• Caracas (Venezuela)

Héctor Concari

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Hannibal, la serie

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El imaginario criminal del siglo XX comienza antes de tiempo gracias a un buen vecino del barrio de Whitechapel, en  Londres. Entre 1881 y 1891, Jack el Destripador, el primer asesino serial de la historia, destaza 11 mujeres de la vida alegre antes de perderse en un mar de conjeturas que se  mantiene hasta hoy. Detrás de él vendrían, en el cine, el Lodger, un temprano homenaje mudo a su figura de un prometedor talento llamado Alfred Hitchcock, en 1927, M el vampiro de Dusseldorf de Fritz Lang, en 1931, y una larga serie de personajes torvos: el estrangulador de Boston, el asesino de la corbata del mismo Hitchcock en Frenesí y muchísimos más. Al final de la centuria, todos ellos encontrarían una cristalización del mal en El silencio de los inocentes, un filme que arrasaría con los oscares de 1991 y de paso terminaría de consagrar al mayúsculo Anthony Hopkins.

En realidad la película traía por segunda vez a la pantalla al Dr. Hannibal Lecter, que sin éxito había intentado seducir al espectador en un filme estimable, Cazador de hombres en 1986. La novedad no era solo el personaje, un dandy y gourmet de inteligencia superior que devoraba a sus víctimas, sino la técnica del FBI para perseguir asesinos seriales, a través de una palabrita que daría que hablar, el profiling. La práctica fue desarrollada por un tal John Douglas que la describe en un libro apasionante (Mindhunter/ Cazador de mentes) que cuenta sus historias como fundador de la Unidad de Ciencias de la Conducta, de la Academia del Bureau en Quantico. (Douglas, de paso fue el modelo para Jack Crawford, el perseguidor y némesis de Lecter).

La técnica en cuestión, el profiling famoso, consiste en ponerse en el lugar del cazador, entrar en la mente del asesino, pensar como él y descubrir qué es lo que lo excita, impulsa a matar e identificar a sus víctimas. Desde el punto de vista narrativo, es una inversión de los códigos del género policial, que siempre trabajó sobre motivos y circunstancias diarias y tangibles, y ahora debe dar un salto a lo imaginario. Desde el punto de vista del lado bueno de la ley, es un paso hacia el mal, para identificarse con el perseguidor que ahora es su presa. En todo caso, y para volver a la película, su éxito provocó una tercera entrega (Hannibal, en 2001), una remake del fracaso de taquilla original (Dragon Rojo en 2002), un desastroso retorno a su infancia (Hannibal Rising en 2007) y ahora, gracias a Netflix, la serie.

La misma se ve con agrado (es un decir, en realidad cada capítulo es una catarata de cuerpos destrozados y un paseo por la fisiología del mal), porque bebe de dos o tres obsesiones que fundamentaban el libro de Douglas desde la realidad y las novelas de Thomas Harris y películas que le siguieron.

La primera es que no se coquetea con la zona opaca de la razón humana impunemente. El pobre Douglas terminó enloqueciendo, como enloquece su alter ego, el investigador Will Graham, de tanto ponerse en el lugar de los asesinos seriales. Tristemente es esta capacidad, que bordea el trance de penetrar una mente, la que le hace un inmejorable para el FBI. La segunda es la personalidad y el papel de Lecter, que, curiosamente, no es una figura principal, sino más bien un testigo privilegiado, un ser tenebroso que mueve los hilos desde la sombra de su estudio, a veces guiando, y más a menudo descarrilando las investigaciones. En todo caso, siempre lucen más interesantes estas dos obsesiones subyacentes de la serie, que la ingeniosa perversidad de los sociópatas de cada capítulo. Una serie para disfrutar, lejos de las horas de comida.

 

Hannibal. Desarrollada por Bryan Fuller. Con Hugh Dancy, Mads Mikkelsen, Lawrence Fishburne, Gillian Anderson.