• Caracas (Venezuela)

Hannia Gómez

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Hannia Gómez

Miramar

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“La construcción juega el rol del subconsciente”.

Walter Benjamin. París, capital del siglo XX.

 

1. Bajo las palmeras

Miramar. Muchos grandes albergues y hoteles de playa de comienzos del siglo XX llevaron este nombre: en Málaga, en Barcelona, en La Habana, en Cannes... Desde hace meses, el río suena trayendo rumores de que el gran hotel de la costa caraqueña enfrentará posiblemente una restauración en algún momento cercano, y ello nos ha puesto a pensar con preocupación de nuevo en él.

Tendremos que hacer, por ende, memoria urbana. No era la ciudad balneario de Macuto una estación de veraneo naïf: las arquitecturas están más que bien puestas y, entre ellas, mejor que ninguna, el monumental Hotel Miramar. Fíjense ustedes: todo arranca en la playa, en la costa pedregosa con su porosa banda de Uveros. Luego, como en un oleaje de formas sucesivas que se replican mutuamente, nace el largo malecón, con su muro/banco continuo y sus escalinatas escondidas (una invención netamente caraqueña, huelga agregar; no lo hay similar en Trouville, ni en Coney Island, ni en San Sebastián, ni en Hougsgate, ni siquiera en el mismo Deauville, tan a menudo comparado con Macuto...).

Acto seguido, la planche, la promenade, el imprescindible lungomare para el desfile elegante, y junto a este la frondosa avenida La Playa, discurriendo –como corresponde– sous les palmiers (bajo las palmeras). El ritmado muro norte del gran albergue, limitando el predio del jardín cultivado, y las escalinatas con sus amplios toldos de lona, son la antesala perfecta a un piano nobile tropical dotado de una soberbia colección de aperturas que hacen en su conjunto el más hermoso belvedere del mar Caribe: nuestro lido favorito, la apoteosis del balneario.

Dicho esto –que es muy poco todavía si pretendiéramos hablar de verdad de esta espléndida arquitectura caraqueña que tanto amamos–, cualquiera que se aproxime a la restauración de este palacio del Caribe de principios del siglo XX (Alejandro Chataing, 1928) y piense en proponer para ello un –como se dice ahora muy justamente– “Adaptive Re-Use” (re-utilización adaptativa) no podría responsablemente obviar la majestad de la arquitectura ni dejar de considerar como primera opción la restitución del uso original. Flaco servicio se le hace a la nación convertir a sus monumentos históricos en muecas destinadas al servicio comunitario, errando la acción creyendo que con esto contribuyen al bien común. El Miramar-Ambulatorio, el Miramar-Gobernación de Vargas, el Miramar-Universidad… ¡Horror! Los ciudadanos lo que necesitan son modernos y flamantes edificios de nueva planta hechos según el mejor del estado actual de las cosas para satisfacer sus necesidades de salud, educación y cultura, etc. No la destrucción de su memoria urbana. La ciudad debe seguirse construyendo, sin acabar con las bases de su historia, procurándole a la gente también el orgullo y el placer de vivir en ella.

Vemos al Hotel Miramar funcionando de nuevo. Vemos su arquitectura restituida como era y la leyenda de nuestro litoral volviendo a brillar con todos los adelantos de la hotelería mundial. Vemos libros que cuentan la historia de su restauración cuidadosa y respetuosa según el proyecto original de Chataing; vemos exposiciones que muestran el renacimiento de esta joya de la arquitectura y vemos también cómo de esta operación renace todo Macuto, con nuevos proyectos de escuelas, viviendas, hospitales, y edificios inspirados por la calidad de esta obra de arte sembrada en la costa de Caracas en los años veinte por su legendario arquitecto. Así pues, no despreciemos los potenciales que puede tener la acupuntura urbana contemporánea. Vamos: ¡esta nuestra historia!

 

2. Flores de loto

Arrellanado, distendido en medio de la lujuriosa veranda del Hotel Miramar, instalado entre las columnas con sus capiteles florales, se ofrecía una vez, deliciosamente, cual golosina, un restaurante que miraba al mar. Observen ustedes con atención cada capitel de su sala hipostila. Al parecer, este tipo de capiteles cerrados, en forma de capullo de loto, proviene de la arquitectura egipcia. También los llaman “capiteles en capullo” o “capiteles bulbeiformes”, o “lotiformes”, aunque en el caso de los capiteles vegetales del comedor del Hotel Miramar, suerte de palaciega veranda levantada sobre su primer piso elevado para mirar el mar, Alejandro Chataing, su arquitecto, no quiso cerrar los pétreos bulbos del todo...

Volviendo a contemplarlos a casi un siglo de haber sido erigidos en su magnífico sitial en la costa caraqueña, altos sobre sus albos tallos cilíndricos, unos lucen como un jardín plantado de zinias troqueladas, mientras que entre las hojas de los otros –los más– asoman litorales rosaledas.

En el comedor del Miramar, una vez Gardel cantó “Tiempos viejos”. Este bosque de tallos estaba comúnmente recubierto de hiedras trepadoras tropicales, lo que da fe de que –como en el famoso tango de Gardel– en la ciudad de Caracas de entonces los expertos en hotelería también eran expertos en el gusto Art Nouveau. No olvidemos nunca este jardín floral. Es parte de nuestro imaginario colectivo, y universal, si a restaurar vamos. Les aseguro: los tiempos viejos pueden ser también tiempos nuevos.

 

Leyendas:

1. "Hotel Miramar. Macuto, Venezuela", c. 1928 (f. Postal, La Margarita. J. M. Chirinos, Caracas - Archivo Fundación de la Memoria Urbana)

 

2. "Columna del viejo Hotel Miramar" (f. 2008. Okty1. Tomada del sitio Web Flickr.com)