• Caracas (Venezuela)

Hannia Gómez

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Sogno

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“Pienso que un sueño así no regrese jamás”.

Domenico Modugno. (1)

 1. Secuestrado por el viento

En la Sabana Grande de hacia 1946, en la esquina de la calle Las Flores, se abrió una vez una tienda de víveres muy distinta de todas las demás. Era la primera en vender ultramarinos gastronómicos en toda la ciudad. Un matrimonio de inmigrantes italianos estaba importando desde todas las regiones de la península toda suerte de delicias: salami, mortadella, vinos, pastas, dulces, quesos. La clientela crecía. La fama de los Olari se acrecentaba. Su fortuna aumentaba entre hornos, levadura y pasta de almendras.

El señor Olari adoraba a su mujer. Ella era quien cuidaba del equilibrio de la frescura de los víveres y, por ende, del prestigio del local. Si la mozzarella se ponía demasiado blanda, si el aceite de oliva se hacía demasiado turbio, si el mazapán amanecía sospechosamente tieso, allí estaba la señora Olari con sus dulces manos inmaculadas.

Él le dijo: “Un día te construiré una villa como la que nunca soñaste tener”. Ella sonreía, y cambiaba las bandejas de antipasti. “Una villa que demuestre con su arquitectura lo que hacemos en Italia”. Ella asentía, nerviosa, y frenaba el hervor del café en la gigantesca máquina de espresso automática. “Etérea, como la grappa”. Ella, sin mirarlo, probaba la pannacotta. “Ligera, como la pannacotta”. Gruñía –la pannacotta estaba ácida–. “Blanca”, agregó el señor Olari, “como el mascarpone”. La señora Olari empezaba a temblar. “Bella, firme y valerosa, como la pastaciutta en el aire...” (sus espléndidas manos vacilando entre la harina), “...cruda, airosa, ténsil. ¡Una escultura justo antes de lanzarse al vacío!”.

La escultura en cuestión estaba así una mañana tomando forma tras el mostrador pletórico de Da Olari, cuando apareció por la puerta del negocio un arquitecto. Buscaba el café del desayuno. Era un parroquiano del que se decía que era experto en precipicios, muros de contención, voladizos de concreto, y cosas por el estilo de la época. El señor Olari le obsequió con lo que podía. Y no era poco, con lo que podía.

Entre sorbos de café y bocados de pan dulce le susurró suplicante: “Dottore, yo lo necesito. Yo cocino, usted calcula las cantidades. Yo pongo el sueño, usted la argucia”. Mas el doctor en Ciencias Físicas y Matemáticas no se inmutaba. ¿Con qué podría soñar este italiano? Olari se impacientó. Desde la mesa del arquitecto, inesperadamente se alzó de un salto para gritarle a su mujer: “¡Ehhh...! ¡Cuéntale tú del terreno! ¡Cuéntale cómo es de inclinado, como si fuera la Liguria! ¡Cuéntale al Dottore del precipicio! ¡Dile si miento cuando digo que es el terreno más retador de Caracas! ¡Pregúntale si su ciencia se atreve con ese barranco!”. Y este y ella se miraron, cruzando una interrogación muda a través del local repleto de comensales. Hubo un silencio. El Dottore y la Signora habían entendido que ya nada le impediría a Olari construir su sueño.


2. Volare

“Abre la puerta, mujer”. Ella no se movía. “Ábrela”. Tras el mostrador, en ese pequeño rincón oscuro y conocido, había cocinado un pequeño universo durante demasiados años. Cuando subía la santamaría y abría la tienda al amanecer estaba entre los agrestes campos de trufas de Alba. Se arremangaba las enaguas y al éstas llenársele de un pegajoso aroma dulzón, sentía a las uvas ya pasas colgando de las pérgolas de Tiranto. Brillando tras las vitrinas veía extenderse en la calle los valles de trigo del Piemonte; los corrales de San Daniele colgaban del techo en cada jamón sobre su cabeza mientras que los frascos de caramelos le refractaban todas las cosas, las caras de los clientes, la luz de la tarde, los carros pasando, los vendedores ambulantes. Entre sus vidrios ella se asomaba a la vida... era natural que ahora no quisiera asomarse a otra vida. Frente a la puerta erizada de nerviosos arabescos de hierro, sentía vértigo como frente a un abismo.

“Entra, te lo ruego”, la empujó dulcemente su marido. De la mano la llevaría. La izaría. “No abras los ojos”. Del piso principal a la derecha, escaleras arriba, directo hasta el piano nobile. “Arriba, arriba”. Los entrepisos eran los de un palacio urbano. Altos, altísimos. Los escalones parecían no terminar jamás. El vitral de la escalera, atravesando raudo todos los descansos, hacía sentir la verticalidad aún más dolorosa. “Aún no”. En el piano nobile las estancias tenían una escala asombrosa. Tríos de escalones intentaban rebajar la magna escala de las habitaciones. Los baños tenían las piezas en cada ángulo, para disculpar en algo su inmensidad, mientras que las ventanas, dándole la espalda a las esquinas, se tragaban el paisaje de las colinas. Espejos cruzados de diagonales quebraban los ámbitos en geometrías esmeriladas; plafones surcados de neones dirigían las miradas y los sentidos hacia el vacío. En un alocado juego de formas cúbicas entrecruzadas, la tensión dinámica del espacio lo arrastraba todo hacia el balcón principal, supremo protagonista, palcoscenico, a nueve metros suspendido en voladizo sobre el talud de la vertiente. (2) “Aún no, amor mío, aún no”. Y el señor Olari tiraba de las manos blancas de su amada, blancas como el mascarpone, blancas como la fior di latte, blancas como la villa que había construido sólo para ella: “¡Ahora!”.

Y ella los abrió. Y vio cómo se abría también a sus pies el vacío enorme del valle de Caracas. Lanzando un grito desgarrado de pavor, se desprendió de los brazos de Olari, y, corriendo enloquecida, desapareció, huyendo escaleras abajo, para siempre.


Leyendas:


1.   Quinta Olari. Antonio Montini Foschi, 1953 (f. 1963, postal - Archivo Fundación de la Memoria Urbana)


2. La quinta Olari en Colinas de Bello Monte (f. 1950 - Archivo Fundación de la Memoria Urbana)


NOTAS:

*Este relato es una ficción. Fue escrito en 2011 a propósito de la exposición de la Sala TAC/Docomomo Venezuela Las Italias de Caracas y esta dedicado a Jorge Francisco Rivas Pérez.

1. “Penso che un sogno così non ritorni mai più”, Domenico Modugno, Volare, 1958.

2. Hannia Gómez, “El personaje Montini”, catálogo de la exposición Las Italias de Caracas, Sala TAC/Docomomo Venezuela, Caracas: 2012: pp. 80-83