• Caracas (Venezuela)

Héctor Concari

Al instante

Imprescindible, en estos tiempos

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“El infierno es la verdad, cuando se la ve muy tarde”, la cita es del Leviathan de Thomas Hobbes, y es un buen corolario de estos últimos dieciséis años, pero el Leviathan del título remite además al Viejo Testamento. Es una ballena, por extensión un monstruo marino, que en el libro de Job es visto como el mayor poder concebible sobre la tierra. La película del ruso Andrey Zyagintsev abrevará en estas dos referencias para contar una historia, si se quiere mínima, que el libreto desnudará en sus hilachas más íntimas para transformarla en un drama de proporciones bíblicas.

Un humilde mecánico ve expropiada su pequeña casa. Resiste, por supuesto, con la ayuda de un abogado venido desde Moscú para ayudarlo, pero sencillamente puede muy poco frente al mayor poder concebible en el mundo. La ironía es que ese poder es enorme en relación con la pequeñez del mundo de Kolya. Estamos hablando del conflicto de un alcalde de un pueblo perdido e inidentificable en la Rusia contemporánea frente a un pobre ciudadano. Aun así es esa pequeñez la que revela la enormidad del monstruo. Porque todos somos pequeños frente a un Estado omnívoro, capaz de materializarse en los caprichos de cualquier funcionario.

Uno podría pensar que el filme se nutre del cine de denuncia, que tan popular fue en su momento. La sorpresa es mayúscula porque el director elige, para desnudar un drama que en su sustrato último es político, las armas expresivas menos políticas a las que puede echar mano. Empezando por esos paisajes gélidos que parecen enlentecer la acción, quitarle el ritmo trepidante que la indignación y la adrenalina generan. Más bien el “tempo” es pausado, las acciones se decantan con la lentitud propia del terreno y de la gente. Pero mejor aún, la arbitrariedad del alcalde dispara al mismo tiempo, y esta es la óptica de la película, el drama íntimo y humano del que se ve avasallado por el Estado.

¿Verdad que suena a lugar común? Porque el problema no es el abuso de autoridad visto en abstracto y en toda su indignidad. Antes que eso está la vida de todos los días que será borrada de la faz de la tierra por un simple acto administrativo, dictado en una oficina de burocrático mal gusto, por un funcionario caprichoso. Ni siquiera sabemos el motivo, algunos dicen que para poner una antena de televisión, otros para sencillamente quedarse con la tierra, y solo al final sabemos que es para construir una iglesia en la que se pronunciará un infame e hipócrita sermón final.

¿Cinismo o hipocresía? A menudo los términos se citan como sinónimos cuando en realidad son antitéticos. Cínico es quien detenta el poder y se ríe de los que lo padecen, hipócrita es el obispo ortodoxo que justifica los desplantes. En un contexto autoritario ambos movimientos se complementan, uno aporreando, el otro justificando. En el medio está ese pobre ciudadano, víctima del poder, arrastrado en un giro policial de todo el asunto a la cárcel, acusado de un crimen que no cometió pero que el poder le cuelga del cuello.

No hay conclusiones en la película, más bien hay imágenes de insólito poder, como una salida a disparar con armas de fuego mientras el vodka casero corre sabroso, o el esqueleto de una ballena inverosímilmente ubicada en tierra, a la vista del hijo. La película es una reivindicación de la resistencia ante el poder, pero antes que eso es una crónica de la pequeñez, de los dramas humanos de la gente pequeña, a los que la literatura rusa es tan afecta. Y es precisamente porque la descripción es tan justa, porque el poder es relegado al estatus de contexto monstruoso, que la película funciona tan bien y que el drama, local, mínimo, insólitamente doméstico en su pequeñez, se transforma en universal.

No hay mayor poder material en la tierra que el del Estado, e importa poco que esa maquinaria infernal sea la de una superpotencia o la de una alcaldía perdida. Los dramas que desencadena son a escala cataclísmicos en relación con la vida del ciudadano que los padece. Y es aquí donde Leviathan deja de ser político para devenir una reflexión mayor sobre la condición humana. Porque no hay solución, al menos en el filme, al cinismo del poder o la hipocresía de los que lo justifican. Apenas un sermón terrible que opera como una última palada de tierra. Una película mayor en cualquier circunstancia, pero que la circunstancias actuales tornan imprescindible.

 

Leviathan. Rusia.2014. Director Andrey Zyagintsev. Con Aleksei Serebryakov, Elena Lyadova, Vladimir Vdovichenkov, Roman Madyanov.