy mal. No deja de ser una cosmovisión sencilla, pobre y sin mayor vuelo, pero al fin y al cabo el cine es el arte del movimiento y la luz y en este terreno Max reina con furia.

 

Mad Max  (Mad max Fury road). USA. 2015. Director George Miller. Con Tom Hardy, Charlize Theron, Nicholas Hoult, Josh Hellman.