• Caracas (Venezuela)

Harold Ballesteros

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La venida del hombre blanco al continente americano, en principio a lo que posteriormente llamarían cuenca del Caribe, se constituyó en el encuentro de tres grandes universos con historias y culturas diversas, dándole a esta región la especial condición de un espacio multicultural que a lo largo de su violenta historia y en un marcado proceso de hibridación cultural o negociación de culturas ha tendido un puente hacia la construcción de una hoja de ruta que conduce a nuevos discursos elaborados a partir de múltiples y fragmentarios relatos y visiones de mundo que darán como resultante el discurso intercultural. El sociólogo Francisco Avella Esquivel dice al respecto:

 “La cuenca del Gran Caribe, tal vez el más grande crisol de culturas del planeta, y el mixer cultural más importante de la historia, pues todo lo que ingresa a su territorio, lo integra, lo vuelve suyo, lo vuelve caribe, desde la economía y la política, hasta la música (me gusta más el “let it be” de Celia Cruz que el de los mismos Beatles), así haya tenido como origen Europa, África, Asia o, como en mi caso personal, la región Andina” (Avella, 1996).

En el Caribe se da lugar no solo el encuentro con el habitante de esta región de las Indias Occidentales sino que también se produce la emergencia del “otro” como oposición al “próximo” o “prójimo”, a quien se minimizó tratándolo de caníbal en respuesta a la crisis que se produjo en Europa al no encontrarlo reseñado en el libro sagrado de los cristianos, como un ejercicio de dominio hegemónico.

La economía de plantación impuesta por el blanco europeo, más las enfermedades venéreas, más la gripa, más las extenuantes jornadas de trabajo lograron diezmar la población indígena y, en consecuencia, surgió la necesidad de reemplazarla por hombres traídos de África y luego esclavizados en este continente y quienes, como dice Benítez Rojo en La isla que se repite (1989) permearon los más profundos cimientos de la recién inaugurada historia del Gran Caribe y cargaron sobre sus hombros no solo la pesada carga del cultivo de la caña de azúcar sino también el mestizaje con todas sus implicaciones: nuevos imaginarios, nuevas gastronomía, nuevas músicas, nueva religiosidad. Por las calles de La Española, de Haití, del Cabo, de La Habana, los viajeros vieron caminando a Bachué de la mano de Changó o de san Lázaro. El escritor colombiano Williams Ospina, en Las auroras de sangre, se lamenta de que los “próximos”, los escritores y poetas que vinieron al continente como escribanos, salvo Juan de Castellanos, en plena conquista no hubiesen cantado su magnitud y la enorme importancia que representó la instantánea que cambió el rumbo de la historia:

Un fenómeno de esa magnitud, que supuso el trasplante de razas enteras y la mutación de costumbres y lenguas, y que inauguraba un mundo, tendría que haber dejado una vasta poesía. Yo me preguntaba en mi infancia por qué nosotros no habíamos recibido como legado siquiera unos versos que nos ayudaran a conservar un eco de esas jornadas terribles, unas páginas melodiosas y conmovidas que nos permitieran aprender algo valioso y perdurable de aquellas auroras de sangre (Ospina, 1998: 20).        

Nadie escuchó las preguntas de Ti Noel acerca de sus antepasados mientras seguía sumiso los pasos de su amo blanco, pero nadie olvidará a Mackandal, hijo legítimo de Changó, el día que metió su mano en el aceite caliente para sacar una fritura y llevársela a la boca sin siquiera quemarse los labios, menos los amos que lo llevaron a la hoguera y lo vieron luego espigarse entre las llamas y los negros aclamando a voz en cuello el milagro de la resurrección. Tampoco olvidarán al negro que llegó de Cartagena de Indias contando de la insurrección en esa parte del mundo mientras se escuchaba el sonido profundo de los caracoles llamando a los esclavos a comenzar la guerra (Carpentier, 2010).

