• Caracas (Venezuela)

Héctor Concari

Al instante

Leonardo Favio, un incorregible

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Vale la pena tomar como pretexto el documental Favio, la estética de la ternura para revisar la obra –ambiciosa, irregular, variopinta– de uno de los personajes más interesantes del cine latinoamericano. Leonardo Favio (1938-2012)  es injustamente más conocido, como peor cantante que como muy estimable director de cine. Jorge Luis Borges decía de los peronistas, que “no son ni buenos ni malos, son incorregibles”. Favio padecía ese mal ideológico (de alguna forma hay que llamarlo), pero para beneficio de los espectadores, y siguiendo la descripción de Borges, era incorregible. Por eso su obra es ante todo, un testimonio a la tenacidad, a los golpes de genio con los cuales describía esa Argentina herida de los 60, o se internaba en la historia para recrear el mito de Juan Moreira, la fábula de Nazareno en clave rosa, para volver con la ferocidad del derrotado en Gatica el Mono, o documentar el peronismo como lo que es, una pasión y nunca una ideología en Perón, sinfonía del sentimiento.

Favio fue un niño abandonado, y entró al cine como actor de la mano de un director icónico, rebelde y siempre interesante llamado Leopoldo Torre Nilson en 1958 con El secuestrador. Esta película es importante no tanto por el Favio actor en un papel secundario, sino porque el tema de la niñez abandonada, en un contexto de inimaginable crueldad era una buena metáfora del país de  los pobres que habían perdido a su líder (Perón cae en el 55), sino un preludio de una opera prima que llegaría siete años más tarde y haría historia: Crónica de un niño solo. Favio volvía a contar la historia desde el punto de vista de un niño en situación de abandono, en una cuidada fotografía en  blanco y negro. Era un film de naturalismo extremo, con el cual el cine latinoamericano sellaba su matrimonio con el neorrealismo italiano, aquella escuela que le enseñó al cine a mirar la realidad de frente. Pero había algo más que la simple y autobiográfica anécdota y en ello residía el genio de Favio. En la película convivían la crueldad disfrazada de indiferencia de los funcionarios, la desgracia de una infancia desvalida que no sabía como defenderse sino con la violencia y, por extensión el juicio a un sistema que permitía todo ello. Al año siguiente, El romance del Aniceto y la Francisca, como quedó trunco y comenzó la tristeza era un nuevo ejercicio de cine social, pero la óptica cambiaba. Tras el seco realismo y una anécdota tenue y de moralina fácil –un gallero que se enamora de una muchacha buena, pero la engaña y luego descubre su error cuando ya es tarde– Favio dejaba entrever un mundo de sueños simples que la realidad opacaba, unos seres que hubieran podido ser mejores si el mundo no hubiera sido tan injusto.

En 1969 esta línea imaginativa recortándose sobre un paisaje social despiadado, se hacía más férrea con El dependiente, la historia de un pequeño empleado de ferretería que soñaba con quedarse con el negocio y pasar a tener una vida distinta. Favio perseveraba en su ascetismo, en personajes y dramas mínimos, que carecían de toda estridencia, salvo la crueldad última de querer soñar con una vida apenas distinta del entorno mísero y mínimo que ocupaban.

En 1970 un movimiento guerrillero se dio a conocer en Argentina con el secuestro y ejecución de uno de los artífices del golpe contra Perón. Nacieron los Montoneros y el retorno del viejo general empezó a delinearse como una posibilidad firme. Fue  entonces en ese medio político crispado y violento que ocurrió la catástrofe.

Favio empezó a cantar.

Algunos, los más benévolos, dicen que para financiar sus películas.  Lo cierto es que no eran tiempos fáciles para un director tan comprometido socialmente y de alguna forma tortuosa, el Favio cantor y cursi era la antítesis del Favio talentoso, creativo, hundido en los remezones políticos del país.

Volvió Perón, y durante la brevísima presidencia de Cámpora, Favio filmó un viejo proyecto. Su Juan Moreira reflejaba los tiempos primaverales, apenas oscurecidos por alguna matanza entre facciones opuestas de la tribu, de las cuales Favio, como maestro de ceremonias del regreso del líder, fue protagonista de excepción. Pero su película era operática, grandiosa, recreadora de un mito y de un rebelde sin futuro, pero con la historia a su favor. Luego vinieron obras sin importancia hasta un retorno merecido con una obra mayor. Gatica el mono, en 1993 era mucho menos un biopic del célebre boxeador, que una crónica del auge y la caída del peronismo. Para disfrute de sus seguidores, ahí estaba de nuevo el incorregible y auténtico Favio, tierno, descarnado, con personajes que cargaban un halo de derrota pero que no podían dejar de dar la batalla aunque supieran el resultado final. Luego vino el anotado testimonial  sobre Perón visto a la distancia, y una versión musical del Aniceto de inusitada belleza plástica.

No es una obra regular la de Favio, ni fácilmente defendible. En él convivía lo mejor y lo peor de un país contradictorio, frustrado y fascinante, que no en vano evadía sistemáticamente su realidad para producir la mejor literatura fantástica del continente. Y en esto también Favio era tenaz e incorregible, siempre con un pie en la realidad, y el otro en los sueños de los personajes.