• Caracas (Venezuela)

Héctor Concari

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Cronenberg ataca de nuevo

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Hay un pacto tácito que el canadiense David Cronenberg establece con sus espectadores. Todas sus películas son, de forma tácita o explícita, una agresión. El director ha hecho de explorar las zonas más oscuras del ser humano una forma de apelar a pulsiones primarias, terrores que duermen ahí donde las palabras no necesariamente alcanzan y aguas que se agitan en límites de lo humano que meten miedo porque, precisamente, conservan un resquicio de humanidad.

Que hablemos de mutantes capaces de hacer estallar a los humanos en la temprana Scanners (1981), el diplomático francés que ignoraba estar casado con un travesti en M Butterfly (1993) o la fascinación por los cuerpos mutilados de Crash (1996) importa poco. Lo cierto es que de estas aventuras que guardaban un cierto respeto por normas del género, el director ha ido progresando hacia historias bastante más cerebrales, abstractas, pero eso sí, siempre fascinantes.

Un método peligroso, hace cuatro años, hablaba de un triángulo de traiciones y atracciones entre Freud, Jung y una paciente/discípula; Cosmópolis,  la entrega siguiente, descargaba su crueldad sobre un mundo anómico, despojado de toda lógica. Polvo de estrellas (Maps to the Stars) vuelve sobre este punto, pero esta vez centrado en su aspecto imaginario, en Hollywood, y en su arquitectura espiritual: el mundo de las estrellas. Porque el título original habla de los mapas a las estrellas, generando la idea de visión despojada, lejana e ideal, pero también de ruta hacia el ser de una estrella, territorio miserable y cruel, fácilmente predilecto del director.

Todo tiene que ver con la ambición, con esa pulsión de las estrellas o los aspirantes para ubicarse en un lugar central del imaginario colectivo, siendo modelos de las esperanzas de tantos de ser diferentes y conocidos. Ocurre que esa ubicación es, ante todo, un gran vacío, porque detrás de las estrellas hay muy poco más que una nada imaginaria que la industria sostiene. Lo que realmente cuenta es lo que hay detrás de esa imagen admirada y es ahí hacia donde apunta Cronenberg.

Hay una lista de personajes que arrastran historias terribles detrás de su fama o en la búsqueda de esta: hijos de un incesto, esquizofrénicos que sufren quemaduras autoinfligidas, niños famosos de imposible ruindad, que van desgranando una historia que los abraza y los revela en un contexto monstruoso. Lo más terrible de estos seres, que a gatas si pueden ocultar su envidia, sus mezquindades pequeñas o grandes o su búsqueda del triunfo a como dé lugar, es que son de una belleza digna de sus papeles. Pero, y con esto Cronenberg agrega otra vuelta de tuerca perversa a su fábula, esta belleza es efímera. No en vano la historia se articula con base en el remake de una película vieja llamada Aguas robadas sobre la madre de la protagonista.

Ocurre que hay una nueva etapa de la monstruosidad que el director ha ido acorralando en su filmografía, están los anotados mutantes, pero también los científicos mellizos que torturaban la mente de una víctima, gánsteres rusos de inconcebible maldad, psicoanalistas o billonarios especuladores. Ahora le ha llegado el turno a las estrellas y esa tortuosidad no es otra que la de su belleza, o mejor aún la vacua imagen de impoluta perfección que deben exhibir a toda hora. Pero todo es un paisaje frágil que se desvanece ya sea por efecto de posibles imprudencias (dispararle a un perro, o quemar su casa, o casarse con una hermana desconocida) o porque inevitablemente el tiempo, el implacable, no dejará de hacer un trabajo paciente e irremisible.

Lo peor del caso es que no hay redención posible en el cine de Cronenberg, en el que siempre habita la tragedia. Los personajes son lo que son, efecto de la herencia, del mundo en el que les ha tocado vivir. Es cierto que buscan rebelarse, en este caso visitando a un niño con una enfermedad terminal, pero también es cierto que esos artilugios ni han funcionado ni funcionarán. Es un mundo perverso  en el cual Hollywood, el mundo del cine y de las marionetas que lo habitan, es apenas una de sus emergencias. Acaso la más notoria, sin duda la más vacía. Sin ningún tipo de dudas la más mezquina de todas. Una joya en envoltorio de privilegiado pesimismo.

 

Polvo de estrellas (Maps to the Stars)

Estados Unidos, 2014

Director: David Cronenberg

Con Julianne Moore, Mia Wasikowska, John Cusack, Evan Bird