Muchos años después cuando los patriotas habían expulsado al imperio y en las filas del Ejército libertador apenas se reconocía la brava intervención de los negros esclavos y las promesas de Bolívar de declararlos hombres libres se iba desvaneciendo en la memoria de la nuevas élites, los palenques del Caribe y los esteros del litoral pacífico abrían sus brazos de mangle para recibirlos como a un ejército de vencidos. El éxodo había comenzado. Sin embargo, las luchas entre las nuevas élites por quiénes asumían el control del poder y ocupaban los puestos y la tierra, los llevó por el camino de nueve guerras civiles que llenaron de sangre el siglo XIX y en las postrimerías de este una guerra de tres años, la Guerra de los Mil días, una guerra cruenta y fratricida que llevó a unos a marcharse a la periferia más profunda del país y a otros a instalarse en las capitales provinciales.

Al rayar el alba del siglo XX, esos pequeños villorrios que caricaturizaban las ciudades europeas, Barranquilla, por ejemplo, se fueron llenando de hombres de todos los colores y múltiples culturas, no solo oriundos de la periferia del interior del país sino también una segunda oleada de europeos en busca de nuevos mercados; judíos sefardíes y sirio libaneses con pasaporte turco, producto de la invasión otomana.

“Macondo era entonces una aldea de veinte casas de barro y caña brava construidas a la orilla de un río de aguas diáfanas que se precipitaban por un lecho de piedras pulidas, blancas y enormes como huevos prehistóricos. El mundo era tan reciente, que muchas cosas carecían de nombre, y para nombrarlas había que señalarlas con el dedo” (García Márquez, 2001: 1). 

Barranquilla, la ciudad más importante del Caribe colombiano entre finales del siglo XIX y principios del XX dejó de ser la aldea de los indios Camacho y pasó a ser la ciudad de los alemanes con sus barcos de vapor navegando por el río Magdalena; de los italianos apresando y eternizando colores y rostros de la ciudad entre el daguerrotipo y la fotografía; los sirio-libaneses llenando de géneros de todos los colores los cuerpos de todas las etnias bronceados por la canícula; los anglosajones, transgrediendo la costumbre de las casas de enea y barro, construyendo con ecléctica arquitectura la nostalgia aristocrática de plebeya y recién formada nueva élite de la urbe barranquillera, legitimándose como ciudadanos pioneros de primera entre las cortinas aterciopeladas de los clubes y reafirmando su desvarío en el recién inaugurado barrio, para solaz de las élites, con una tablilla en madera que rezaba: “Bienvenidos al aristocrático barrio el Prado”.

Lo que hoy es el “esplendor de la ruina” ayer fue el pasajero encantamiento de la metrópoli que se encumbraba con sus factorías y ofrecía el sueño caribeño que podría decir: ¡Venga a Barranquilla y será libre! Y acudieron a ella miles de hombres venidos de todos los rincones del país, no solo en busca de trabajo sino también en busca de salvarse de la muerte que ofrecían las guerras civiles y los enfrentamientos entre liberales y conservadores, más las no declaradas que culminaron con el asesinato, desde el Estado, del caudillo liberal Jorge Eliécer Gaitán.

Los enfrentamientos políticos entre los partidos Liberal y Conservador arrastraron a los hombres de un país que se debatía entre los pliegues del feudalismo a vaciarse en hordas sobre las nacientes ciudades y aumentar su población de manera exponencial.

“Macondo estaba transformado. Las gentes que llegaron con Úrsula divulgaron la buena calidad de su suelo y su posición privilegiada con respecto a la ciénaga, de modo que la escueta aldea de otro tiempo se convirtió muy pronto en un pueblo activo, con tiendas y talleres de artesanía, y una ruta de comercio permanente por donde llegaron los primeros árabes de pantuflas y argollas en las orejas, cambiando collares de vidrio por guacamayas” (García Márquez, 2001:37).  

