• Caracas (Venezuela)

Héctor Concari

Al instante

Si Groucho Marx ha muerto, todo esta permitido

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“Todo es fortuito, salvo el azar”, dijo alguna vez Eric Rohmer, uno de los directores más interesantes de la historia. Es concebible pensar que la “boutade” se refería a ‘’ Extraños en un tren’’ una novela de Patricia Highsmith transmutada en una obra maestra por Alfred Hitchcock, a quien Rohmer admiraba. Dos desconocidos intercambian crímenes, de tal forma que el móvil se desvanecería y ambos podrían disfrutar de una nueva vida. La introducción, de por sí, contenía la cita de Rohmer: en una estación de tren, los pies de los pasajeros se confundían unos con otros, hasta que subían al vagón y luego eran las distintas vías del tren las que confluían o se separaban, unciendo los destinos de dos desconocidos y alejando otros. Este dispositivo policial impecable (si no hay motivo, no hay vínculo entre la víctima y el criminal) está en la base de este hombre irracional, que presenta el prolífico Woody Allen. Solo que en la trama, se ha colado, como quien no quiere la cosa, Fedor Dostoievski. Aquí un profesor de filosofía en desgracia, comienza dos relaciones amorosas simultáneas con una colega y una estudiante. Sin pensarlo mucho, salvo mencionar la  despreciable falsa oposición entre los libros y la vida, el filósofo pasa a cometer un crimen que beneficiará a una desconocida y presentará ante su amante más joven, una prueba irrefutable de omnipotencia. Se sabe, si Groucho Marx ha muerto, todo está permitido. Conviene decir algo del Woody Allen de los últimos años. Su cine ha adquirido una fluidez narrativa, que escamotea la originalidad en provecho del disfrute. Pero tiene, además, un rasgo típico de Allen: una soltura para presentar las tramas más enrevesadas con una sencillez que da escalofríos, y un placer por presentar la maldad, con rasgos cotidianos  de banalidad que transforman a sus personajes en monstruos (como lo eran, por ejemplo,  los amantes furtivos de Manhattan o el marido asesino de Crímenes y pecados). Porque, en su veta dramática, Allen siempre pone de relieve  una diferencia básica entre la mera novela policial y el drama existencial. Las primeras se enfocan en la peripecia (el crimen, el móvil, las interacciones de los personajes). Frente a ellas, o más bien gracias a ellas el extranjero de Camus, los poseídos de Dostoievski y en este caso, los personajes de Allen, saltan en algún momento, a través de la simplicidad de lo cotidiano, a codearse con el Mal, la rueda de la fortuna o las elecciones absolutas. Lo curioso es que, esa soltura narrativa ya anotada, es la contracara expresiva de la ligereza con que estas categorías mayores son abordadas. “La mejor forma de librarse de una tentación es sucumbir a ella”, decía la reveladora frivolidad de Oscar Wilde. El hecho es que lo que transforma este falso policial (como falsos policiales eran los previos Matchpoint o El sueño de Casandra) en un film de horror moral, es la mezcla de absurdo y falta de escrúpulos en que se mueven los personajes. El nombre de Groucho Marx viene a cuento porque ese humor absurdo, inaugurado por los Marx (“O mi reloj se detuvo o este tipo está muerto”, decía Groucho auscultando un cadáver) cala lejanamente en este film de horror existencial en el que los amores se intercambian y los destinos se deciden en una mesa de café, sin pensar que esos actos pequeños terminan armando una trama grotesca que apunta siempre a un destino ominoso que ha sido fijado de antemano, como comentaba el coro griego de “Poderosa afrodita“, aquella comedia del director que también subrayaba las distintas trampas del destino. El título es equívoco, porque los distintos actos de los personajes parecen discurrir lógicamente, al menos en su aspecto narrativo. Pero el subtexto es cualquier cosa menos racional y pone de relieve la profunda impulsividad de toda la trama macabra del asunto. Por eso el momento del crimen en Allen, siempre es fugaz, como desconocidas, son , en general , las víctimas, apenas un pretexto para el momento de la caída. La racionalidad, si existe parece estar fuera de la acción y los personajes que la precipitan. Parece haber siempre un destino, oscuro, inconcebible para los que lo habitan y precipitan, dice Allen, cuyas líneas solo pueden ser leídas por los espectadores, una vez que la película ha terminado.

Hombre irracional. (Irrational Man). USA.2015. Director Woody Allen. Con Joaquin Phoenix, Emma Stone, Parker Posey.