• Caracas (Venezuela)

Hannia Gómez

Al instante

Sí: la naturaleza se opone

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“A la gente no se le puede cambiar la fisonomía de sus ciudades

hasta hacerlas irreconocibles, ni siquiera si es supuestamente para mejor

(y casi nunca lo es)”.

Javier Marías. Demasiada nieve alrededor. (1)

 

1. El antiorden

Espantados hemos recorrido los últimos adelantos de la siniestra ampliación de la autopista Valle-Coche (alguien sabe quién pidió por ella?), último reducto y zarpazo del atraso antediluviano de la gestión conjunta de dos carteras del gobierno que se quedaron anquilosadas en los antiurbanas décadas de los años setenta y ochenta: el Ministerio de Transporte y Obras Públicas y el Ministerio de Ecosocialismo y Agua (?), que en estos mismos momentos están sepultando el inmemorial río del Valle de la Pascua “el segundo río más caudaloso de la ciudad de Caracas y principal afluente del río Guaire” (2). Es decir: están enterrando a la vez el paisaje, la geografía y la hidrografía natural, la identidad, las oportunidades futuras y la memoria urbana del valle de Caracas en aras de agregar… ¡un vulgar canal más a la autopista! ¡Qué albur!

Ingenieros, calculistas, funcionarios, constructores, ministros todos: ustedes tienen responsabilidad y deberán responder ante la ciudad por este exabrupto. Si los ciudadanos no logran detener esta atrocidad (cosa que aún es posible), no les quepa duda de que ¡un día lo harán demoler! Pero es que, en serio, queridos míos, ¿es que ustedes realmente creen que con esta pistica de Scalextric (horrendamente a punto de ser adosada, por lo demás, a las bellas estructuras de los años sesenta del distribuidor El Pulpo, desfigurándolo, y por ende cometiendo un crimen adicional contra el patrimonio moderno de Caracas) van a resolver el tráfico que viene del suroeste? ¡Por Dios!

Voceros de los automóviles, apóstoles del transporte personal automotor, del atraso flagrante en tiempos en que todas las metrópolis del mundo están justamente haciendo lo contrario: “Implosionando sus superestructuras viales para dar paso a más lentas, verdes y peatonalizadas avenidas urbanas que rindan a las ciudades amables y desenterrando –no sepultando– los ríos interurbanos para devolverles sus cauces naturales”: ustedes no engañarán a Caracas (3). Lo que construyen aquí no es progreso, aunque mucho lo pregonen a los cuatro vientos: es destrucción innecesaria y arbitraria. La ciudad necesita menos carros y más transporte público: la gente clama por ello. Y no hablemos de todas las denuncias que se están haciendo en contra de esta obra por todas partes, reclamando la obstrucción de la vía de agua, penada en al Ley del Ambiente y la supuesta falta de un estudio de impacto ambiental (4, 5).

Allí, en el cauce del apacible río, una vez llamado “Turmero”, todavía las riberas se mantienen verdes con brotes de gramíneas salvajes, de una exuberante belleza. Aún es bello el río El Valle, aún está a cielo abierto, como Dios manda: ¡corran todos a verlo! Nunca fue un problema para nadie. Más bien: fue motivo de orgullo y origen del genio del lugar. Las cilíndricas pilas que están emergiendo monstruosamente a lo largo del último tramo fluvial en todo su centro, ocupan un tercio del canalizado cauce. Como una pesadilla. Elevando sus cabillas al sol, el nuevo antiorden arquitectónico amenaza con sostener uno de los peores adefesios de la historia de Caracas, eclipsando y oscureciendo un remanso lineal que lo que tendría que haber sido es una oportunidad para unir los dos lados de la parroquia El Valle para hacerla más continua, más humana, más sustentable y más verde.

A esto, la naturaleza se opondrá. Solo hay que sentarse a esperar.

 

2. ¿Adiós al río del Valle de la Pascua?

Las aguas del caraqueño río del Valle de la Pascua, con 24 kilómetros de recorrido desde su nacimiento en las montañas de San Diego hasta su confluencia con el Guaire, en tiempos de Humboldt eran consideradas preciadas por saludables e incluso “mejores que las del Catuche” (6).

Hasta hace poco su cauce estaba flanqueado por un longevo bosque de galería (talado cruelmente en su lado oeste por causa de las obras mencionadas), el cual fungía de colchón frente a la autopista y borde urbano para Los Chaguaramos y Santa Mónica y para toda la zona patrimonial del Paseo de Los Precursores, y del cual solo queda –y mutilada– la mitad.

¿Para dónde deben ir responsablemente las inversiones en la infraestructura de la ciudad del siglo XXI? No para destruir los ríos y la foresta urbana. No para borrar la memoria urbana de Caracas. No para hacerle un monumento a la ignorancia. ¿Vamos los caraqueños a decirle adiós al río del Valle de la Pascua? ¿Así, tan fácilmente? ¿Por un mísero –y relativo– porcentaje de ahorro en la infernal cola cotidiana? ¿Es que lo único que podemos hacer en El Valle, es llorar?