El ciudadano “pionero”, inmigrante extranjero, instalado en Barranquilla, la única ciudad de Colombia que no fue fundada, sino poblada y erigida como un “sitio de libres”, se instaló con su carga cultural en lo que hoy conocemos como Centro Histórico, mientras los nativos indígenas, los negros libertos y los inmigrantes internos se ubicaron en la periferia de la ciudad y con el paso del tiempo vio surgir, de entre la diversidad de etnias y culturas, los grandes suburbios.

Sin embargo, fue entre el ocaso del siglo XX y la primera década del XXI, cuando los procesos de construcción intercultural caminaban a pasos más o menos sostenidos entre semánticas de disenso, contrariando al obligado consenso que trataban de imponer las élites bajo sus principios de dominación hegemónicos, el paisaje urbano de Colombia fue asaltado por los “bárbaros”, campesinos que comenzaron a deambular como zombis por todos los rincones y “amenazar” la estabilidad de los venidos de igual manera en otros tiempos. Y ya no fueron miles, ahora eran millones de rostros borrados como por goma de mascar, parafraseando a Sabato el día que observó el rostro de Borges cuando cruzaba una calle de Buenos Aires.

Nadie podría imaginar que un problema como el de la tierra, resuelto hace mucho tiempo por la sociedad liberal, mostrara con tanta fuerza su máquina asesina para llevar a cabo una reforma agraria a sangre y fuego para apoderarse de las tierras de los pequeños y medianos productores del campo y arrastrándolos en masa a las ciudades y obligados a incorporarse al ejército de desocupados, a los habitantes de los suburbios y a adquirir su carta de ciudadanía en el espacio público. El número de desplazados en Colombia en el año 2011 por efecto de la violencia llegó a 259.146, con lo que la cifra total asciende a 5.445.406, según denunció la Consultoría para los Derechos Humanos y el Desplazamiento.

Barranquilla fue el mayor receptor de desplazados del país y del Caribe colombiano. La inicial tensión entre pioneros y desplazados más recientes hizo que surgieran organizaciones de base, generados por los propios desplazados y personas en estado de vulnerabilidad, que permitieron tender puentes de solidaridad que partieron del reconocimiento a la existencia del otro en el mismo territorio, el respeto a la diferencia y la inclusión. La negociación no fue fácil. Los lazos de amistad comenzaron con actos de violencia de todos los calibres. La desconfianza entre vecinos se hizo manifiesta entre riñas callejeras y asesinatos por la territorialidad y legitimación como ciudadanos. Los lugares públicos comenzaron a resignificarse; dejaron de ser mapas cartesianos para convertirse en territorios cada vez más amplios. La premodernidad mental tendrá que aprender a coexistir y convivir con la modernidad espiritual, la ciudad contemporánea ha pasado del eurocentrismo como puesta en escena de calles y avenidas impersonales y un paisaje para ser visto y no habitado, a la asunción de un ciudadano al que la violencia no le dio tiempo de regodearse entre los cultivos de cemento y llegó preguntando dónde estaba su sitio para ocuparlo, dónde el “otro” para compartir sus secretos.

Jesús Martín Barbero (2002: 17) considera al respecto que Colombia requiere:

“…Un relato que posibilite a los colombianos de todas las clases, razas, etnias, y regiones, ubicar sus experiencias cotidianas en una mínima trama compartida de duelos y de logros. Un relato que deje de colocar la violencia en la subhistoria de las catástrofes naturales, la de los cataclismos, o los puros revanchismos de facciones movidas por intereses irreconciliables, y empiece a tejer una memoria común, que como toda memoria social y cultural será siempre una memoria conflictiva pero anudadora”.

Como en el “Sueño de las escalinatas” (Zalamea), todos habrán de llegar hasta los peldaños más altos a compartir sus sueños y su pan, a construir un altar dónde depositar el corazón como ofrenda. Entonces Macondo tendrá una nueva oportunidad sobre la tierra.

 

*Colombia

 

Alex Fergusson A Tres manos