• Caracas (Venezuela)

Hannia Gómez

Al instante

Trop de Soucis

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“Podréis vencer, pero jamás convencer; porque si para vencer os sobra la fuerza, para convencer os falta la razón”.

Don Miguel de Unamuno (1).



I. Dicotomías

Nunca había estado antes en Santo Domingo, “la Ciudad Primada de América”. Gracias a la gentil invitación que me hicieron los organizadores del SAL XVI (Seminario de Arquitectura Latinoamericana), pude visitarla hace diez días y, lo que es más importante, conocer su Centro Histórico.

¡Cuánta ilusión, estar allí! ¡Cuánto aprendizaje! Gente magnifica, hospitalaria, los dominicanos, siempre con una sonrisa en el rostro… Y para un arquitecto, cuántos temas para discutir y –sobre todo– ¡para proponer! De vuelta en Caracas, la primera lección aprendida fue no olvidar que seguimos en el mundo, que Venezuela es muy importante, sobre todo para el Caribe, así como el monumental recordatorio de cuán magnifico e imprescindible es el arte de la arquitectura. Por ambas cosas, ¡gracias al SAL!

Pero también, gracias por mostrarme la realidad del territorio y la urbanización de ese hermoso país en la isla de La Española. Un lugar de dicotomías insospechadas e impactantes. Encontrar, por un lado, el paraíso inexpugnable de la larga cinta de la suburbia tropical hecha de resorts y urbanismos residenciales, y por otro, las ciudades verdaderas, las de carne y hueso, entre ellas, San Pedro de Macorís y el Gran Santo Domingo, enorme, discontinuo, cruzado de decenas de elevados, con sus precarias aceras y salpicado de enormes malls en cajas, una ciudad que día a día sufre y presencia con estupor e impotencia la gradual desaparición de sus mejores arquitecturas (sus notables arquitecturas modernas) y barrios patrimoniales –¡Gazcue!– a pesar de los grandes esfuerzos que hace la comunidad arquitectónica local para protegerlos.

“¡Qué insólito es todo esto. No me lo esperaba!”, me dije, al poco tiempo de llegar. Y es que en verdad nunca imaginé la extraña disociación existente entre un presente tan atractivo y un pasado tan rico… Por un lado, es como si la ciudad moderna, emanada de la ciudad colonial, toda ella, a la vieja manera puritana anglosajona, estuviera ill-fated; las inversiones no se ven allí, no están donde debieran estar, aunque las haya. Por el otro, a lo lejos, a lo largo de la paradisíaca línea costanera, uno puede adivinar la sucesión de burbujas inmobiliarias y de edenes turísticos, aislados, con sus infinity pools y sus paisajismos inmaculados, salpicados de cientos de sueños arquitectónicos caribeños… Y… por el otro, la Ciudad Colonial, Patrimonio de la Humanidad Unesco desde 1990, permanece inconexa en la distancia, como un episodio que solo parece tener un interés para la gente: ¡el turístico! Un situación insólita, que me hacía no aguantar querer escaparme hasta la costa para visitar la ciudad colonial, y averiguar de primera mano, y de una vez por todas, qué explicación podía tener todo este acertijo.

Fui al Centro Histórico una preciosa mañana de la mano de una atentísima estudiante de arquitectura. Primera certidumbre, sentada a la vera de la Plaza Colón, junto a la primera Catedral de América, fue que la doncella ofrendante y rampante sobre la columna conmemorativa del Monumento a Colón es idéntica a la que teníamos aquí, en nuestro Monumento a Colón en el Golfo Triste. La bella proporción de esta plaza y la rotunda construcción en piedra de coral de la Catedral colmaron de delicias y proporciones un paseo por el damero de esta ciudad de Indias que desde 1496 “sirvió de modelo –real– a casi todos los urbanismos del Nuevo Mundo” (2).

La trama de calles y cuadras que abarca todo el recinto histórico, está llena de acontecimientos arquitectónicos y espaciales. La contiene la muralla, también coralina, una muralla delicada en sus proporciones que más parece un brazo de malecón geometrizado en vertical, mezclado con la vegetación. Más allá, la desembocadura del dulce río Ozama, un bosque de palmeras, la playa, y el mar.

“¿Qué podría estar mal aquí –fue mi segunda pregunta– en este paisaje histórico, en esta escena ‘Primada de América’, donde como en un teatro uno puede visualizar y reconstruir cómo la ciudad funcionaba armónicamente y vivía?”. Es en este punto donde arranca el largísimo y abandonado malecón de Santo Domingo, que comunica la ciudad colonial con la ciudad moderna, llegando hasta la hermosa –y deteriorada– puerta (y mas allá) del hermoso conjunto de la Feria de la Paz (1952). Y me repito: 

“¿Qué es lo que podría estar mal en este magnifico paisaje histórico y cultural para que haya sido tan olvidado?”.


2. Dos orillas, un solo sitio histórico

La ciudad colonial de Santo Domingo de Guzmán (CCSD) fue “fundada por Bartolomé Colón en 1496, en la margen oriental del río Ozama (hoy llamada con el eufemismo ‘zona de amortiguamiento’, o Buff Zone) y luego trasladada por Nicolás de Ovando en 1502 a la margen occidental del mismo río. Fue el lugar del primer asentamiento europeo en América, la primera sede del gobierno colonial español en el Nuevo Mundo” (3). Por ello, no hay que ser muy experto para entender que ese paisaje cultural abarca ambas orillas del panorama del delta. Sin embargo, solo la orilla amurallada es la que, de manera muy extraña, se entiende como susceptible de ser protegida, conservada y restaurada.

Veamos por qué. Desde la declaratoria de Unesco, luego de muchos intentos de restauración del centro histórico, solo el que hoy está siendo adelantado por el Mitur dominicano de la mano del BID y de la Unesco es el que al parecer tendrá finalmente éxito. Ello lo explica el actual decano de la Facultad de Arquitectura y Artes de la  Unphu, nuestro gentil anfitrión, Omar Rancier, “el Mitur se ha constituido en un suprapoder en la CCSD dentro del esquema de actuación en la zona definiendo los proyectos del programa (…), determinando sus propios términos de referencia, definiendo sus propios perfiles profesionales o empresariales” (4). Mientras tanto, la orilla este empezó a caminar por otros derroteros, cuando las mismas instancias empezaron paralelamente a alegar la necesidad de desarrollar en cambio estos terrenos (hasta hace poco pertenecientes a la Armada), para fines inmobiliarios y turísticos (5).



Aunque en 2010 la Unesco inicialmente “aconsejó al gobierno detener los desarrollos futuros previstos en la zona de Santo Domingo Este porque podrían repercutir negativamente en el valor universal excepcional de este Patrimonio Mundial”, sin embargo, un gran proyecto inmobiliario multimillonario empezó a tomar cuerpo. Es lo que hoy se conoce como el Proyecto SanSouci (6). La Unesco dictó una primera orden de detención del macroproyecto porque impactaría tremendamente el paisaje histórico de la Ciudad Colonial, obligando a elaborar planes que tuvieran en cuenta “la conservación de los atributos del lugar”. No obstante, estos esfuerzos se perdieron en el camino. Ya en 2015, Unesco –no entendemos cómo– cambió de parecer, concluyendo que “el Proyecto SanSouci está bien orientado” (7). Algo inexplicable.

El monstruoso desarrollo –que está a punto de empezar a construirse si nadie hace nada– es un desastre por donde se le mire. No solo acaba con el panorama cultural histórico de la Ciudad Primada de América, bloqueando el paisaje que le es propio y convirtiéndolo en una especie de mala copia de Brickell hecha de banales formalismos impersonales y arquitecturas amaneradas importadas, sino que desconoce la propia herencia de la ciudad colonial de la que va a vivir y supuestamente va a “rescatar”. Nada más la trama anamórfica que se inventaron los promotores para la “miniciudad”, supuestamente derivada de las vistas que vienen de la CCSD (!?), es una  burla a la saga monumental de las Leyes de Indias que se inició justamente aquí para expandirse por toda Iberoamérica.

No se trata de luchar en contra de que Santo Domingo se repotencie como destino turístico o de que se cree un nuevo modelo para el desarrollo urbano de la ciudad, que tanto lo necesita. El dilema es: ¿por qué ASÍ? ¿Por qué destruir la gallina de los huevos de oro? ¿Por qué desconocer la propia herencia? ¿Por qué esa liviandad de la misma Unesco-Post-Sevilla-Arruinada-Por-La-Torre-Pelli con el manejo de sus declaratorias mundiales? ¿Por qué estas alturas avasallantes? ¿Es que no hay suficientes terrenos urbanos vacíos en el desolado malecón hacia el oeste del CCSD que merezcan ser desarrollados para recuperarlos de su agonía?

Son trop de soucis, monsieurs. Hay mucho tiempo de aquí hasta 2030, cuando dicen que culminarán las obras. Piénsenlo, amigos dominicanos: hay mejores maneras de gastarse esos millones de dólares: haciendo ciudad, y sobre todo, haciendo memoria urbana.